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9 mar 2021

Saquito exposed

Aunque ya hace algún tiempo, con motivo de la publicación del estudio del tejido, le dedicamos una entrada a nuestro querido «saquito» de Riocueva, este singular hallazgo vuelve a estar de rabiosa actualidad. El motivo es que, coincidiendo con mi intervención espacio radiofónico de RNE-Radio 5 MVPAC, Prehistoria y Arqueología para hablar del «saquito», el museo le ha dedicado una vitrina temporal en la exposición. 


La vitrina con el «saquito» de Riocueva en el MUPAC

La verdad es que no puede tener mejor ubicación. Justo enfrente de mi vitrina favorita del museo, la que despide al visitante y lo deja boquiabierto: la que exhibe el broche de hueso de Santa María de Hito. Para poder ver mejor los detalles del tejido y las semillas se ha colocado una lupa. Además, la vitrina cuenta con una cartela en la que se ofrece algo de información sobre los restos, con fotos ampliadas para no perder ni un detalle.  


La vitrina con el «saquito» escoltado por su lupa y su cartela

Un detalle del «saquito» aumentado

Es una oportunidad única para ver un objeto que normalmente está en el almacén, lejos de la vista del público. A su fragilidad se une el hecho de que no es precisamente atractivo para los no iniciados. Al fin y al cabo, es más relevante por lo que implica desde el punto de vista de la investigación, que por lo que muestra como pieza de museo. Algunas veces, objetos aparentemente insignificantes y que a priori es difícil de imaginar que encuentren acomodo en una exposición ideada para el público general, son especialmente trascendentes en el proceso de investigación y, por extensión, en nuestra capacidad para reconstruir el pasado, que es la labor a la que nos dedicamos los arqueólogos. Este es, sin duda, uno de ellos. 

El programa de radio se emitió el pasado sábado 13 de marzo en y los que no tuvieron oportunidad de escucharlo en directo o lo quieren escuchar de nuevo aquí lo tienen.



Espero que esta breve presentación haya dejado con ganas de visitar el MUPAC y ver de cerca estos restos tan poco comunes de tela y semillas de época visigoda. Cuando la situación se normalice y volvamos a tener unas vidas medianamente normales, el «saquito» será protagonista de una Pieza del Mes como merece. Con el calor del público, un poco de debate y una cervecita para cerrar el día. Como siempre.

15 dic 2020

Vídeos, vídeos (de conferencias) everywhere

Como ya anunciamos en su momento, Enrique y yo participamos hace unos meses en un ciclo de conferencias sobre la alta Edad Media cántabra organizado por ADIC y patrocinado por el Gobierno de Cantabria a través de la Fundación Camino Lebaniego. Ahora los vídeos de aquellas charlas ya están colgados en la red, así que quien se quedó con las ganas entonces tiene la oportunidad de ver, desde su casa, un repaso en dos partes a la arqueología de Cantabria entre los siglos VI y XI. De nuevo, por riguroso orden cronológico:




Y no hay mucho más que contar, porque todo lo contable sobre estos asuntos (y alguna cosa más) está en los vídeos. Espero que os gusten.

13 oct 2020

Vamos a conferenciar

Este jueves , 15 de octubre, comienza este ciclo (organizado por ADIC, con el patrocinio del Gobierno de Cantabria y la colaboración de la Biblioteca Central de Cantabria) en el que participamos Enrique y yo con sendas conferencias

Os dejo los títulos y resúmenes de ambas charlas (primero la mía y luego la de Enrique, por orden doblemente cronológico, porque yo hablo de cosas más antiguas y también lo hago antes), que van de arqueología tardoantigua y altomedieval (como no podía ser de otra manera):

ENTRE LA ANTIGÜEDAD Y LA EDAD MEDIA: ARQUEOLOGÍA DE CANTABRIA EN ÉPOCA VISIGODA (SIGLOS VI-VIII)

Frente a la imagen, extendida durante décadas, de una Cantabria de los siglos VI-VIII completamente al margen del mundo visigodo, aislada, pagana y culturalmente más cercana a la Edad del Hierro que a la Tardoantigüedad, la arqueología nos está ofreciendo, en los últimos años, una visión completamente distinta. En esta conferencia se revisarán esas aportaciones, en un recorrido que va de los (aún escasos) lugares de habitación conocidos a las necrópolis, pasando por iglesias y cuevas con uso sepulcral y prestando una especial atención a la cultura material y a sus implicaciones desde el punto de vista de las conexiones con otras zonas de la Península, de Europa y del mundo mediterráneo.

TUMBAS, JARRAS Y CASTILLOS. UNA APROXIMACIÓN A LA ARQUEOLOGÍA ALTOMEDIEVAL DE CANTABRIA 

La documentación arqueológica aporta un punto de vista diferente pero complementario al de otras fuentes más tradicionales en el estudio del medievo. Los restos conservados en Cantabria que se pueden datar en la Alta Edad Media (siglos VIII-XII) corresponden, fundamentalmente, a tres grandes categorías: contextos funerarios (necrópolis, tumbas, estelas…); recipientes cerámicos; y pequeños castillos. Proponemos un recorrido por los hitos más reseñables de estos conjuntos de cultura material como una forma de acercarse a la sociedad del momento y conocer mejor diversos aspectos relativos a sus formas de explotación económica, su articulación territorial o sus creencias.

A ver qué tal sale.

25 mar 2020

El reino imposible

En octubre del año pasado (2019 o, mejor, 1 a. C., antes del Confinamiento) Ediciones B puso a la venta la tercera novela de Yeyo Balbás, "El reino imposible". En esta ocasión, el autor de "Pax Romana" y "Pan y circo" abandona la Roma de Augusto (y la Cantabria que se le enfrentó) y aterriza (y de qué forma) a finales de la época visigoda, en los primeros años de la que, nunca me cansaré de repetirlo, me parece la centuria más fascinante de la Edad Media hispana (o del final de la Tardoantigüedad, si se prefiere): el siglo VIII.

Como ocurriera en su primer libro, Cantabria vuelve a estar muy presente en la obra (significativamente, al principio y al final), ya que su protagonista es Fruela, hijo de Pedro, el Dux visigodo (que no duque, tal y como lo entendemos hoy en día) de esa provincia (probablemente mucho mayor que la Cantabria de época romana y, por supuestísimo, que la actual comunidad autónoma) y hermano del que será tercer rey de Asturia(s) (o de Cangas, según gustos), Alfonso.


Como ya existen unas cuantas reseñas por ahí, no voy a entretenerme demasiado con la trama (y así no hago spoilers), más allá de contar que en sus páginas asistimos (en primera fila e incluso, en ocasiones, entre bastidores) a la descomposición del reino de Toledo por causa de las luchas dinásticas y a su completa destrucción a manos de los invasores árabo-bereberes. Hasta ahí, nada que se salga de lo esperable en una novela histórica ambientada en esos años. Sin embargo, hay un par de cosas ("valores añadidos" de esos que les gustan tanto a los titulados en empresas y económicas que dirigen el mundo en estos tiempos que nos ha tocado vivir) que, en mi opinión, le dan a esta obra un importante plus. En primer lugar, su credibilidad: está tan sumamente bien ambientada y documentada que cualquiera que conozca un poco el siglo VIII peninsular no encontrará motivos para quejarse en ese aspecto (y tener que hacerlo es algo que, al menos a mí, me quema mucho como lector). Y en segundo, su personaje principal, una especie de primo cabroncete de Uhtred de Bebbamburg, capaz de ser un auténtico hijo de puta cuando la ocasión lo requiere (como, por otra parte, haría cualquier noble de la época, para qué engañarnos) pero con el que se empatiza rápido (o al menos yo lo hice las dos veces que leí la novela, la primera por "obligación" y la segunda ya por devoción pura y dura). Y por cuyas manos (y nunca mejor dicho) pasará el destino de Hispania. Intrigas, batallas, muchos personajes de todo pelaje y condición y mucha mucha información (militar, política, cultural, religiosa, material...) sobre la época intercalada en el texto completan un conjunto que me parece muy recomendable y que, por eso mismo, recomiendo, valga la redundancia. Y para haceros una idea y comprobar que no miento podéis leer un fragmento aquí.

Y que conste que no lo hago porque su autor me haya regalado una dedicatoria tan "espectachular" como ésta que podéis ver aquí abajo, con guiño (que también lo hay en el relato) a los muertos de las cuevas. Nada de eso, aunque mola todo.


Lamentablemente, estos aciagos momentos que nos han tocado vivir hacen que sea imposible conseguir un ejemplar físico, así que si lo queréis tendréis que pedirlo (lo venden en todas las librerías con página en la red). Yo no soy muy amigo de hacer trabajar a los repartidores en estas circunstancias más allá de lo estrictamente necesario, así que os recomendaría que lo pillarais en formato digital (que no es lo mismo, lo sé, pero así están pinados los bolos ahora mismo) o esperaseis a comprarlo cuando todo esto pase y se pueda volver a las librerías. Pero eso ya es cosa de cada cual.

