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6 ago 2013

Ni de Santisteban (Ampuero) ni de Santisteban (del Puerto, Jaén). El verdadero origen de dos placas liriformes conservadas en el British Museum de Londres

Hay un asunto (menor, si se quiere, pero de indudable interés para algunos investigadores, entre los que me cuento) que sobrevuela la arqueología cántabra de época visigoda desde hace mucho tiempo: la procedencia, o no, del barrio de Santisteban (Ampuero) de dos placas de cinturón liriformes  conservadas en el British Museum de Londres. Una duda que llevaba décadas asomándose a los trabajos que tocaban el tema y que sólo fue disipada en 2006 por F. Pérez Rodríguez-Aragón, aunque de forma un tanto lacónica. Tan lacónica que a mí, por ejemplo, me pasó completamente inadvertida hasta hace muy poco. Y, como creo que es algo que merece la pena que tenga difusión, en esta entrada voy a contar brevemente (y de forma no exhaustiva) cuál ha sido el recorrido de ambas piezas en la historiografía y, lo que es más importante, cuáles son sus verdaderos lugares de origen.

Hasta donde yo sé, el primero en citar la posibilidad de que las dos proviniesen del Santisteban cántabro fue H. Zeiss, en su conocidísima obra de 1934 Die Grabfunde aus dem spanischen Westgotenreich. Sin embargo, años después, en el tomo dedicado a la "España Visigoda" de la Historia de España de Ramón Menéndez Pidal se publicaba la fotografía de las dos placas y también se las hacía originarias de Santisteban, pero de Santisteban del Puerto, en la provincia de Jaén.

Fuente: Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, Tomo III: La España visigoda

Y, a partir de entonces y pese a que la mayor parte de los autores que yo conozco optaron por la tesis de Zeiss, la controversia estuvo servida y el verdadero lugar de origen de las piezas quedó en el aire: Santisteban, en Ampuero, o Santisteban del Puerto. Podemos encontrar un buen ejemplo de cómo la versión del investigador alemán fue la que se impuso en la tesis doctoral de G. Ripoll López, presentada en 1986 y que constituye, entre otras muchas cosas, un monumental catálogo de las guarniciones de cinturón de época visigoda en la Península Ibérica. Esto es parte de lo que decía esta autora, siguiendo a Zeiss, bajo el epígrafe "SANTIESTEBAN (AMPUERO, SANTANDER): "Dos hallazgos casuales procedentes de Santiesteban se encuentran conservados en el British Museum de Londres, con los números de inventario 541 y 542." Ese mismo año, F. Pérez Rodríguez-Aragón (que será quien cierre esta historia) y M. A. de Cos Seco, en su trabajo sobre los materiales de la necrópolis reinosana de El Castillete (de la que seguro hablaremos en futuras entradas), se hicieron eco de esa "discusión" y propusieron una curiosa explicación alternativa: que los dos broches fuesen, en realidad, los aparecidos junto a un lote de monedas visigodas de oro muy cerca de La Hermida (Peñarrubia), en las primeras décadas del siglo XX y cuyo rastro se perdió inmediatamente después de su hallazgo. La confusión sobre su origen podría haberse producido, siempre según estos autores, por haber sido vendidos en Ampuero, dándose por ello esta localidad como su lugar de procedencia.

Sin embargo y sin que la noticia hubiese llegado a Cantabria (gracias Google Books, porque sin ti no me hubiera enterado nunca), en Santisteban del Puerto J. Mercado ya había hecho sus averiguaciones 12 años antes, contactado con el British Museum y resuelto el misterio:


Yo, por mi parte y sin tener ni idea de lo anterior, mencioné la existencia de ambas placas y su (ahora sé que falsa) procedencia cántabra en dos trabajos: en mi primer artículo en solitario y sobre este período, en 2002; y en la primera publicación de ese yacimiento arqueológico excepcional que es la Cueva de Las Penas, junto a A. Serna Gancedo y A. Valle Gómez. Me dejo en el tintero a unos cuantos autores cántabros más (no tengo tiempo de comprobarlo ahora mismo, pero me suenan M. A. Alonso Ávila, J. González Echegaray y, con más dudas, A. Ruiz y R. Bohigas) que cometieron el mismo error antes que yo, pero ya dije que no iba a ser un repaso en profundidad.

Así las cosas, llegamos al año 2006 y a la publicación (con catálogo incluido, en el que colaboré, por cierto, redactando algunas fichas junto a los ya mencionados A. Serna y A. Valle) que acompañó a la exposición Apocalipsis (sobre Beato de Liébana y su época) en Santillana del Mar. En ella, concretamente en la página 148, al describir una placa liriforme procedente de Herrera de Pisuerga (hasta entonces inédita y depositada en el MUPAC) F. Pérez Rodríguez-Aragón escribe lo siguiente: "La decoración de esta pieza es muy similar a la de una de las dos placas de cinturón del British Museum de Londres que se publicaron como procedentes de Santisteban (Ampuero, Cantabria), aunque en realidad proceden de la zona de Villacarrillo (Jaén)".

¿Misterio resuelto? Los testimonios de Mercado Egea (con la respuesta del Museo Británico) y Pérez Rodríguez-Aragón parecen coincidentes, así que todo indica que sí. Para asegurarnos, veamos qué cuentan en el British Museum:

- sobre la procedencia de la situada más arriba en la foto: "Úbeda la Vieja, prov. Jaén, Spain, found 1913 (Register)".

- acerca de la de la otra: "Mentesa, near Villacarrillo, prov. Jaén, Spain, found 1913 (Register)".

(Las fichas completas de ambas placas pueden verse aquí y aquí.)
En conclusión y yendo a lo que nos interesa en este blog: las dos placas del museo londinense no tienen origen cántabro. No fueron halladas en Santisteban (Ampuero), tal y como supuso Zeiss, dando lugar a un error que ha llegado casi hasta nuestros días, que yo mismo he contribuido a mantener y que, estoy seguro, más de uno volverá a repetir más temprano que tarde. Y tampoco son parte de los broches perdidos de La Hermida ni fueron vendidas en Ampuero a ningún coleccionista. Según los registros del British Museum, son piezas andaluzas, procedentes de la provincia de Jaén: de Úbeda la Vieja (un yacimiento arqueológico situado a unos 15 km de Úbeda) y, muy probablemente, de Santo Tomé (junto a Villacarrillo), respectivamente. Y poco más se puede añadir.