5 ene 2020

El oro de La Hermida

Como es época de regalos, qué mejor manera de celebrarlo que con uno. Y si es de los que tienen ese brillo dorado que tanto nos fascina a los humanos desde que alguno de nuestros más remotos antepasados vio una pepita de oro semienterrada en la arena de un río, mejor. La pena es que, en este caso, ese brillo se apagó hace ya muchos años y no parece que vaya a volver a iluminarnos. Aunque, quién sabe. También es época de milagros... En fin, vayamos al lío.


El tesorillo -o tesoro o como queramos llamarlo- de La Hermida es uno de los clásicos de la arqueología tardoantigua/altomedieval en Cantabria. Se trató del hallazgo casual, por parte de unos obreros que trabajaban en la carretera que va de La Hermida a Potes, de un conjunto de monedas de oro y dos broches de cinturón de época visigoda. Las primeras (alrededor de quince) eran tremises visigodos del siglo VI, acuñados a nombre del emperador bizantino Justino II (a cuyas monedas oficiales imitaban) y del rey godo Leovigildo (el reconquistador de Cantabria para Toledo, como todo el mundo que lea este blog debería conocer a estas alturas). De los segundos nada se sabe, más allá de que eran de bronce. Y no se sabe porque tanto los unos como las otras llevan ya, para nuestra desgracia, muchas décadas desaparecidos. Aun así y dentro de lo malo, los numismáticos tuvieron más suerte que los interesados por la toréutica hispanovisigoda, ya que mientras todo el mundo pasó olímpicamente de las "hebillas", algunas de las monedas fueron estudiadas y publicadas e incluso se conservan sendos moldes en yeso de dos de ellas, que fueron presentadas a miembros de la Real Academia de la Historia por E. Jusué, el primer investigador que las documentó.


Moldes en yeso de dos de las monedas (imagen sacada de aquí)

Además, una de las monedas, donada por el ingeniero Guillermo de Garnica, llegó a depositarse en una institución: el Museo de Santander, germen de lo que, andando el tiempo, sería el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria. Lamentablemente y pese a ello, siguió el mismo camino que sus compañeras, ya que está en paradero desconocido desde no se sabe cuándo. O al menos no lo sé yo, que ni en el MUPAC ni en el MAS (los "hijos" de aquella primera institución museística cántabra) la he visto ni he encontrado a nadie que pueda darme razón de ella (aunque consta que, cuando F. Mateu y Llopis escribió sus "Hallazgos monetarios III", en 1944, seguía allí, así que no puede echársele la culpa en este caso a la muy socorrida, para estos menesteres, Guerra Civil). Así que si alguien sabe algo y es tan amable...




Recreación de dos de las monedas de La Hermida con otras del mismo tipo (en Apocalipsis. El ciclo histórico de Beato de Liébana)

Hace años, cuando hice mi TFM sobre el uso de las cuevas en época visigoda en Cantabria, propuse una nueva interpretación para el hallazgo. Guiado por lo que contaba Maza Solano (la aparición, según él, habría tenido lugar en las obras de una cantera) y por algún testimonio (ahora sé que nada fiable) oído por estas orejas a principios de los dosmiles y que aseguraba que el origen del tesorillo estaba en una cueva, planteé la posibilidad de que las monedas hubieran sido halladas al destruir la cantera alguna covacha en la que habrían sido ocultadas. Como da la casualidad de que, en el sitio señalado, hay una cantera abandonada y en su frente, colgadas, se abren varias bocas de pequeñas cavidades, la cosa parecía cuadrar. Pero no. Como sucede en  algunas ocasiones, aunque estaba bien contado no era cierto. Qué le vamos a hacer.

Vista (cortesía de Google Earth) del aspecto de la cantera, con las covachas que asoman en el corte

Y es por eso que hoy toca envainársela públicamente y, de paso, traer aquí un interesante testimonio periodístico de la época poco -o más bien nada- conocido. Se trata del relato que hizo del hallazgo el diario El Cantábrico (fuente casi inagotable de recursos para tantas cosas...) del día 12 de noviembre de 1910, con todos los pelos y señales que su autor, cuya identidad desconozco, pudo reunir y que no fueron pocos. En él, que transcribo de forma literal inmediatamente debajo de su imagen, queda bastante claro cuáles fueron las circunstancias del hallazgo, cuál la suerte de las monedas y cuál la desidia de las autoridades para con ellas. Bueno, eso último sólo se intuye, porque ocurrió -o, mejor, no ocurrió- después. 




"UN HALLAZGO INTERESANTE

Hace tiempo que tuvimos noticia, confirmada ayer por testimonios que no nos dejan lugar a la menor duda, de un interesantísimo hallazgo histórico en esta provincia, hallazgo al que no se ha dado la publicidad merecida y al que no ha considerado todavía como corresponde a su gran valor científico.

Con motivo de los argayos o corrimientos de tierras ocurridos en gran número sobre las carreteras de la región lebaniega en el pasado año, y hallándose varios obreros ocupados en librar de uno de esos desprendimientos del terreno un trozo de carretera en la que va a la villa de Potes desde el balneario de la Hermida, a poca distancia de este punto, advirtió alguno de los trabajadores, con no poca sorpresa, una monedita de oro entre la tierra que había cogido en la pala para tirarla al río.

Recogida y examinada la moneda, que era muy antigua, pero clara y manifiestamente de oro, buscaron ya los obreros con más cuidado entre el montón de tierra y pedruscos que espalaban para limpiar la carretera, y su sorpresa fue en aumento al hallar nuevas monedas, casi todas idénticas a la primera, y todas de oro, y algunas otras cosas, entre las cuales llamó su atención un broche o especie de hebilla, de bronce, muy fuerte, también de extraña y antigua forma y factura. La noticia llegó a oídos de personas instruidas, que recogieron y examinaron varias de las monedas halladas, las cuales eran del tiempo de Leovigildo, con el busto de aquel rey visigodo, muy bien conservadas, pero con una acuñación defectuosa, como corresponde al estado de las artes en la lejana época a que pertenecen.

Según  nos han informado, alguna de esas monedas ha sido remitida a Madrid, a algún Centro científico, con la noticia del curioso y extraño hallazgo; pero en Madrid, a lo que parece, han dudado de la veracidad del caso y de la autenticidad de las monedas, por haber sido muchos los que se han dedicado a dar timos, comerciales y científicos, con estas cosas viejas que pueden tener valor histórico y valor material en el mercado de antigüedades. Naturalmente, desconociendo la verdad absoluta del hallazgo, han desconfiado de la verdad de lo que se les enviaba. Sin embargo, es lástima que no se haya tomado la molestia algún Centro científico de practicar una información, para la cual todavía se está muy a tiempo, y el caso nos parece que merece la pena.

No es difícil ir a la Hermida y llegar pronto al lugar del hallazgo. En los pueblos inmediatos, en cualquiera de las tabernas que frecuentan los trabajadores, se hallarán noticias exactas de lo que queda referido y se podrá adquirir todavía alguna de esas curiosas moneditas de oro, que hasta hace poco se han vendido por los trabajadores en precios varios, que oscilaron entre cuatro y siete pesetas. Nosotros conocemos varias personas que las han adquirido así.

Además, como no se ha advertido la presencia de las monedas hasta después de estar trabajando bastante tiempo en el desescombro o limpieza del argayo caído sobre la carretera, y como se arrojaron al río grandes cantidades de tierra, es de creer que en el fondo del río, por aquel punto, pueda hallarse alguna pieza más, así como también entre la tierra del corrimiento que no llegó a caer a la carretera, pues los trabajadores dicen que hallaron unas en la superficie del desprendimiento y otras muy debajo, lo que hace suponer que las monedas y los broches, con algo más que hubiera, procedía de lo alto del monte, donde se inició el desprendimiento. ¿Tanto costaría intentar un reconocimiento concienzudo y escrupuloso de aquel terreno? Siendo todo esto cierto, como es, pues puede probarse de modo indudable, ¿no es interesante averiguar si en lo alto de aquella parte de la sierra pudo enterrarse en tiempo remoto, al aproximarse los árabes, o por cualquier otro motivo de guerra, algún arcón o depósito de monedas y efectos varios, que se deshizo con la acción del tiempo, y al cual pertenecieron esas piezas de oro halladas en la carretera de la Hermida por efecto de un desprendimiento de tierras venido de la cumbre?

Doctores tiene... la Ciencia que pueden decir y hacer lo que crean conveniente, mientras los profanos nos limitamos a contar el caso y a lamentar que, aunque sea sin sujeción a mandatos de sabios de oficio, no se realice en serio una investigación cuidadosa para intentar hallar la procedencia de las monedas bajadas a la carretera entre las tierras de un argayo; ya que sería estúpido suponer que hayan sido colocadas allí con fines particulares por una mano desconocida, puesto que no son ni pueden ser objeto de negocio ni de vanidad para persona alguna, habiéndolas encontrado humildes trabajadores de aquellos pueblos."


Y hasta ahí podemos leer, que diría Mayra Gómez Kemp (en este caso, básicamente, porque no hay más). Creo que el testimonio es excepcional y viene a ofrecer algunos interesantes detalles acerca de las circunstancias del hallazgo que no estaban nada claros. En justicia, hay que señalar que cuando el periodista se lamentaba amargamente de la desatención académica hacia el hallazgo, hacía ya dos semanas que Jusué había mandado su informe al Boletín de la Real Academia de la Historia (lo de culpar a las instituciones, con razón o sin ella, de todos los males que aquejan al Patrimonio es casi un atavismo, por lo que ve). Por tanto, en ese aspecto concreto, la información de El Cantábrico no era todo lo rigurosa que debiera, aunque creo que ese detalle no le resta valor al documento.

Para terminar y volviendo al hallazgo, lo cierto es que no sabemos qué diantres pintaban esos tremises y esos broches en lo alto -o en la ladera- de esa peña. Dudo mucho que, como escribió Jusué (1910: 487) en un alarde de algo parecido a ese "sano regionalismo" tan del gusto de algunos tiempo después, fuesen "propiedad de algún magnate o jefe godo de los que, en la hoy provincia de Santander, organizaban las huestes cántabro-godas que, desde los primeros días de la reconquista hasta la toma de Granada, defendieron la independencia de la patria y pelearon por el triunfo de nuestra religión sacrosanta, y como en tiempo de los romanos antes y en la guerra contra los franceses después, asombraron al mundo con sus proezas". Lo poco que sabemos del conjunto apunta a una fecha bastante anterior a esa de comienzos del siglo VIII, de hacia la segunda mitad del siglo VI. Hasta no hace mucho, la idea generalizada y dominante era que la presencia de materiales hispanovisigodos al norte de la Cordillera era poco menos que imposible, dada la presunta sempiterna independencia de unos cántabros arriscados y montaraces -así, como de esa Edad del Hierro asalvajada tan del gusto de algunos y que, aparte de ser más falsa que un solidus de madera, no es más que la prueba de la asunción acrítica del estereotipo faltón creado por los romanos para describir a los pueblos del Norte peninsular- impermeables a todo tipo de influencias externas. Y por eso mismo se solía relacionar (ya que las acuñaciones lo ponían a huevo) con la campaña de Leovigildo contra cantabria de 574. Hoy el panorama ha cambiado bastante (mal que les siga pesando a algunos) y no resultaría complicado explicar la presencia -y el uso- de moneda hispanovisigoda en Peñarrubia  (o cualquier otra parte de Cantabria) en el siglo VI, igual que en (casi) cualquier otra parte de la Península. En cualquier caso y al margen de consideraciones políticas o de pertenencia, el oro, acuñado o no, es oro y vale lo que vale. Es decir, mucho. Y el de La Hermida, para la historia de Cantabria, aún más. Así que habrá que ponerse a buscar alguna de las monedas perdidas un mes de estos.

7 oct 2019

Always remember....

Always remember
A fallen soldier
Always remember
Buried in History

Eso dice la canción "40:1" de Sabaton y de eso precisamente va esta entrada: de recordar a dos soldados caídos y enterrados en la historia. Hasta hoy.

El verano pasado, a principios de agosto, estuve con mi familia pasando unos días en Valderredible, ese valle maravilloso (y cada vez más salvaje, aunque eso no sé si es bueno del todo o sólo regular, porque es una de las evidencias más visibles de la brutal despoblación que sufre) del sur de Cantabria; concretamente en Revelillas, a la sombra de Peña Corbera y sus fortificaciones de la Guerra Civil (que, para mi disgusto, no pude visitar, aunque se lo deba desde aquella espantosa y frustrante subida en 2004). Entre las muchas y muy recomendables salidas que hicimos por la zona y alrededores (Cervatos, la Cueva de los Franceses, Santa María de Valverde, Aguilar de Campoo, Monte Bernorio, Amaya, el centro de interpretación de las Guerras Napoleónicas...) hubo una que es obligada de toda obligación: la colegiata de San Martín de Elines. Yo había estado hacía mil o dos mil años, con Enrique y David Blanco, en una inolvidable jornada de exploración y anchoas vallucas, pero Amaya y los niños no la conocían, así que no había excusas y para allá nos fuimos. Y mereció mucho la pena, no sólo porque el sitio es una auténtica joya del románico (adornada con bonitos chispazos prerrománicos, todo sea dicho) y tenga unas sorprendentes y espectaculares (aunque breves) pinturas murales, sino porque allí, de la forma más tonta, me tropecé (casi literalmente) con los dos objetos que están detrás de esta entrada. Objetos que, a su manera, también son dos joyitas, como tendréis ocasión de comprobar si seguís leyendo.

La colegiata de San Martín de Elines en 1926 (Imagen tomada de aquí)

Tras visitar el claustro y la nave, la guía nos introdujo en la sacristía, donde no recuerdo muy bien qué enseñaba, más allá de un agujero excavado en el suelo (a mano izquierda, según se entra) en el que se aprecia muy bien cómo el nivel actual está como 30 o 40 cm por encima del medieval. Pues bien, al mirar el hoyo casi se me caen los ojos al suelo y no precisamente por la profundidad del mismo ni por la constatación de que la gente en la Edad Media vivía en una cota inferior a la nuestra de ahora. Nada de eso. En realidad mis globos oculares casi saltaron de sus cuencas cuando creyeron percibir, en una especie de losas que había arrinconadas en una esquina junto a la cata, una hoz y un martillo; algo que jamás hubieran esperado encontrar en una iglesia (y menos en una abierta al culto). Así que al riesgo de ceguera traumática se le unió, durante unas milésimas de segundo, el de colapso cerebral, aunque me recuperé enseguida, en cuanto me percaté de qué era realmente lo que tenía delante: dos fragmentos de otras tantas lápidas funerarias pertenecientes, según pensé en aquel momento, a un comunista (por los ya mencionados hoz y martillo) y a un masón (por el triángulo que adornaba el otro fragmento), respectivamente.

Las lápidas (o lo que queda de ellas, más bien)

Emocionado como sólo se emociona uno cuando tiene la sensación de que acaba de toparse con algo extraordinario, hice un par de fotos rápidas con el móvil y crucé unas palabras con la guía, que no parecía haber reparado en las lápidas (y que, todo sea dicho, no les dio ninguna importancia ni hizo ningún comentario al respecto al resto de visitantes). Dándole vueltas al asunto en mi cabeza, abandonamos San Martín de Elines y seguimos con nuestra ruta turística. Compartida la información gráfica del hallazgo con algunos amigos, uno de mis compadres del colectivo FRESA, David Santamaría, comentó que un tercero, Miguel Espinosa (vaya aquí mi agradecimiento a ambos) conocía una imagen de época en la que aparecían unas lápidas de ese tipo; imagen que, como supe poco después por boca (o, más bien, dedos) del segundo, forma parte del archivo de la Diputación Provincial de Burgos. Conseguida una copia, cual fue mi (nuestra) sorpresa al comprobar que se trataba de las mismas lápidas, que en la foto antigua aparecían completas, figurando, entre interrogantes, San Martín de Elines como lugar de procedencia y sin más información al respecto. Obviamente, el paso del tiempo (y la entrada de las tropas nacionalistas en agosto del 37) en esa localidad les han sentado bastante mal, habiéndose perdido (aparentemente, porque puede que se conserve algún otro fragmento por ahí, aunque parece difícil) la mayor parte de sus superficies. En cualquier caso, la existencia de la fotografía compensa la pérdida, permite la reconstrucción completa de las inscripciones y nos da una información preciosa para tratar de interpretarlas.

Fotografía de las lápidas (Archivo de la Diputación Provincial de Burgos)

Las dos lápidas son muy parecidas, aunque no exactamente iguales, y responden claramente a un mismo patrón. Una estrella de cinco puntas en relieve preside la inscripción, arriba en el centro, flanqueada, en las esquinas izquierda y derecha, por un triángulo y una hoz y un martillo, respectivamente, enmarcados en sendos cuadrados. Ambos símbolos están grabados en ellos y, en origen, estaban pintados de rojo, como demuestran los restos de pintura conservados (y su "color" tan marcado en la foto en blanco y negro). Bajo la estrella, la fórmula EL CAMARADA da inicio a la inscripción funeraria, hecha en relieve, y constituida por el nombre del soldado, la fecha de fallecimiento, su edad y la mención al recuerdo de sus familiares.