25 jul 2013

Testimonios de época visigoda en Cantabria (4)

La última placa de cinturón liriforme (un fragmento, en realidad) que ha venido a sumarse a la ya extensa colección de objetos de ese tipo presentes en el registro arqueológico cántabro es la de Santa Marina (Valdeolea). Fue hallada por R. Bolado del Castillo en 2009, durante los trabajos de prospección y sondeos dirigidos por P. A. Fernández Vega en ese magnífico yacimiento del sur de Cantabria, y publicada en la revista Kobie en el año 2010, en un artículo firmado por esos dos autores y quien escribe estas líneas. Se trata de un hallazgo fuera de contexto, aunque en un lugar que presenta una larga e intensa secuencia de ocupación: Edad del Hierro, época romana, Edad Media y Guerra Civil Española. Además, en su entorno inmediato se localiza un importante yacimiento de época tardoantigua-altomedieval: la necrópolis de El Conventón (Rebolledo), en uso ininterrumpido al menos entre los siglos VI y XI d. de C. y que, sin duda, es el "reflejo" funerario de una aldea situada no muy lejos de ella y que aún no ha sido localizada.
 
Imagen: Fernández Vega, Bolado y Hierro, 2010

Se trata del extremo proximal de una placa de cinturón de bronce de época visigoda (algo menos de la mitad de la pieza completa), realizada a molde y terminada de decorar con buril y troquel, que conserva en el reverso dos de los apéndices de sujeción al cinturón (para una descripción más completa, remito al artículo ya citado y enlazado más arriba). Con toda seguridad la placa se rompió cuando aún estaba en uso, ya que fue toscamente reparada, mediante cuatro roblones de hierro que la atraviesan, para seguir siendo utilizada como guarnición de cinturón. Este hecho nos permitió proponer una cronología del siglo VIII d. de C. avanzado para su último uso, unas fechas en las que sería ya difícil acceder a nuevos broches de este tipo (que se fechan entre la segunda mitad del siglo VII y todo el VIII d. de C.), por lo que su portador habría tenido que recurrir a un apaño tan cutre para seguir usándolo.

En cuanto a sus paralelos, en el artículo señalamos tres muy claros y que permiten hablar de un "subtipo" muy bien definido dentro del conjunto de las placas liriformes. Proceden de San Julián de Moraime (Muxía, A Coruña) (nº 2 en la imagen inferior), Tudején-Sanchoabarca (Fitero, Navarra) (nº 3) y Calatayud (Zaragoza) (nº 4). Finalmente, la localización en el tercio norte de la Península de todos ellos, así como su ausencia en los extensos repertorios de guarniciones de cinturón de época visigoda procedentes de la Bética, hicieron que hipotetizásemos acerca de la posible existencia de un taller de origen localizado en el centro o norte peninsular (propuesta condicionada, obviamente, por la escasez de muestras y pendiente de verificación a la luz de nuevos hallazgos).

Imagen: Fernández Vega, Bolado y Hierro, 2010

Todo eso por lo que respecta al artículo. Sin embargo, el tema no está cerrado, ya que desde entonces hasta hoy he tenido noticias de algunos otros ejemplares de placas muy similares a las que acabamos de ver y aprovecharé esta entrada para aumentar el catálogo.

En primer lugar hay que mencionar una pieza procedente de las excavaciones en la antigua Ruscino (Perpignan, Rosellón), en el sureste de Francia, un yacimiento con importantes niveles de época romana y visigoda.


Placa de Ruscino (Imagen tomada de Artefacts.mom.fr)

A la que habría que sumar otras dos de procedencia peninsular y que aparecen recogidas en la Tesis Doctoral de G. Ripoll. Una habría sido hallada en Navarra, en el "Castillo de Inirlegui" (sic), mientras que la otra vendría de un lugar indeterminado de la provincia de Granada. En cuanto al origen de la primera, no he sido capaz de encontrar en Navarra ningún lugar llamado "Inirlegui" o "Inirlegi", por lo que sospecho que nos encontramos ante un error en la escritura del topónimo, achacable a H. Zeiss, que es quien recoge el dato y de quien lo toma G. Ripoll. Y se me ocurre que, quizá, el lugar que se esconde bajo ese nombre es el del Castillo de Irulegi (Aranguren), un importante yacimiento arqueológico con al menos una importante fase de ocupación en la Edad del Hierro y otra en época pleno y bajomedieval y en el que se han realizado excavaciones recientes (cuyos responsables, por cierto, no descartan que hubiese estado ocupado también en la Tardoantigüedad y la Alta Edad Media. Puede encontrarse un avance de sus trabajos en la página 203 de este interesante libro).

Placas de Navarra (¿Castillo de Irulegi?) y Granada, sgún Ripoll, 1985

El mapa con las localizaciones de todas estas piezas nos ofrece una imagen que cuadra bastante bien con la que ya habíamos propuesto en el artículo: una distribución mayoritariamente septentrional para este tipo de placas, con cinco ejemplares en el tercio norte peninsular y otro en el sureste de Francia, y sólo uno en Andalucía oriental.

Mapa de distribución de las placas liriformes del mismo subtipo que las de Santa Marina, incluyendo esta última: 1 Santa Marina, 2 San Julián de Moraime, 3 Tudején-Sanchoabarca, 4 Calatayud, 5 Ruscino, 6 ¿Castillo de Irulegi? y 7 Provincia de Granada

Finalmente, hay que señalar la existencia de otro fragmento de una placa similar en la colección de materiales hispanovisigodos del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, estudiado (junto a otros objetos de la misma procedencia) por G. Ripoll en un artículo que puede leerse aquí. En él, esta autora relaciona la pieza con la del "Castillo de Inirlegui" y propone para ambas una cronología del siglo VII avanzado e incluso ya del VIII d. de C.
 
Placa del MET. Imagen tomada de RIPOLL LÓPEZ, G. (2000)

En conclusión, podemos decir que la placa de cinturón liriforme de Santa Marina es una pieza de adorno personal con abundantes paralelos en otras zonas de la península Ibérica, dentro siempre del mundo cultural hispanovisigodo. Sus paralelos son tan exactos y su morfología tan particular que puede afirmarse que este tipo de placas constituyen un subgrupo con características propias dentro del de las liriformes (¿podríamos, echándole cierto morro al asunto y barriendo para casa, llamarle "Tipo Santa Marina"? ¿O sería más correcto hablar de un "Tipo Moraime"?). Y en relación con esas particularidades podrían mencionarse también tanto su cronología avanzada, probablemente ya del siglo VIII d. de C., como su localización septentrional, hecho éste que podría indicar una procedencia de uno o varios talleres situados en el centro-norte peninsular. Y digo varios porque algunas piezas son claramente copias tardías, mucho más simples y esquematizadas, de otras de más calidad y con decoraciones mucho más cuidadas. Las de Ruscino o Tudején-Sanchoabarca serían buenos ejemplos de las primeras, mientras que la de San Julián de Moraime parece el ejemplar mejor acabado de toda la serie.

Y para terminar, una curiosidad: varias de las placas aparecen rotas hacia la mitad de su longitud original y sabemos por la de Santa Marina que al menos algunas de esas roturas no son producto del paso de los siglos y de ignotos procesos postdeposicionales, sino que tuvieron lugar "en vida" de los broches. ¿Estaremos pues ante un raro ejemplo altomedieval de un "fallo de diseño"? Yo diría que sí.

5 feb 2013

El broche de cinturón de la Galería Inferior de La Garma

En la tercera entrada de la serie sobre broches damasquinados de época visigoda dije que el ejemplar de la Galería Inferior de La Garma tendría una entrada monográfica, así que, aprovechando que por fin (año y medio después) se ha publicado el libro en el que se incluye el artículo sobre la pieza en el que Enrique y yo hemos colaborado (con Pablo Arias, Roberto Ontañón y Eva Pereda), aquí está.

El yacimiento arqueológico paleolítico de La Garma es de sobra conocido, así que no me detendré a contar nada sobre él, igual que con los de la Prehistoria Reciente. En cuanto a los restos de época visigoda de la Galería Inferior (y, en menor medida, de la Galería Intermedia), existe una curiosa explicación recogida en este mismo blog y que es muy recomendable ver (pincha aquí si aún no la conoces, inquieto lector, y disfruta de un viaje hasta las entrañas de la tierra trasmerana en "la Nave del Misterio"). Otra, más prosaica y quizá algo menos interesante, puede consultarse en este artículo publicado en Munibe hace un poco más de un año.

Resumiendo mucho (y bebiendo de la segunda fuente citada en el párrafo anterior), en la Galería Inferior de La Garma, a la que se accede tras descender dos simas lo suficientemente profundas como para matarte varias veces si te caes por ellas, se conservan los restos de 5 jóvenes de época visigoda cuyos cadáveres fueron depositados sobre el suelo de la cueva (después de bajarlos por las simas, claro está).

Simas de acceso a la Galería Inferior (izqda.) y a la Galería Intermedia (dcha.) de La Garma

Tanto la localización de los cuerpos, con 3 muy cerca del fondo de la sima y 2 en una sala situada más al interior, como las fechas de Carbono 14 que han proporcionado (las de los de más adentro algo más antiguas que las de dos de los otros 3) permiten hablar de, al menos, dos momentos de depósito de cadáveres separados entre sí por varias décadas: uno del siglo VII y otro de comienzos del VIII. Los dos situados al pie de la sima (el tercero de esa zona está algo más apartado, en un recoveco) fueron colocados juntos en un hueco pegado a la pared, probablemente en la posición que se ve en la siguiente ilustración (sin orden ni disposición habitual y recordando mucho a cómo se "echan" los muertos en las fosas comunes), aunque es difícil de asegurar porque, como también se observa en la ilustración, los huesos de los dos estaban hechos migas.



Localización del broche en la Galería Inferior y reconstrucción ideal de la posición de los dos cadáveres (según Etxeberria y Herrasti, inédito)
 
 Asociado a alguno de estos dos cadáveres se localizaba un broche de cinturón de hierro, completamente cubierto de óxido. La pieza, pese a su aparente mal estado de conservación, parecía estar completa, conservando hebilla, hebijón y placa. Esta última tenía aspecto de pertenecer al más que extenso (y variopinto) grupo de las "liriformes", omnipresente y casi exclusivo en la península Ibérica y el sudoeste francés entre mediados del siglo VII y el VIII e indiscutiblemente unido al mundo hispanovisigodo (incluyendo en ese término la poco hispana provincia de Septimania).


Detalle del broche en el lugar de su hallazgo, antes de la restauración

Todo (forma, contexto, cronología y algunos óxidos cúpricos que asomaban entre la roña ferruginosa) parecía indicar que nos encontrábamos ante una pieza con decoración damasquinada, del mismo tipo que la de Las Penas (de la que también habrá monográfico aquí próximamente) o la de Los Goros, pues, ¿quién iba a querer llevar puesto un broche de cinturón de hierro, sin decorar y que se oxide a las primeras de cambio? El paciente y esmerado trabajo de restauración llevado a cabo en el MUPAC por Eva Pereda, la restauradora de la casa, confirmó todas las sospechas y dejó bien claro que estábamos ante una verdadera joya de la toréutica altomedieval peninsular. Bajo el óxido de hierro que envolvía la pieza se escondía una esmerada decoración a base de latón dorado y plata, ambos en forma de chapas aplicadas sobre la superficie del hierro e hilos embutidos en éste.

Anverso, perfil y reverso del broche (Fotografía: L. Teira, publicada en Arias et alii, 2012)

Esa decoración puede resumirse de la siguiente manera:

- un motivo principal, formado por una cruz griega flanqueada por dos dírculos radiados que ocupa todo el cuerpo central de la placa y el extremo distal ultrasemicircular, adaptándose perfectamente a éste uno de los círculos

- otros pequeños motivos cuadrados, con 4 chevrones dobles afrontados que confluyen, desde los 4 lados, en un punto situado en el centro y que se localizan de la siguiente manera: uno en la base del hebijón, uno en cada uno de los cuadrantes que hay a los lados de la cruz central y otro en el apéndice del extremo distal

- la decoración a base de finas líneas paralelas que cubre tanto los dos apéndices de sujeción del pasador, en el extremo proximal de la placa, como la hebilla.


Vista frontal del broche, con detalle del hebijón y la hebilla

En cuanto al motivo principal, desde un principió parecía evidente que nos encontrábamos ante un ejemplo de decoración de tema cristiano, con una cruz situada en un lugar central. La presencia de cruces decorando placas de cinturón de época visigoda no es rara y, además, contábamos con el ejemplo cercano, una vez más, del broche damasquinado de Las Penas. Sin embargo, en este caso la composición era muy particular, con los dos grandes círculos radiados flanqueando a la cruz, y remitía como paralelo relativamente próximo a la decoración escultórica de algunas iglesias de época visigoda. Sinificativamente, a la de San Pedro de la Nave, en la provincia de Zamora, datable en la segunda mitad del siglo VII a partir de las fechas de Carbono 14 que han proporcionado diferentes maderas constructivas utilizadas en su fábrica (las grapas de madera de roble, de forma inequívoca y la viga de pino con más dudas y mucho más debate), aunque haya varios investigadores que lleven ya más de una década empeñados (con una energía digna de admirar pero merecedora de mejores "causas" arqueológicas, en mi opinión) en llevar su fecha de construcción al siglo X. Dejando al margen esas cuestiones, lo cierto es que en algunos de los relieves de ese templo zamorano pueden verse composiciones formadas por una cruz central (inscrita en un círculo en ese caso) flanqueada por ruedas radiadas, aunque con radios curvos.