En cuanto a su interpretación, vayamos por partes, que diría Jack el Destripador. En primer lugar, la estrella refleja el carácter militar de los fallecidos, concretamente su pertenencia al Ejército Popular de la II República Española (más concretamente, en su caso, al Ejército del Norte republicano y, aún más concretamente, al Cuerpo de Ejército de Santander; como veremos dentro de poco). La relación entre la estrella (roja) de cinco puntas y el Ejército Popular es muy estrecha, siendo ésta la principal de sus insignias, presente en las divisas de sus mandos y comisarios, de arriba a abajo del escalafón. Centrándonos en el Cuerpo de Ejército de Santander, encontramos esa misma estrella, entre hojas de laurel, en el sello de su Estado Mayor; por citar sólo el ejemplo más gráfico.

Divisas del Ejército Popular (Imagen tomada de aquí)

Sello del Estado Mayor (tomado de "Días de fuego y Sangre")

En el mismo sentido habría que interpretar el uso de la fórmula EL CAMARADA, ya que, aunque en principio pudiera pensarse en la filiación comunista de los difuntos, no parece que sea así, ya que Pérez Galán, que era teniente en el momento de su fallecimiento, no figura en la lista de oficiales de esa ideología en las distintas unidades republicanas montañesas publicada por J. M. Puente Fernández en su imprescindible "El Guardián de la Revolución. Historia del Partido Comunista en Cantabria 81921-1937" (libro en el que, por cierto, el que sí que sale es mi abuelo Paco, junto a varios de sus hermanos, aunque esa es otra historia). De hecho, aunque en ese listado sí que figuran numerosos mandos comunistas del Batallón 113 (el del otro soldado del que estamos tratando), no hay ninguno que sirviera en el 119, lo que indica que nadie en la oficialidad de ese batallón pertenecía al PCE. El uso del término "camarada", aparte de ser de uso corriente (junto a otros, como "compañero") en otras organizaciones obreras no comunistas, parece haber sido el utilizado para referirse también a los compañeros de armas en el seno del Ejército Popular, como atestiguan numerosos testimonios que pueden rastrearse en la documentación y la prensa de la época (pensemos, además, en el famoso saludo "¡Salud, camarada!").

La hoz y el martillo, el símbolo comunista por excelencia, podría estar, en este caso, representando, más que al PCE, a todas las organizaciones obreras presentes en el Frente Popular (y cuyos miembros nutrían las filas de los batallones gubernamentales desde primera hora, antes de las llamadas a quintas). Porque de tratarse de la opción aparentemente obvia y estar ante un símbolo estrictamente comunista, resultaría muy complicado explicar en las lápidas la presencia, en igualdad de condiciones y tamaño, de la otra figura: el triángulo, un símbolo del republicanismo de izquierdas, la otra pata del bando gubernamental. De origen indudablemente masónico y con una historia que puede rastrearse, en la política española, hasta las primeras décadas del siglo XIX (ahí está la famosa bandera bordada por Mariana Pineda, con un gran triángulo verde sobre fondo morado y las palabras  LIBERTAD IGUALDAD LEY escritas sobre cada uno de los tres lados de esa figura geométrica), el triángulo es uno de los símbolos más utilizados por los republicanos peninsulares (lo que, por otra parte, demuestra la estrechísima relación existente entre masonería y republicanismo por estos lares, todo sea dicho de paso). Un vistazo a los logos de los principales partidos republicanos de los años 30 o a algunas de las alegorías republicanas pintadas a lo largo de la segunda mitad del XIX y las primeras décadas del XX es suficiente para darse cuenta de su importancia en ese ámbito:

Alegoría de la República (1936), por A. Claros (Fotografía tomada de aquí)

Logos del PRRS, IR y ERC

En el caso de Cantabria, incluso contamos con una curiosísima evidencia numismática, ya que en el reverso de las monedas de 1 peseta acuñadas en 1937 por el Consejo Interprovincial de Santander Palencia y Burgos aparece un triángulo, única figura, junto con el escudo de Santander del anverso y la corona de laurel en cuya base está colocada, que las adorna. El responsable de esta acuñación (así como de las de 50 céntimos) fue Domingo José Samperio (al que deben pertenecer las iniciales DS que figuran en el anverso), miembro de Unión Republicana y Consejero de Hacienda en aquel efímero gobierno autónomo montañés, cuya filiación política podría explicar la presencia del triángulo en las monedas (si, además, era masón, lo desconozco).

Moneda acuñada por el Consejo de Santander, Palencia y Burgos (Imagen tomada de aquí)

Llegados a este punto, parece que existen dos posibilidades a la hora de interpretar las lápidas sobre las que estamos tratando: que sean cosa del Partido Comunista y estén dedicadas a dos de sus militantes caídos en combate, algo que, como ya he ido adelantando, me parece poco probable; o que se trate de sendos monumentos funerarios dedicados a la memoria de dos soldados del Ejército del Norte republicano, siguiendo un modelo estandarizado en el que se habrían sustituido los símbolos tradicionales católicos (la cruz, el RIP, etc.) por los de las organizaciones del Frente Popular de izquierdas que formaba el gobierno de la República en guerra y gobernaba, valga la redundancia, en la zona leal a éste (la hoz y el martillo y el triángulo). De ser correcta esta última interpretación, los restos conservados en la colegiata de San Martín de Elines serían los únicos vestigios (al menos que yo conozca) de un tipo de monumento funerario dedicado a la memoria de (algunos de) los combatientes republicanos cántabros, probablemente en uso durante parte de los 13 meses de Guerra Civil en la antigua provincia de Santander y las zonas aledañas de Palencia y Burgos (y León, que siempre nos lo pasamos porque fue muy poco terreno, pero lo fue) bajo su control.


Soldados republicanos del Cuerpo de Ejército de Santander en el sur de Cantabria en 1937 (Fuente: Biblioteca Virtual de Prensa Histórica)

Persisten, naturalmente, algunos interrogantes que no estoy (aún) en condiciones de responder. Uno es el hecho de que sólo conozcamos estas dos lápidas dedicadas a la memoria de estos dos soldados y no otras hechas para los otros muchos que cayeron en aquellos 13 meses, tanto en esa zona del frente de La Lora como en otros lugares. ¿Por qué ellos sí y los demás no? ¿Tuvieron una muerte más heroica que el resto? ¿O es una casualidad? ¿Son monumentos dedicados a la memoria de sus compañeros por parte de sus unidades? ¿O por parte de la 3ª División?  ¿O se trata de monumentos encargados, como parece desprenderse de las dedicatorias, por los familiares de los difuntos, utilizando un modelo estandarizado y autorizado por el ejército? Y el más importante de todos: ¿Están José Manuel y Victoriano enterrados en el interior de la colegiata de San Martín de Elines o su monumento funerario era, en realidad, un cenotafio erigido en su recuerdo? La primera posibilidad me parece la más lógica, aunque creo que no puede descartarse lo segundo. Habrá que seguir investigando (y toda colaboración es, por supuesto, bienvenida).

En cualquier caso y tras una búsqueda no demasiado exhaustiva aunque sí intensa, me parece que no resulta muy aventurado afirmar que nos encontramos ante un testimonio epigráfico excepcional (y que sobrepasa los límites autonómicos, ya que no parece que abunden las lápidas de este tipo: de la época y dedicadas a la memoria de soldados republicanos caídos en combate). De hecho, su excepcionalidad ya llamó la atención a las autoridades franquistas, al poco de tomar la localidad. Esto cuenta en su tesis Rosa Bustamante (que sitúa las lápidas en el centro de un jardincillo, en el claustro) que expresaba al respecto el Consejero de Cultura, en Burgos, en 1937:

"hay dos lápidas de camaradas jóvenes muertos en el presente año con la misma ingenuidad en la dedicación de sus familiares que en todos los tiempos, pero con la particularidad interesantísima de tener como emblemas el triángulo masónico en el borde superior de la izquierda y la hoz y el martillo en el de la derecha"

Vistas las lápidas, toca ahora centrarse en los caídos a los que honran y recuerdan. Aunque es un trabajo complicado y que requeriría de mucho más más tiempo y dedicación de los que están ahora mismo a mi alcance, alguna cosa he podido rastrear sobre ellos.

En una nota necrológica publicada en "El Cantábrico" del 6 de mayo de 1937, puede leerse lo siguiente acerca del fallecimiento de José Manuel Pérez Galán:

"A los veintitrés años de edad, y luchado contra los rebeldes, dio su vida por la república el valeroso teniente de la tercera compañía del batallón 119 José Manuel Pérez Galán, que tomó parte en la operación de Espinosa de Bricias (sic), iniciada el pasado domingo. Era un valiente muchacho que animaba a todos con su presencia en los combates y marchaba delante para dar ejemplo a los suyos (...)"

Y unas páginas más adelante, aparecía su esquela:

Esquela de J. M. Pérez Galán (Fuente: Biblioteca Virtual de Prensa Histórica)

Sabemos pues que se trataba de un joven de Sierrapando, que tenía el rango de teniente, que estaba encuadrado en la tercera compañía del Batallón 119 del Cuerpo de Ejército de Santander y que murió en los primeros compases de la ofensiva republicana que terminó con la toma de Espinosa de Bricia, en mayo de 1937.

Trincheras en los alrededores de Espinosa de Bricia (Fotografía: Miguel Espinosa)

El Batallón 119 (también conocido como Batallón de Aviación "Esteban Bruno", en recuerdo a la figura del piloto republicano fusilado en agosto de 1937 tras un aterrizaje de emergencia en la zona sublevada) está vinculado muy estrechamente a la (controvertida) figura de Eloy Fernández Navamuel, héroe de guerra de primera hora en La Montaña en su condición de aviador, comandante del sector de Mataporquera después y más tarde de la 3ª División del Cuerpo de Ejército de Santander, con sede en Reinosa. Y, además de todo eso, protagonista de una escandalosa renuncia al mando en plena ofensiva enemiga y de una no menos escandalosa huida en avión a Francia (con algunos de sus allegados y colaboradores más cercanos) que le acarreó la condena de sus antiguos camaradas y el oprobio generalizado (y que él justifica en sus memorias, como puede leerse aquí). La unidad se formó con voluntarios relacionados con el campo de aviación de Menaza-Quintanilla de las Torres y siempre tuvo a gala su vinculación con ese arma, como demuestra su apelativo "de Aviación" (tanto que existen testimonios de que, en sus cascos, llevaban pintadas las alas del emblema de la aviación española de la época).

El batallón (siguiendo a M. A. Solla en su recién salido del horno "Días de fuego y sangre. La Batalla de Santander I"), tras la reorganización de abril de 1937, formaba parte de la Brigada nº 8, encuadrada en la mencionada 3ª División. Estaba al mando de Luis de Ulierte (una de las manos derechas de Navamuel) y estaba desplegada en Valderredible, concretamente en Bárcena de Ebro (antes había estado en Reinosa, zona a la que volvería, como unidad de segunda línea, en vísperas de la ofensiva rebelde de agosto del 37). Su historial de combate, en el que destaca, precisamente, la participación en la toma de Espinosa de Bricia el 4 de mayo de 1937, la hizo merecedora de una bandera que le fue entregada, en una solemne ceremonia a la que asistieron las principales autoridades civiles y militares de la Cantabria republicana, en Torrelavega a finales de ese mes. Lo realmente excepcional del asunto es que esa bandera sobrevivió a la contienda (casi con toda seguridad, como botín de guerra) y se conserva en el Museo del Aire de Madrid, cedida por el Museo del Ejército.

Bandera del Batallón 119, conservada en el Museo del Aire (Fotografía tomada de aquí)

En "El Cantábrico" del 6 de mayo, el mismo día que se daba la noticia del fallecimiento de Pérez Galán, el nombre de Victoriano Renedo aparecía en la sección "Buzón de Campaña" como uno de los milicianos (sic) del Batallón 113 que "se encuentran sin novedad" a fecha del 30 de abril. No era la primera vez: en octubre de 1936 ya aparecía en esa misma sección del periódico, lo que indica que, con toda seguridad, su incorporación a filas fue voluntaria y no por quinta. 

Detalle de "Buzón de Campaña". Nótense las estrellas de 5 puntas

Y eso es todo lo que he podido encontrar sobre él. Su muerte tuvo que ocurrir durante una fallida ofensiva republicana sobre Sargentes de la Lora en mayo de 1937. Según cuenta Wifredo Román en el segundo volumen de su magnífica (y muy recomendable) "Combate en la montaña. El frente de Palencia y Cantabria en la Guerra Civil", en la madrugada del 14 de mayo el batallón 113 atacó frontalmente las posiciones nacionalistas que defendían esa localidad (partiendo del "Parapeto de la muerte" e intentando tomar el vital para la defensa "Parapeto de la horca"), mientras los batallones 123  y 131 hacían lo propio por los flancos. Las fortificaciones y las tropas que las guarnecían resistieron, el ataque fracasó y las unidades republicanas volvieron a sus puntos de partida, quedando Sargentes en manos de los sublevados. Pues bien, atendiendo a la fecha del ataque (14 de mayo) y a la participación en él del batallón 113 (al que pertenecía), parece claro que Victoriano Renedo cayó en combate en esa jornada y lugar.

Restos del "Parapeto de la Muerte", frente a Sargentes de la Lora (Fotografía: Miguel Espinosa)


La unidad (según J. Gutiérrez Flores también llamada “Largo Caballero”, lo que le convertiría en el segundo batallón con ese nombre en el Cuerpo de Ejército de Santander, junto al 109) estaba al mando del comandante Ricardo Fernandez Rubinos. En la ya mencionada reorganización de abril del 37, aparece formando parte de la 8ª Brigada, dentro, al igual que el 119, de la 3ª División. Guarnecía un sector del frente de La Lora y tenía su sede en Polientes. 

Bandera del Batallón 113 capturada por miembros del CTV en agosto de 1937

Volviendo a las lápidas y como ya dije más arriba, no es habitual encontrar cosas de este tipo, más allá de las archiconocidas inscripciones de las fachadas de las iglesias dedicadas a "los caídos por Dios y por España" (y encabezadas por José Antonio Primo de Rivera) que los vencedores en la Guerra Civil sembraron por toda la geografía española y las de algunos monumentos conmemorativos de luctuosos hechos puntuales, como sacas y paseos. Sin embargo, en Cantabria contamos con algunas otras que, por sus especiales características, merecen una especial atención. Por ejemplo, la lápida (con sus propios símbolos: la cruz de Malta verde y el escudo central con el Crismón descolocado) dedicada por las juventudes de Acción Católica a sus "mártires" de una parroquia santanderina (y que he conocido el otro día gracias a David Santamaría). O las cruces de los soldados italianos caídos en su avance hacia Santander, durante la batalla homónima, en agosto del 37. O las estelas a la memoria de los aviadores de la Legión Cóndor muertos en actos de servicio y erigidas en el lugar en el que cayeron sus aeronaves. Monumentos que van desapareciendo (los que no lo han hecho ya lo harán en breve, en cuanto se les aplique la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Cantabria, que está al caer) y que sin duda merecen un lugar en un museo, más allá de otras consideraciones.

Estela de aviadores de la Legión Cóndor muertos en Cantabria

Por razones obvias, los monumentos conmemorativos del bando perdedor (que los hubo y para muestra esta entrada) sufrieron su particular damnatio memoriae tras la derrota y desaparecieron, enterrados en la historia, al igual que aquellos a los que estuvieron dedicados. Si todo sale como tiene que salir, en breve los fragmentos de las lápidas de San Martín de Elines recalarán en el MUPAC (tengo que agradecer aquí a su director, Roberto Ontañón, su interés y su intermediación con Patrimonio en este asunto) y quién sabe si terminarán formando parte (ojalá) de la nueva exposición en el nuevo edificio. A la espera de que llegue ese momento, sirvan estas líneas para rescatar del olvido la memoria de dos soldados republicanos cántabros y para mostrar unos testimonios epigráficos tan desconocidos como originales y que tantas cosas nos dicen acerca de una época y unas circunstancias terribles y cada vez más lejanas en el tiempo pero, por desgracia, aún muy presentes en nuestro día a día. Y ya que hablamos de muertos en combate, no puedo terminar esta entrada sin recordar las eternas palabras de Manuel Azaña cuando, en 1938, pedía que se pensara en ellos y se escuchara su lección, "la de esos hombres que han caído magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad, perdón". 

Tomemos nota. Y recordemos siempre a los soldados caídos, independientemente de la bandera bajo la que pelearon y de lo que pensemos de ella, porque la muerte los (y nos) termina igualando a todos.

11 abr 2017

Las espuelas doradas de San Martín de Elines: el video

Una semana después de inaugurar el ciclo La Pieza del Mes del MUPAC con gran éxito de crítica y público —está mal que yo lo diga, pero la sala llena y las felicitaciones del público son un buen respaldo de la afirmación— ya está disponible en el canal de YouTube de Museos de Cantabria el video de la conferencia «Mal oviesse el caballero, que sin espuelas cabalga. Los acicates dorados de San Martín de Elines».