Decoración  de una de las puertas de la iglesia de San Pedro de la Nave (Zamora)

Sin embargo, los paralelos más cercano que hemos encontrado para ese motivo decorativo no está en la península Ibérica ni en el mundo (hispano)visigodo, sino más allá de los Pirineos. Concretamente en la Francia merovingia, en dos broches de cinturón de bronce, de tipo "burgundio", procedentes de Yvoire y La Balme, respectivamente. En ellos la escena principal representada en el centro de su placa son un hombre y una mujer en posición orante, con los brazos hacia arriba pero, en su extremo distal, encontramos un motivo idéntico al del broche de La Garma; sólo que, en estos dos casos, está dispuesto de forma vertical. Al aislarlo y colocarlo en horizontal podemos comprobar ese gran parecido: una cruz griega en el centro flanqueada por dos círculos radiados, uno a cada lado. Incluso los cuadrantes de los lados de la cruz presentan motivos decorativos (en ambos casos un círculo con un punto central), al igual que ocurre en el ejemplar cántabro. Las placas de Yvoire y La Balme (salta a la vista) presentan una decoración de innegable carácter cristiano y la presencia en ellas del mismo motivo que decora la de La Garma refuerza ese carácter cristiano también en este último caso (a lo que habría que sumar el ejemplo de San Pedro de la Nave visto más arriba). Por tanto y como primera conclusión del análisis de la decoración de la pieza, puede sostenerse que se trata de un broche con decoración cristiana y que esa decoración encuentra sus mejores paralelos, de momento, en el mundo norpirenaico.

Broche de cinturón merovingio de Yvoire (Francia) y detalle del motivo lateral derecho

Acerca de los motivos cuadrados con chevrones, lo cierto es que no hemos encontrado paralelos exactos, aunque sí uno que se da bastante aire. Concretamente, un par de brazaletes bizantinos, procedentes de Egipto, que se conservan en el Museo Benaki de Atenas. En estas piezas, que también son de hierro y tienen decoración damasquinada, pueden observarse esos cuadrados con una decoración similar, aunque en este caso ésta es más sencilla y no llega a formar chevrones, limitándose a líneas oblicuas incisas que salen de las cuatro esquinas y convergen en un punto situado en el centro.

 Brazalete bizantino de hierro con decoración damasquinada del Museo Benaki de Atenas (http://www.benaki.gr/index.asp?lang=es&id=10101)

Finalmente, merece la pena comentar un par de cosas sobre las líneas paralelas que decoran los dos apéndices de sujeción del pasador, en el extremo distal de la placa. En primer lugar, que se trata de un tipo de decoración que está completamente ausente en los broches liriformes peninsulares, a excepción, únicamente, de otros ejemplares damasquinados como, por ejemplo, el de Los Goros. Y que, por el contrario, esas líneas que parecen querer imitar una bisagra son relativamente frecuentes en los broches de cinturón norpirenaicos de tipo burgundio; tanto en los de bronce como en los trabajados en hueso (que también merecerían entrada aparte por su "conexión cántabra", por cierto).
 
Detalle de la decoración de líneas imitando bisagras en el broche de cinturón de La Balme (Fuente: http://lespierresdusonge.over-blog.com/pages/LES_IDEES_DE_LA_MORT-1391648.html)
 
En conclusión, el broche de la Galería Inferior de La Garma es una pieza de finales del siglo VII, o ya del VIII, de un tipo específicamente peninsular pero en la que confluye una doble influencia: por un lado la continental, llegada de la Francia merovingia; y por otro la bizantino-mediterránea. Y cuya decoración presenta un inequívoco e indiscutible carcácter cristiano que hace muy difícil relacionar su presencia en la cueva (acompañando a los restos de un joven que en vida, sin duda, profesó esa religión) con alguna extraña e ignota práctica funeraria pagana.
 
 

20 ago 2012

Damasquina, que algo queda (y 4): raros y dudosos

Para terminar con la serie de entradas dedicadas a los broches de cinturón de época visigoda con decoración damasquinada conocidos en la Península Ibérica y Septimania (partes 1, 2 y 3 aquí, aquí y aquí, respectivamente) veremos algunos ejemplos que se salen de la norma; bien porque su cronología es anterior a la de los que hemos visto hasta ahora, bien porque morfológicamente son muy diferentes o bien porque su estado fragmentario impide hacer precisiones que vayan más allá de su mera identificación.

Comenzamos con el broche de Gereñu (Álava), recogido junto a una espada larga de un solo filo, dos puntas de lanza y un fragmento de herradura, todo ello asociado a restos humanos. Se trata de una pieza de pequeño tamaño, formada por una placa semicircular articulada a una hebilla ovalada y que ha sido interpretada recurrentemente como un fragmento de un broche liriforme. Sin embargo, en la revisión llevada a cabo por J. Pinar Gil (2009) este autor ha demostrado que, en realidad, se trata de una pieza de cronología algo anterior (finales del siglo V d. de C.) y con abundantes paralelos en otras zonas de Europa.


Broche de Gereñu (Álava) (según Pinar Gil, 2009)

Algo posterior, ya de la segunda mitad del siglo VI d. de C., sería este ejemplar de hebilla de hierro con decoración damasquinada procedente de la necrópolis navarra de Buzaga, cerca de Pamplona. Se trata de un yacimiento funerario, caracterizado por la presencia de armas en los enterramientos y los objetos de adorno personal de tipo merovingio-aquitano, que abarca una horquilla cronológica de entre mediados del siglo VI y finales del siglo VII d. de C. (si no es que llega a las primeras décadas del VIII d. de C., como sucede con los cementerios del mismo tipo de Pamplona y, muy probablemente, de Aldaieta) (Azkarate, 2007). Esta pieza, de innegable filiación norpirenaica, se correspondería con la fase inicial de uso de la necrópolis.

Hebilla de Buzaga (Fotografía: www.euskara.euskadi.net)

Los fragmentos de placas de hierro (presumiblemente liriformes o en forma de U) del Museo Arqueológico de Barcelona (Almagro Basch, 1944) y del Castillo de Los Monjes (Tejado Sebastián, 2011) presentan restos inequívocos de decoración damasquinada, aunque su estado de conservación no permite encuadrarlos con seguridad en ninguno de los tipos sobre los que hemos tratado en las dos entradas anteriores. En cualquier caso, parece que nos encontramos ya con producciones hispanovisigodas de los siglos VII-VIII d. de C., como parecen apuntar tanto la morfología de ambas como el contexto arqueológico en el que fue recuperada la segunda de ellas.

Placa conservada en el Museo de Barcelona (Fotografía: Almagro Basch, 1944)

Placa del Castillo de los Monjes (La Rioja) (Fotografía: J. M. Tejado Sebastián)

En los casos de uno de los broches de Nueva Carteya (Córdoba) (Palol, 1957) y del de Las Eras de Peñarrubia (Málaga) (Serrano y Alijo, 1992), la mala conservación de la decoración damasquinada nos deja con las mismas dudas que en los dos anteriores, aunque en esta ocasión las piezas se conserven completas, pudiendo apreciarse con claridad su perfil en forma de U. En el caso malagueño, donde es visible pare de la orla perimetral formada por pequeños círculos recortados en el latón, resulta obligado pensar en el la placa del broche de Las Penas, dado su acusado parecido formal.