Para los que sean capaces de visionarlo hasta el final, se encontrarán en el turno de preguntas con la intervención de Alonso Domínguez Bolaños —director de la excavación arqueológica de 2003 en San Martín de Elines, durante la que se hallaron las sepulturas de caballero con espuelas doradas— y de Jaime Nuño —de la Fundación Santa María la Real de Aguilar de Campoo, responsable de la restauración que motivó la actuación arqueológica— animando el debate. La verdad es que su presencia fue una sorpresa para mi, no hay más que ver el video, se agradece que se tomen la molestia de venir hasta Santander para escucharme.

Aquí queda la conferencia como aperitivo de un artículo que pronto —espero— publicará la revista Studia Historica. Historia Medieval de la Universidad de Salamanca, en el que se recogen por escrito algunas de las cosas que conté en el MUPAC.

Muchas gracias a los que asistieron y muchas gracias a los que me animaron en las vísperas. También muchas gracias al Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria y a la Sección de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Cantabria por confiar en mi para este arranque de ciclo. Ha sido un placer. Tanto, que ya estoy preparado para la siguiente... cuando quieran.

3 abr 2017

Las espuelas doradas de San Martín de Elines, pieza del mes

Han pasado casi tres años desde nuestra primera incursión en el ciclo La Pieza del Mes del MUPAC, actividad organizada por el museo en con la Sección de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y Ciencias cada primer martes de mes. En aquella primera edición de 2014 José Ángel y yo hablamos del broche de hueso de Santa María de Hito. En esta ocasión me toca inaugurar la tercera edición en solitario, hablando de las espuelas doradas de San Martín de Elines. En realidad, no estaba previsto que fuese la conferencia inaugural de la edición 2017, pero una serie concatenada de cambios de programación ha obligado a modificar el calendario.


El título elegido para la conferencia ha sido «Mal oviesse el caballero, que sin espuelas cabalga. Los acicates dorados de San Martín de Elines», recordando los versos del romancero viejo que Sebastián de Covarrubias incluye en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española de 1611.


Sin entrar en mucho detalle, para evitar spoilers, me limito a dar unas pinceladas sobre el contenido de la conferencia. Estará dedicada a dos pares de espuelas o acicates dorados hallados en sendas sepulturas del siglo XIII durante la excavación de la necrópolis medieval de la colegiata de San Martín de Elines (Valderredible), dirigida en 2003 por Alonso Domínguez Bolaños con motivo de la restauración arquitectónica que promovió la Fundación Santa María La Real. La presencia de estos objetos, asociados a ataúdes ricamente decorados, se relaciona con sepulturas de caballeros nobles, posiblemente de la familia que ejercía el patronazgo sobre la colegiata en aquella época. Más allá de su carácter suntuario, estos acicates son, sobre todo, un símbolo de reivindicación del linaje de sangre y del vínculo vasallático de la nobleza con el poder real. Un gesto cargado de significado social y político en un momento en la que se está definiendo la Orden de Caballería en el reino de Castilla. Se conocen apenas una decena de sepulturas de caballeros con espuelas en la península Ibérica, y el conjunto de San Martín de Elines es uno de los ejemplos más destacados.


Quien quiera conocer más detalles y no pueda esperar a que publiquen el video, puede acercarse al MUPAC el martes 4 de abril a las 20:00 h. El aforo es bastante reducido, de modo que es mejor no esperar hasta última hora para coger asiento.




28 dic 2016

Naíf

En el último número de la revista digital ArqueoWeb (correspondiente a 2016 y que hace el 17) y dentro del especial “Nacionalismos y usos políticos de la arqueología en España”, publica J. García Sánchez un trabajo titulado “El Lábaro cántabro, la construcción de una comunidad”. En él, concretamente en la página 121, se me llama “naif” por haber dicho, a preguntas de un periodista del Diario Montañés, que no creía que se fuese a alcanzar ningún fin político con la propuesta de reconocimiento oficial del Lábaro hecha por ADIC (Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria) a los partidos con representación en el parlamento de la comunidad autónoma. Se me tilda de eso o se me acusa de compartir con el “regionalismo” cántabro una tenebrosa agenda oculta destinada a imponer una visión esencialista de Cantabria que deje fuera a los que no piensen como nosotros. Una de dos.

Lo cierto es que, aunque me suene mucho mejor la segunda opción y no me disgustaría demasiado que se me tuviese por un tipo tan malo y retorcido y con intereses tan bastardos (e imagino que se me pagaría bien, además), la cosa no va por ahí. No sólo no sé  nada de esa agenda, sino que mis relaciones con el regionalismo, encarnado en Cantabria en el PRC de Revilla, son inexistentes. Así que tendré que conformarme con lo de naíf, que me da que no es sino una forma delicada de llamarme tonto, aunque lo dejaré estar (por ser las fechas que son) y pondré el caso en las imparciales manos de la RAE. Dice su diccionario que el adjetivo naíf (o naif, que tanto da) significa, en su cuarta acepción y coloquialmente, “ingenuo o inocente”. Así que, qué mejor día que hoy, 28 de Diciembre, para responder, desde mi inocencia, al señor García Sánchez y explicar, a quien quiera conocerla, cuál es la realidad detrás de la visión completamente sesgada que ofrece de mi persona y de mis aportaciones al debate público sobre el Lábaro hechas en los primeros meses del año en curso. Y, ya que estamos, para hacer una crítica de algunos aspectos importantes de un trabajo que me parece bastante deficiente, tanto en fondo como en forma. 





Empezando por la fijación que muestra García Sánchez con ADIC (organización a la que ni pertenezco ni he pertenecido nunca, por cierto) y su papel en toda esta historia, tengo que decir, en primer lugar, que me resulta ciertamente chocante leer, de manos de quien parece presentarse como un experto en el tema del Lábaro, afirmaciones como éstas:

Su origen [el del Lábaro] debe buscarse en la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC)” (p. 117)

“… la existencia del lábaro de ADIC…” (p.  119)

“presidente de la asociación ADIC, promotora de la bandera y del movimiento por el reconocimiento del símbolo” (p. 120)

“en mi opinión el lábaro NO es la bandera de la gente, es la bandera diseñada y promovida por ADIC” (p. 121)

Y me choca porque cualquier persona que se haya tomado la molestia de indagar en la historia de esa bandera (y yo lo he hecho y lo sigo haciendo, para qué andarnos con falsas modestias) sabe que su diseño no tiene nada que ver con ADIC, que tiene su propia enseña (verde, gris y azul y con un bisonte de Altamira dentro de una corona de laurel como emblema central) desde la segunda mitad de los 70; y sí mucho con la minoritaria “Cantabria Unida / Kantabria Atropá” y con quien fue su líder: Luis Ángel Montes de Neira, el verdadero creador del Lábaro tal y como lo conocemos hoy en día. Ambas asociaciones, por cierto, miembros del Organismo Unitario para la Autonomía (inexplicablemente rebautizado como “Organización Unitaria” en el artículo que da origen a esta entrada), aunque García Sánchez las saque de allí y las sitúe al margen de los “partidos políticos democráticos de izquierda y organizaciones sindicales” que, siempre según él, formarían en exclusiva esa organización autonomista (y así tendríamos izquierdistas demócratas por un lado y regionalistas varios por el otro, juntos pero no revueltos). Algo que le viene de perlas para ir trabajando su discurso pero que es falso de toda falsedad.


Bandera de ADIC en un anuncio de la época (tomado de aquí)


Empeñado en su cruzada contra ADIC, parece desconocer García Sánchez que cuando en 1977 tocó elegir una bandera para Cantabria en el seno del Organismo Unitario, esa asociación se abstuvo en una votación en la que compitieron el Lábaro de Montes de Neira, su propia enseña (la verdadera bandera de ADIC) y la rojiblanca. Votación que, por cierto, ganó el primero pero que quedó en papel mojado merced a ciertas maniobras políticas que desembocaron, entre otras cosas, en la disolución del Organismo y en la adopción de la bicolor como futura bandera de la Comunidad Autónoma de Cantabria (tal y como relata un despechado Montes de Neira en este trabajo). Una bandera rojiblanca por la que los dirigentes de ADIC mostraron desde bien temprano una gran devoción, como puede comprobarse echando un vistazo a su archivo histórico, en su página web. Devoción sólo comparable a su desprecio por un Lábaro ausente del todo durante muchos años en la imagen de la asociación.