Broche de Nueva Carteya (Córdoba) (Fotografía: Palol, 1957)
Broche de Las Eras de Peñarrubia (Según Serrano y Alijo, 1992)

Y en cuanto a la placa completa del Castillo de los Monjes (La Rioja) (Tejado Sebastián, 2011), esa completa ausencia de decoración puede hacer que existan dudas acerca de la existencia en ella de damasquinados (aunque yo estoy convencido de los tuvo ¿Por qué si no iba a ser la placa de hierro y no de bronce?), aunque su forma remite sin ningún género de dudas al mundo de los broches de cinturón hispanovisigodos con placas liriformes. Incluso podría afinarse un poco más y relacionar esa placa con las pertenecientes a un tipo que hemos individualizado en un trabajo reciente y que se caracteriza por un cuerpo central romboidal muy acusado, con las esquinas superior e inferior muy marcadas en el perfil (Fernández Vega et alii, 2010).

Broche del Castillo de los Monjes (La Rioja) (Fotografía: J. M. Tejado Sebastián)

Finalmente, hay que señalar la existencia de un ejemplar que, aunque comparte cronología de los siglos VII-VIII d. de C., responde a tipologías norpirenaicas: un broche de San Julià de Ramis (Girona). Esta pieza, caracterizada por un perfil dentado muy peculiar y una hebilla muy diferente a las de los ejemplares hispánicos coetáneos, presenta (o presentaba en el artículo que he manejado. Desconozco si se han publicado novedades al respecto en la monografía a la que no he tenido acceso) únicamente restos de bronce o cobre en tres puntos de la placa de hierro; correspondientes quizá a la unión a ésta de otros tres umbos de ese mismo metal que se han perdido. Todo apunta, no obstante, a que pudo contar con algún tipo de decoración damasquinada.


Broche de San Julià de Ramis (Girona) (Según García Jiménez y Vivó i Codina, 2003)



A continuación, la bibliografía utilizada en la redacción de esta serie. Como está sacada de varios trabajos y no me apetece perder tiempo dándole forma, veréis que hay distintos tipos de entrada. Espero que sepáis disculparlo.



ALMAGRO BASCH, M. (1944): “Las series griegas no ampuritanas del Museo Arqueológico de Barcelona”, Memorias de los Museos Arqueológicos Provinciales 4, pp. 62-64

ARIAS CABAL, P., ONTAÑÓN PEREDO, R., GUTIÉRREZ CUENCA, E., HIERRO GÁRATE, J. A. y PEREDA ROSALES, E. (en prensa): “El broche de cinturón de tipo visigodo de la Galería Inferior de La Garma” en ARIZAGA BOLUMBURU, B., MARIÑO VEIRAS, D., DÍEZ HERRERA, C., PEÑA BOCOS, E., SOLÓRZANO TELECHEA, J. A., GUIJARRO GONZÁLEZ, S. y AÑÍBARRO RODRÍGUEZ, J. (Coord.) Mundos medievales: espacios, sociedades y poder. Homenaje al profesor José Ángel García de Cortazar, Santander 

AZKARATE, A. (2007): “Necrópolis de Buzaga” en HURTADO ALFARO, M. A. (Coord.): La tierra te sea leve. Arqueología de la muerte en Navarra, pp. 195-198

ESCUDERO REMÍREZ, C. (2003): "Conservación de yacimientos y materiales arqueológicos. ¿Qué hacemos con lo excavado?", Patrimonio 12, pp. 24-34

FERNÁNDEZ VEGA, P. A., BOLADO DEL CASTILLO, R. y HIERRO GÁRATE, J. A. (2010): Una nueva placa liriforme procedente del yacimiento arqueológico de Santa Marina (Valdeolea, Cantabria), Kobie 14,  Bilbao

GARCÍA JIMÉNEZ, G. y VIVÓ I CODINA, D. 2003 Sant Julià de Ramis y Puig Rom: dos ejemplos de yacimientos con armamento y equipamiento militar  visigodo en el Noreste peninsular, Gladius XXIII, Madrid, pp. 161-190

GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, R. y FERNÁNDEZ MATALLANA, F. (2007): “Nuevas placas de cinturón procedentes de la ciudad visigoda del Cerro de la Almagra (Mula, Murcia)”, Mastia 6, Murcia, pp. 165-179.

GONZÁLEZ SALAS, S. 1945 El castro de Yecla en Santo Domingo de Silos (Burgos), Ministerio de Educación Nacional, Madrid.

KOTARBA, J., CASTELLVI, G. y MAZIÈRE, F. 2007 Carte Archeologique de la Gaule, 66: Les Pyrénées Orientales, Paris.

PALOL, P. (1957a): “Bronces con decoración damasquinada en época visigoda”, Actas del V Congreso Nacional de Arqueología, Zaragoza, pp. 292-305.
PALOL, P. (1957b): “Los objetos visigodos de la Cueva de Los Goros (Hueto Arriba-Álava)”, Boletín de la Institución Sancho el Sabio, 1-2/I, Vitoria, pp.73-84.
PÉREZ RODRÍGUEZ-ARAGÓN, F. 1999 Un broche de cinturón damasquinado de época visigoda procedente de Monte Cildá (Olleros de Pisuerga, Palencia), Sautuola VI, Santander, pp. 453-456

PINAR GIL, J. (2009): “El hallazgo de Guereñu-Ozábal. Nuevos datos sobre el mundo funerario del territorio alavés en la Antigüedad Tardía”, Actas del Congreso “Medio siglo de arqueología en el Cantábrico oriental y su entorno”, pp. 925-952

RIPOLL LÓPEZ, G. (1998): Toréutica de la Bética (siglos VI y VII D.C.), Reial Acadèmia de Bones Lletres, Barcelona.
SERNA GANCEDO, M. L., VALLE GÓMEZ, A. y HIERRO GÁRATE, J. A. (2005): “Broches de cinturón hispanovisigodos y otros materiales tardoantiguos de la cueva de Las Penas (Mortera, Piélagos)”, Sautuola XI, Santander, pp. 247-277.
SERRANO RAMOS, E. y ALIJO HIDALGO, F. 1992 Una necrópolis de época hispano-visigoda en las eras de Peñarrubia (Málaga), en Actas del III Congreso de Arqueología Medieval Española, Oviedo, 27 Marzo-1 Abril 1989. II. Comunicaciones, Oviedo, pp. 110-120

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VALLE, M. A.; MORLOTE, J M.; SERNA, A. y MUÑOZ, E. (1998): “La cueva del Portillo del Arenal (Velo, Piélagos, Cantabria). El contexto arqueológico de las manifestaciones esquemático-abstractas”, En el final de la Prehistoria

VIGIL ESCALERA, A. (2011): "Is it really relevant the ethnicicty of our historical subjects?, Arqueología y Territorio Medieval 18, pp. 45-53








11 ago 2012

El anillo de Riocueva

¡Por fin! Nos hemos estado guardando la gran noticia 10 meses, pero ya lo podemos gritar a los cuatro vientos....