Miembros de la directiva de ADIC tirando de rojiblanca en la segunda mitad de los años 70 (sacado de aquí)

No es sólo que el PRC, partido surgido de ADIC aunque independiente de ésta, no lo incorporase como elemento simbólico propio (que no lo hizo, al contrario  de lo que sucedió con la rojiblanca, presente en su logo desde el principio), sino que ni siquiera la aventura electoral nacionalista de la propia ADIC en 1983, ANAC, lo adoptó: quizá en un afán por apartarse de la sombra de Montes de Neira y su gente (y de otros grupos que habían adoptado el Lábaro como propio), tomó como emblema la estela de Lombera, con sus cinco radios curvos. Habría que esperar a los años 90 para que una nueva generación de dirigentes de ADIC comenzase a hacer suyo un símbolo que había empezado a resurgir en las gradas de los campos de fútbol y en los festivales de música folk y tradicional que se multiplicaban en la Cantabria de entonces. Y de todo esto, que es de “primer curso de labarismo” (y la base de la que debería partir todo estudio pretendidamente serio sobre el Lábaro), no tiene ni idea García Sánchez, por lo que se ve. Muy mal comienzo y suficiente, en otras circunstancias, para no seguir leyendo su trabajo.

No termina aquí lo relacionado con ADIC. Lo visto hasta este punto puede achacarse a un preocupante desconocimiento del tema sobre el que se pretende pontificar, pero falta algo que es aún peor. Cuando García Sánchez acusa, de forma más o menos velada, a esa asociación de hacer pasar al Lábaro por una bandera milenaria y obvia el contenido del tríptico publicado por la propia ADIC en 2007, no está haciendo otra cosa que adulterar la realidad de un debate que tiene muchos más tonos de gris de lo que parece que a él le gustaría. Que eso es así puede comprobarse leyendo lo que decía y firmaba ADIC en esa publicación (que he enlazado arriba y pego como imagen más abajo, para quien quiera leerla completa) de la que extraigo algunos pasajes que considero muy ilustrativos:

“En los últimos años se ha popularizado entre la ciudadanía una bandera, un símbolo, que se ha tratado de interpretar a través de los testimonios históricos anteriormente expuestos”

“Algunos autores han creído ver en los orígenes del Labarum una influencia indirecta de los cántabros a través de su estandarte militar, denominado Cantabrum, bastante más antiguo. Respecto a este tipo de suposiciones, sólo nos atrevemos a decir que hay que tomarlas con mucha prudencia (…) Y lo más importante; el Labarum no tiene porque ser un heredero del Cantabrum, y sólo cabría plantearlo como una posibilidad y nunca como una certeza histórica. En definitiva, LA IDENTIFICACIÓN CANTABRUM = LABARUM ESTÁ POR DEMOSTRAR”

“Sin embargo, todo esto es, como decimos, una cadena de suposiciones por demostrar. Empezando por la raíz: identificar al Cantabrum como precedente o antepasado del Labarum, y siguiendo por el hecho atribuir al Crismón de Constantino, una influencia de la simbología cántabra precristiana. Por ello, y a modo de conclusión; a día de hoy no se puede saber qué decoración o motivo lucía el Cantabrum.”



Creo que esas líneas matizan bastante la imagen que de ADIC y su postura sobre el Lábaro y su origen nos transmite García Sánchez: se admite en ellas que el Lábaro es una creación reciente, que no existe relación comprobada entre Cantabrum y Labarum y que, desconociéndolo todo acerca del aspecto del primero, no puede darse por hecho que el actual sea una versión fiel de aquél (que, obviamente, no lo es: ni fiel ni infiel ni de ninguna otra forma). Es cierto que la asunción de ese carácter reciente de la bandera podría haber estado acompañada de una explicación aún más rotunda. Y también que, en ocasiones, los propios miembros de la asociación han seguido aferrándose a algunos de los mitos que rodeaban al Lábaro en intervenciones poco afortunadas en “la prensa regional”. Pero ocultar esta otra cara de la moneda no es de recibo y menos aún cuando se pretende realizar un trabajo académico serio. Uso el verbo “ocultar” porque el autor conoce de sobra el tríptico. Tanto es así que cita la exposición en la que pudo verse su contenido en un trabajo suyo anterior (de 2009) sobre el "uso político" de las estelas cántabras. ¿Por qué entonces sí y ahora no? Quizá porque no encaja en la interpretación que nos quiere vender en su último artículo o quizá porque ya no lo recuerde. Aunque eso es algo que sólo él sabe e importa poco ya.

Visto lo de ADIC, le toca el turno a lo estrictamente personal. Es decir, a lo que dice de mí y a la realidad que (se) esconde detrás. No meteré en esto a Eduardo Peralta (quien me consta que no está precisamente contento con la forma en la que es tratado por García Sánchez, al describirle como “cercano al regionalismo”, por ejemplo) más allá de lo estrictamente necesario. Y no lo haré porque imagino que él mismo se encargará de poner los puntos que considere oportunos sobre esas íes.

Nos acusa este investigador a Peralta y a mí de “aquiescencia” (sic) con los que tratan de buscar “un argumento histórico” (imagino que) al Lábaro (de Montes de Neira, añado yo). Y lo hace a cuenta de nuestra participación, en calidad de miembros de “la comunidad arqueológica regional” según sus propias palabras, en una conferencia-debate celebrada en el MUPAC el 12 de Febrero de este año y titulada “El Lábaro: ¿Un símbolo para Cantabria?”. También contrapone nuestra actitud con lo que él, de su mano mayor, supone que habrían hecho González Echegaray o Casado Soto de haber sido invitados (donde demuestra conocer poco o nada al primero de ellos, dando por hecho que no habría asistido a defender su postura sobre el tema del debate cuando cualquiera que le haya tratado sabe que lo habría hecho sin ningún problema) y ventila el asunto contando algo que, en mi opinión, es la clave de todo: que, cuando supo del evento, envió un escrito son su opinión al respecto al Diario Montañés y no se lo publicaron (bienvenido al club: a mí me pasó lo mismo, hace muchos años ya, con la bandera rojiblanca y el cuadro de la “Acción de Vargas” de J. Vallespín). Y es la clave porque creo que sólo sabiendo eso se entienden tanto su artículo en ArqueoWeb como el tono general de éste y el espacio que nos dedica a Eduardo Peralta y a mí en él. El primero sería una ampliación, hecha con evidentes prisas y muy poco trabajada, de su frustrada tribuna. Y lo demás la evidencia de que le sentó como un tiro que los redactores del “decano de la prensa cántabra” no tuviesen en consideración sus opiniones (¿participará también del contubernio “regionalista” el medio conservador cántabro por excelencia? ¿llegará hasta ahí el poder de esa “agenda” oculta? ¿o, sencillamente, quien llegó tarde y mal a un debate que llevaba tiempo en los medios fue él?). Y aunque deja el tema ahí, sin entrar en detalles, yo sí lo voy a hacer. Y voy a contar el qué, el cómo y el porqué de lo que se dijo en el MUPAC aquel día porque, sin esa información, no puede entenderse nada de este asunto.


Cartel de la conferencia-debate sobre el Lábaro celebrada en el MUPAC

En lo que a mí respecta, esta historia no empieza con la llamada del director del museo para proponerme participar en una charla pública sobre el Lábaro, en un momento en el que el tema estaba en el candelero mediático en Cantabria. Comienza un mes antes, cuando envío al Diario Montañés una tribuna titulada “El Lábaro olvidado” y los responsables de la sección de opinión tienen a bien publicarla dos semanas después, el domingo 30 de Enero. En ese escrito respondía a una tribuna anterior firmada por Aurelio González de Riancho (“Sobre el lábaro y las estelas”) y aportaba algunos datos, creo que interesantes y muy poco o nada conocidos, al debate sobre el rigor histórico y la propia historia de la bandera y el símbolo, desde el siglo XVII hasta nuestros días. Quien quiera leerlo puede hacerlo en este enlace, ya que fue publicado en el digital del DM tiempo después, manteniendo la errata de la edición impresa (“Saboy” en lugar de Saboya) y añadiendo otra, cosecha del periodista (el párrafo “Por tanto, el arraigo del Lábaro…. un rigor histórico ausente” metido con calzador donde no le corresponde). 


Y es gracias a esa tribuna, cuya existencia ignora (u oculta, porque cuesta creer que los expurgadores de la prensa cántabra a quienes menciona en los agradecimientos sean tan torpes vaciando periódicos, aunque todo es posible) García Sánchez, que Roberto Ontañón (persona poco sospechosa de “regionalismo” y autor, por cierto, del título de la charla), se puso en contacto conmigo para lo del MUPAC. Acto al que también invitó a Eduardo Peralta, como experto en las estelas discoideas gigantes, la Edad del Hierro en Cantabria y el ejército romano; y a Aurelio González de Riancho, en calidad de representante del Centro de Estudios Montañeses y como estudioso de las estelas cántabras y cuya posición, contraria al reconocimiento oficial, había manifestado, como ya dije, en la prensa con anterioridad (éste último excusó su ausencia por motivos de agenda y no participó). Llegados a este punto, cualquiera que se haya tomado la molestia de leer mi tribuna (o que la leyera en su momento) sabe de sobra qué es lo que se decía en ella acerca del “rigor histórico” del Lábaro actual. Y por eso me resulta aún más indignante leer a García Sánchez, no ya obviar ese pequeño asuntillo ni convertir torticeramente la pregunta del título (“¿Un símbolo para Cantabria?”) en una afirmación, eliminando las interrogaciones, sino hacer juicios de valor acerca de lo expuesto en un acto al que ni siquiera asistió y del que lo desconoce casi todo. 