¡¡Un anillo de oro!!

Hemos contado aquí algunos detalles sobre la excavación que realizamos en 2011 en la cueva de Riocueva, pero a la espera de que el yacimiento estuviese convenientemente protegido y de que el Gobierno de Cantabria, que financia las actuaciones arquelógicas, nos autorizase a comunicarlo, no habíamos dicho nada del anillo.

Os lo mostramos aquí en exclusiva, con un par de imágenes que no han publicado los medios todavía.



Aquí algunos enlaces de la presencia en medios:

> http://www.eldiariomontanes.es/20120811/local/cantabria-general/hallado-anillo-epoca-visigoda-201208111218.html

> http://www.20minutos.es/noticia/1561885/0/

> http://www.europapress.es/cantabria/cantabria-infinita-00662/noticia-hallado-anillo-oro-epoca-visigoda-cueva-riocueva-entrambasaguas-20120811115400.html

> http://www.teinteresa.es/cantabria/santander/Hallado-anillo-visigoda-Riocueva-Entrambasaguas_0_753524986.html

La nota de prensa fue redactada por nosotros y la han respetado bastante, de modo que remitimos a su lectura para ampliar información. En los próximos días contaremos más sobre este sorprendente hallazgo.

15 jun 2012

Damasquina, que algo queda (3): geometrías liriformes

El segundo gran grupo de broches de hierro de época visigoda con decoración damasquinada es aquél formado por los que que lucen motivos geométricos de diverso tipo y pelaje. Aunque, como veremos, pueden hacerse algunas distinciones en función de esos motivos, todos ellos comparten una característica común que les diferencia de los que vimos en la entrada anterior: todos son trasuntos, más o menos logrados, de los broches liriformes de bronce coetáneos. Si las placas con decoración zoomorfa sólo compartían morfología con las de los broches de bronce típicos del Nivel V de Ripoll, éstas que veremos a continuación, además de la forma, repiten decoración; eso sí, dentro de la enorme variedad que caracteriza a la que adorna los broches liriformes.

En cuanto a la técnica utilizada, encontramos que se repite la del grupo anterior (el recorte en una gran lámina de latón que cubre la superficie de hierro de las figuras representadas y el embutido de hilos de plata en el hierro de las zonas recortadas para dibujar los detalles) aunque, en esta ocasión, también existe una variante significativa: el uso de pequeñas placas de latón recortadas ya con su forma y que se colocan sobre el hierro, dejando el embutido de hilos de plata para rellenar las zonas no chapadas (en realidad, son dos variantes de una misma técnica).

La morfología, por su parte, es bastante uniforme (con las lógicas variaciones) y se caracteriza por los perfiles acusadamente liriformes, con estrangulamientos centrales más o menos marcados (excepto en el caso de La Garma, de cuyo ejemplar habrá entrada monográfica en un futuro) y extremos distales circulares con o sin apéndice; aunque parece que la ausencia de éste se debe más a roturas o pérdidas que a un diseño diferente al del resto.

Finalmente y como ya se ha dicho, la decoración es básicamente la misma que podemos encontrar en las placas liriformes de bronce: almendriformes, segmentos de círculos, líneas sinuosas, etc. Merece una atención especial la presencia de motivos radiados ocupando la mayor parte de los extremos distales circulares: florones, hexapétalas o grandes ruedas. Sólo escapan a esa norma uno de los ejemplares de Nueva Carteya y el de La Cañadilla, que comparten entre sí otras similitudes decorativas, como puede apreciarse en las imágenes.


Broche de Nueva Carteya (Córdoba) (Fotografía: Palol, 1957)

Broche de La Cañadilla (Valladolid) (Fotografía: C. Escudero Remírez, en Revista Patrimonio 12)
Broche de El Pelícano (Madrid) (Fotografía: Vigil-Escalera Guirado, 2011 )

Broche del Portillo del Arenal (Cantabria) 

Tercer broche de Nueva Carteya (Córdoba) (Fotografía: Palol, 1957)

Broche del Castillo de los Monjes (La Rioja) (Fotografía: J. M. Tejado Sebastián)

Broche de La Garma (Cantabria) 

Acerca de sus procedencias, como ocurría con los del grupo anterior , existe una gran variedad. Hay contextos en cueva (Portillo del Arenal y La Garma), necrópolis (La Cañadilla, Nueva Carteya), asentamientos fortificados en altura o castra (Castillo de Los Monjes) o aldeas (El Pelícano). Geográficamente, de nuevo se observa una gran dispersión, con hallazgos en Andalucía, el centro peninsular y la cornisa cantábrica. Y, finalmente, la cronología de sus contextos vuelve a llevarnos a finales del siglo VII y, sobre todo, al VIII d. de C. Vamos, nada nuevo ni diferente en relación con los anteriores.




21 may 2012

"Patenas" y jarritos de bronce de época visigoda. Litúrgicos, sí, pero no sólo

En el año 2008, cuando presenté mi trabajo de investigación de Máster, uno de los miembros del tribunal me preguntó, entre otras varias cosas, por qué había entrecomillado el adjetivo "litúrgico" al hablar de los famosos jarritos de época visigoda (se pueden ver algunos buenos ejemplos de jarritos de bronce de ese tipo conservados en museos españoles aquí y aquí). Mi respuesta fue que, al igual que sucede con las cucharillas, creía que ese tipo de recipientes podía tener otro tipo de usos, más allá de los relacionados con las diferentes ceremonias religiosas con los que han sido vinculados tradicionalmente. Vamos, que a los usos "litúrgicos" podrían sumarse otros de carácter "civil". La cosa no fue a mayores, aunque me quedó la sensación de que mi respuesta no fue demasiado convincente, en gran parte porque no pasaba de ser una percepción personal apoyada únicamente en el ya citado ejemplo de las cucharillas y en algunos de los contextos (subterráneos y sepulcrales) de los que procedían varios de los jarritos. Y así dejé el tema, en mi interminable "cola de tareas", esperando tener un rato algún día para mirarlo con cierto detenimiento.

Ese día llegó la semana pasada, cuando estaba dándole un vistazo al Salterio de Stuttgart  y, oh sorpresa, pude comprobar cómo, en al menos tres ilustraciones, aparecían jarros de ese tipo en diferentes situaciones y con distintos usos. Después, un repaso al artículo de L. J. Balmaseda Muncharaz (1997) sobre los jarros (y patenas, de las que también hay buenos ejemplos aquí y aquí) conservados en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) me proporcionó los elementos que me faltaban para poder escribir esta entrada. Ese trabajo será la referencia a seguir en la interpretación del uso de estos objetos porque, como comprobaremos una líneas más abajo, sus principales conclusiones son más que acertadas.

Tras estudiar las piezas conservadas en el MAN, Balmaseda hace un repaso de las interpretaciones tradicionales acerca del uso de jarritos y patenas; a saber: bautismal (formulada por Gómez Moreno y basada en ilustraciones altomedievales como la del Antifonario de la Catedral de León, aunque en ese dibujo en concreto no queda nada claro que se trate de un jarro de ese tipo), eucarístico (según Ferrandis) o relacionado con la ordenación de diáconos y subdiáconos (en opinión de Palol). Hay que señalar que, en los tres casos, se señalan como apoyos las inscripciones que adornan algunas de las piezas.

Imagen de bautismo del Antifonario de la Catedral de León (siglo X)

Vistas estas interpretaciones, y sin descartar que los jarritos hayan podido tener alguno de esos usos (el bautismal, por ejemplo, pero no en época visigoda, cuando el bautizo se realizaba por inmersión, sino más tardíamente), Balmaseda hace sus grandes aportaciones al debate:

- Descarta completamente y de forma muy convincente que las que conocemos como patenas sean tales, ya que ni aparecen acompañando a los cálices (como deberían, ya que siempre forman pareja con ellos) ni están hechas en materiales preciosos, al igual que aquellos (el ejemplo de la patena de Valcabado, del siglo X y de plata sobredorada, sería un buen ejemplo de ese tipo de objetos). A ello además se podría añadir que las pretendidas patenas de bronce hispanovisigodas siempre llevan un asa (aunque muchas lo hayan perdido y hayan llegado hasta nosotros sin ella), cuando es notorio que ese tipo de objetos carece de ella (sólo hace falta ir un domingo a misa para comprobarlo...).

- Identifica, también de forma muy convincente, el urceolum y el aquaemanile que, según la Epistula ad Leodefredum (una fuente escrita hispanovisigoda de finales del siglo VII o inicios del VIII d. de C.), debía sostener el subdiácono durante el lavatorio de manos con jarrito y "patena", respectivamente.Y por ello los interpreta como conjuntos destinados a hacer aguamanos (interpretación que refuerza con la mención de la inscripción ELLANI AQUAMANUS presente en una de esas "patenas" conservada en el Instituto Valencia de Don Juan).

- Y, finalmente, también contempla la posibilidad de que algunos jarritos se hayan usado como vinajeras, como recipientes para contener el vino y el agua utilizados durante la misa.

En conclusión: los jarritos se usarían, en solitario, para contener y servir líquidos (agua, vino, etc.). Y,  acompañados de los recipientes tradicionalmente conocidos como "patenas", para hacer "aguamanos". Ambas cosas son propias de la liturgia cristiana, pero no sólo: en el mundo "civil" también se hacen lavatorios de manos (a nobles por parte de sus criados, por ejemplo, antes y después de las comidas) y, por supuesto, también se sirve vino. Por tanto, creemos más que probable que ambos objetos hayan podido tener un uso no religioso, como elementos de vajilla o servicio de mesa de cierto lujo. Veamos a continuación varias ilustraciones del Salterio de Stuttgart donde puede apreciarse con cierta nitidez tanto lo expuesto por Balmaseda en su artículo como esto último que acabamos de decir.

Escena de lavatorio de manos en contexto religioso y en la que puede observarse el uso conjunto de urceolum y aquaemanile

Escena en la que un jarrito sin asa es utilizado como contenedor de líquidos (probablemente vino), también en contexto religioso y del que se bebe directamente

Escena en la que un jarrito es utilizado para servir líquidos (también probablemente vino) en un contexto "civil" (a un noble que vive en un palacio)

Las imágenes, de época carolingia (siglo IX), hablan por sí solas y no sólo certifican la veracidad de los dos usos propuestos por Balmaseda y su extensión más allá del ámbito religioso, sino que, además, son un magnífico ejemplo de la existencia de este tipo de jarros en otras zonas de Europa (por si el hecho de que muchas veces se les llame "hispanovisigodos" hubiera hecho que algún lector pensase que son exclusivos de la Península Ibérica). Esa presencia más allá de los Pirineos es conocida de antiguo (de hecho, el origen último de este tipo de objetos suele situarse en el Egipto copto), pero conviene recordarla aquí, así como los contextos arqueológicos en los que suelen recuperarse: formando parte de ajuares funerarios (incluso en tumbas femeninas); como en este caso francés, en el que se cita una función relacionada con ritos de purificación con agua en las comidas o en los banquetes fúnebres (lo que vienen siendo distintos tipos de "aguamanos"). 

Centrándonos en la actual Cantabria, conocemos varios hallazgos de jarritos y aguamaniles (nos olvidaremos desde ya del término "patenas" para denominar a estos últimos). Se trata de un jarro y posibles restos de un aguamanil en Cudón, de un mango del segundo de estos objetos en Los Hornucos, de otro jarro en algún lugar de Limpias (desaparecido) y de los posibles restos de otro más en San Román de Moroso. Los dos primeros proceden de cuevas, del tercero se desconoce su origen y el último, sólo un fragmento que podría corresponderse con el cuello de uno, se encontró en un cementerio; aunque fuera de contexto. Si ampliamos el territorio a la Cantabria de época romana, hay que añadir, en Asturias, el jarro de la mina "El Milagro" y los varios ejemplares descontextualizados de la zona de Onís; y, en en norte de Palencia, el procedente de una cueva indeterminada del complejo de La Horadada.


Jarros de Cudón (según Alcalde del Río, 1934), La Horadada y "El Milagro" (Fernández Vega, 2006)


En los casos procedentes de contextos subterráneos, estos jarros han sido el principal argumento manejado para sostener el carácter eremítico de las ocupaciones de las cuevas en época visigoda. Sin embargo, el hecho de que ahora pueda defenderse un uso no exclusivamente religioso de jarros y aguamaniles lo cambia todo y permite buscar explicaciones más acordes con la norma general observada en los contextos mejor estudiados: su carácter sepulcral. No nos encontramos, pues, ante evidencias de cuevas convertidas en iglesias o cenobios (lo que, por otra parte, ya dejaban ver bien a las claras sus nulas condiciones de habitabilidad), ni los restos humanos asociados a algunos de los jarros (como ocurría, por ejemplo, en Cudón) han de pertenecer, necesariamente, a monjes o sacerdotes. Puede tratarse, perfectamente y como ocurre con otros muchos objetos que aparecen en este tipo de yacimientos, de piezas de uso cotidiano que acaban en el interior de las cuevas acompañando a los cadáveres allí depositados. Y de esa forma las interpretaremos a partir de ahora.



10 may 2012

Damasquina, que algo queda (2): animalucos

Como había que hacerlo de alguna manera y ésta parece la más sencilla, hemos dividido, siguiendo a Palol (1957), los ejemplares de broches de cinturón con decoración damasquinada del territorio peninsular y Septimania en tres grandes categorías. La primera (y que ocupa esta entrada) es la de las piezas con motivos de animales. Las otras dos son las formadas por placas con decoración (más o menos) geométrica y la que incluye los ejemplares raros y difíciles de clasificar, respectivamente. Vayan por adelantado las disculpas por la desigual calidad de las imágenes que ilustran este texto (y extiéndase a las dos entradas sobre este tema que faltan): se ha hecho lo que se ha podido para encontrarlas y en algunos casos no ha sido en las mejores condiciones. Pero es lo que hay.