Resumiendo mucho lo dicho allí, Eduardo Peralta se centró en mostrar cómo no existe ninguna relación entre el Cantabrum y el Labarum romanos, ni entre sí ni con los motivos astrales de las estelas gigantes (más o menos lo que hizo en esta entrada del blog), y en hacer una exposición (si no magistral, poco le faltó) sobre las unidades de auxiliares cántabros en los ejércitos de Roma. Y yo, por mi parte, en insistir en que el Lábaro actual no tiene rigor histórico (algo que llevo diciendo desde hace unos 15 años, cuando todavía no sabía ni la mitad de lo que sé hoy) pero sí una historia fascinante detrás que he ido descubriendo (sólo y en compañía de otros) de poco para acá y que arranca en el siglo XVII y llega hasta hoy mismo. Y en contar cómo y por qué surge el primer “Lábaro Cántabro”, cuál es su imagen, cómo se hace oficial en banderas y escudos militares de los siglos XVIII y XIX, cómo se olvida y por qué renace de la mano de Montes de Neira a mediados de los 70 del siglo XX. Y cómo pierde la batalla por ser la bandera de Cantabria frente a una rojiblanca cuya historia (más o menos) oficial sigue trufada de mitos carentes del más mínimo rigor (histórico e incluso cromático). Vamos, muy lejos ambos, Peralta y yo, de esa imagen de justificadores de inventos con finalidades políticas que García Sánchez da de nosotros en su escrito. En el coloquio posterior (donde hubo de todo, por cierto), ambos manifestamos nuestra opinión sobre el reconocimiento oficial del símbolo: yo a favor y él indiferente, aunque dejando más que claro los dos que con su verdadera historia por delante y lejos de los mitos e inventos legendarios que le acompañaron en su “renacimiento”. Como, por otra parte, siempre he defendido.

Eduardo Peralta y quien suscribe, en el MUPAC el 12 de Febrero

Volviendo a la tribuna, tengo que decir que también está en el origen de la entrevista en el Diario Montañés, la misma a una de cuyas respuestas replica sañudamente García Sánchez. A mí no me entrevistan porque pase por allí ni porque le caiga en gracia a ningún redactor. Lo hacen porque, tras leer mi escrito, consideran, con mejor o peor criterio, que tengo una opinión formada y documentada sobre el asunto del Lábaro. La entrevista completa puede leerse en la siguiente imagen. Y también puede comprobarse al hacerlo cómo insisto una vez más en el tema del (no) rigor histórico, algo que, de conocer sólo lo extractado por el autor del artículo que estoy comentando, tampoco se sabría. 




Sobre las opiniones de García Sánchez acerca de las mías y sobre el tema de fondo no diré mucho más, aparte de lo que ya comenté al principio. La verdad es que me dan bastante igual porque, como decía Clint Eastwood en aquella película, éstas son como los agujeros del culo: todo el mundo tiene una. Me parece estupendo, aunque no acabe de entenderlo, que a él le parezca mal el reconocimiento oficial por parte de los representantes electos de los cántabros y en sede parlamentaria, al tiempo que dice que no se muestra contrario a que suceda algún día, pues es innegable la aceptación del Lábaro en la sociedad cántabra actual (no sé, imagino que habrá que preguntarle cuándo se tenía que haber hecho, en su opinión, ya que no nos lo aclara). Que opine lo que le venga en gana, faltaría más, pero siempre desde el rigor y la honestidad intelectual, con todas las cartas boca arriba y sin hurtar a los lectores partes importantes de esta historia y del papel que hemos jugado en ella los demás (si es que hemos jugado alguno, que ése es otro cantar).

De vuelta a lo general, hay que decir que adornan al texto otros pequeños ejercicios de algo muy parecido a la manipulación en los que tampoco me voy a detener, más allá de señalar (por ridículo, para quien conozca el paño) el peor de todos: su intento de convertir la anécdota (el cartel del Día Nacional de Cantabria impulsado por un conjunto de agrupaciones políticas y sociales minoritarias) en categoría (la forma de entender Cantabria, sus símbolos y a “los otros” por parte de esa amalgama de gentes y grupos que García Sánchez etiqueta, tirando de trazo gordo, como “regionalismo” cántabro). Estoy seguro de que a los autores de aquel cartel (que García Sánchez mutila hábilmente en su trabajo, eliminando el tercio inferior para que no se vea quién organizaba el acto en realidad) les hubiera encantado tener el protagonismo y el peso social que él les atribuye, aunque la realidad, por desgracia para ellos, es otra. 


Cartel íntegro del "Día Nacional de Cantabria" de 2009. En la parte inferior, las organizaciones convocantes (sacado de aquí)

Sin embargo, esto que aquí es sabido por todos no necesariamente tiene que serlo en Madrid, en Alicante o en Huelva, por citar al tuntún varias zonas donde puede leerse su artículo. Y con eso juega, vendiendo una imagen falsa de la situación y dotando a ese “regionalismo” en el que todo cabe (en su discurso, que no en la realidad y para muestra los propios grupos del cartel, que no son precisamente “regionalistas”) de unas características que nada tienen que ver con las reales. Porque si García Sánchez se hubiese tomado la molestia de investigar cuáles son los referentes históricos del regionalismo cántabro en lugar de tirar de prejuicio y de tratar de encajar a martillazos en sus marcos teóricos de referencia (Bourdieu, Hobsbawm o quien se tercie) una realidad cántabra que se ve que no conoce demasiado bien, habría visto que estos no tienen nada que ver ni con la Edad del Hierro, ni con los Cántabros de la Antigüedad ni con la conquista romana. Ni siquiera con las estelas discoideas gigantes de los valles de Buelna y Toranzo, más allá de lo meramente decorativo (y no siempre, como hemos visto con el tema del Lábaro y la bandera rojiblanca). El partido que representa en exclusiva a ese regionalismo, el PRC, prefiere otras imágenes históricas, reales o ficticias, para construir su ideario y definir su relación con el resto de España. Siguiendo su obra de cabecera, el “Cantabria, raíz de España” de Pereda de la Reguera, sus intereses pasan por reivindicar Cantabria como el origen de lo español en todas sus vertientes: política, con Pelayo y la monarquía; lingüística, con el origen del Castellano en Valderredible; e incluso humana, con los Foramontanos y la repoblación. Todo el mundo que conozca el blog sabe lo que pensamos por aquí de todos ellos, así que no insistiré. El propio García Sánchez esbozó una crítica a la segunda en su trabajo de 2009, aunque, leyendo lo que ha publicado este año, no parece que le haya dado la importancia que realmente tiene ni que haya sabido interpretar correctamente su papel en el imaginario del PRC.

Finalmente, un pequeño apunte relacionado con lo estrictamente formal, aunque con implicaciones que van ciertamente más allá. Que, de las cuatro veces que se menciona a Hobsbawm, su apellido aparezca mal escrito tres ("Hobsbwan" ¡al pie de la cita que abre el texto! y "Hobsbawn" dos veces, en la p. 116 y en la bibliografía) dice mucho del interés que se ha puesto tanto en la redacción del artículo como en su corrección, máxime cuando se trata de un autor con un peso importante en las tesis de García Sánchez. Hay más erratas (“Vexilium” por Vexillum, “Luis Wiñas” por Luis Walias, “hidria” por hidra, "González de Echegaray" por González Echegaray…), pero lo dejaremos aquí y así. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Termino, como no podía ser de otra manera, acordándome de la publicación que le ha dado cabida entre sus páginas. Una revista digital (ArqueoWeb) que se jacta de ser la más antigua de España en su segmento pero que deja mucho que desear en cuanto a sus criterios a la hora de aceptar originales, aunque sean para su sección de opinión, como demuestra claramente el caso que nos ocupa (va a ser cierto aquello que me dijo un colega hace tiempo: que era el lugar en el que salían los trabajos que eran rechazados en otros más serios de la misma casa). Creo sinceramente que necesitan replanteárselo, salvo que participen con alegría en esa investigación/publicación entre amiguetes (y por y para amiguetes) que tanto se estila en determinados ámbitos académicos hispánicos, que todo es posible. Y también purgar a unos revisores y/o correctores (que digo yo que los tengan) cuyo trabajo no es que no sea correcto. Es que es sencillamente impresentable, como también hemos comprobado.

Y aquí lo dejo. Espero no haber sido demasiado naíf.