Curiosamente, todos los broches con decoración figurada (los ejemplares de Loja, Los Goros, Montou, de algún lugar de Madrid y conservado en el MAN, La Almagra, Yecla de Silos, Monte Cildá  y Las Penas) presentan motivos animales. Concluir de qué bichos se trata ya es otra cuestión, como veremos. 

La mayor parte de ellos (los cinco primeros de la lista anterior) tienen una serie de características comunes que permiten agruparlos sin demasiada dificultad: un extremo distal circular muy marcado en el perfil de la placa, con un apéndice y en cuyo interior se dibuja uno de esos animales mirando a la izquierda; y un cuerpo central rectangular, más o menos estrangulado, en el que aparecen entre dos y cuatro cuadrúpedos similares más. En todos los casos la técnica utilizada ha sido la misma y ha consistido en el chapado de la placa con una fina lámina de latón dorado en la que se han recortado las figuras, cuyos detalles se han señalado embutiendo hilos de plata en el hierro. A continuación hemos propuesto una ordenación cronológica para las piezas, atendiendo a la decoración de sus cuerpos centrales. Quizá la más antigua de todas sea la de Loja, en la que el número de animales es de cuatro y el situado más a la izquierda tiene la cabeza girada, mirando a la derecha. En las de Los Goros y Montou, por su parte, el número de animales se ha reducido hasta llegar únicamente a dos, de los que el más cercano a la zona de articulación de la hebilla mantiene esa postura diferente: en el primer caso con la cabeza girada y en el segundo con todo el cuerpo orientado hacia la derecha. Finalmente, en los ejemplares del MAN y de La Almagra, la composición se ha simplificado bastante y los dos únicos cuadrúpedos presentes miran ambos hacia la izquierda.


Broche de Loja (Granada) (Fotografía: De la Torre Castellano en Ceres, Colecciones en Red)

Broche de Los Goros (Álava) (Fotografía: Euskomedia)

Broche de Montou (Pyrénées Orientales) (Fotografía: Kotarba et alii, 2007)

Broche conservado en el MAN (Madrid)

Broche del Cerro de la Almagra (Murcia) (Fotografía: González Fernández y Fernández Matallana, 2007)

¿Cuáles son los animales representados? ¿Ciervos? ¿Gacelas? ¿Grifos? ¿Caballos? ¿Perros? Imposible asegurarlo, aunque, no sería extraño que todos (que son todo lo dicho antes y a la vez nada de ello) remitan a algún tipo de simbología cuyo significado se nos escapa: sería demasiada casualidad un motivo tan similar y recurrente si no hubiese algo detrás. En cuanto a su procedencia, la del de Loja se desconoce, los de Los Goros y Montou proceden de sendos hallazgos en cueva, mientras que para el conservado en el MAN se ha barajado que tenga su origen en alguna necrópolis, aunque sin que haya plena certeza. Finalmente, del del cerro de La Almagra se sabe que se localizó en el interior de una ciudad, aunque sin mayores detalles. 

Bastante alejado de las características del grupo que acabamos de ver, tanto morfológica como decorativamente, el broche de Yecla de Silos es un caso único dentro de los de este tipo. La placa tiene forma de U ligeramente estrangula y todo su perfil está recorrido por numerosos apéndices (más grande el del extremo distal) que le confieren un aspecto "dentado". En cuanto a la decoración, una orla perimetral con roleos recorre toda la placa y enmarca una composición simétrica de dos animales enfrentados a un arboriforme. No nos entretendremos demasiado acerca de este motivo y sus paralelos, pero sí que merece la pena señalar su parecido, salvando las distancias, con los del broche de hueso de la necrópolis de Santa María de Hito, tradicionalmente considerado mozárabe pero para el que hemos propuesto (y antes y después que nosotros otros investigadores) una fecha de época visigoda. Únicamente hay que mencionar que, de nuevo en este caso, resulta imposible identificar de qué animales se trata, aunque podría tratarse de algún tipo de cánido (¿lobos? ¿perros?). 

Broche de Yecla de Silos (Burgos) (Fotografía: González Salas, 1945)

Este broche procede de un asentamiento en altura de tipo castro (aunque ahora mismo no recuerdo si realmente apareció en la cumbre fortificada o en una de las casas localizadas en un cañón situado a sus pies).

Tanto la pieza de Monte Cildá como la de Las Penas pueden considerarse como a medio camino entre las que presentan decoración animal y las que tienen motivos geométricos. La primera tiene el perfil típico de los broches liriformes de los siglos VII-VIII, así como unas características divisiones internas y unas orlas con decoración geométrica que lo relacionan indudablemente con ese tipo de producciones. Sin embargo, comparte con el primer grupo de broches damasquinados que acabamos de ver la presencia de un cuadrúpedo inclasificable en su extremo distal circular. Su decoración se completa con una cruz en la zona proximal.

Broche de Monte Cildá (Palencia) (Fotografía: Pérez Rodríguez-Aragón, 2006)

El broche fue recuperado durante las excavaciones llevadas a cabo en Monte Cildá, un emplazamiento fortificado de tipo castro.

La de Las Penas, por su parte, presenta semejanzas con la de Yecla de Silos, pues tiene un marcado perfil en U y la decoración de su cuerpo central consiste en un único animal (¿carnero?) enfrentado a un arboriforme. Como elemento novedoso vemos en esta ocasión que en la zona distal la decoración ha marcado un espacio circular (inexistente en el perfil) en el que se enmarca una cruz potenzada. La presencia de este símbolo cristiano la relaciona tanto con el ejemplar de Monte Cildá como con alguno de los que veremos en una próxima entrada. Sobre esta pieza, sus características morfológicas y su decoración trataremos en una entrada monográfica, en la que daremos a conocer algunos detalles muy interesantes y que no han sido publicados ni mencionados antes. Únicamente queda señalar que fue recuperada en un contexto sepulcral en cueva.

Broche de Las Penas (Cantabria) (Fotografía: Serna y Valle)

Para terminar, dos breves valoraciones de conjunto. La primera, a riesgo de ser pesado, la cronología del siglo VII avanzado o ya del VIII de todas estas piezas. La segunda y quizá más importante (y que se repite en el resto de broches con decoración damasquinada), su dispersión geográfica por todo el territorio del Reino de Toledo, desde el sur-sureste (Loja, La Almagra) hasta el norte (Los Goros, Yecla, Cildá, Las Penas), pasando por el centro (la del MAN) y llegando hasta el sureste de Francia (Montou). Sin relación directa, por tanto, con las producciones damasquinadas merovingias de las que vimos algunos ejemplos en la primera entrada de la serie.