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25 sept 2019

No estábamos muertos (ni de parranda, por desgracia para nosotros)

Que cada vez resulta más complicado mantener vivo el blog es más que una obviedad: cualquier lector, si es que queda alguno, se habrá dado cuenta de ello. Pero, aunque apenas contemos nada por este canal, no quiere decir que nos hayamos abandonado a la molicie y a la vida regalada (que, bien pensado, tampoco estaría mal, la verdad). Trabajos, hijos y la inexorable vejera (por qué no reconocerlo) tienen la culpa. O al menos una parte: las redes sociales completan el combo mortal anti-blog (aunque yo lleve ya unos cuantos meses con voto de silencio estricto ahí). Pese a todo, nosotros seguimos a lo nuestro, peleando en varios frentes y publicando cosas de vez en cuando. Y precisamente de eso va esta entrada: de contar qué es lo último que ha salido a la luz y avanzar lo que estamos tramando o está en camino de asomar el hocico, negro sobre blanco, en unos meses. 

Asoma la claviculita por debajo de la puerta (un adelanto de lo que está en camino)

Este verano se ha producido lo que podríamos considerar una pequeña lluvia de artículos (no es como la lluvia de albóndigas pero también tiene su cosa). Por orden de antigüedad (aunque no de aparición), hay que empezar por nuestros trabajos en el número XX de la revista de arqueología Sautuola, un especial dedicado, según reza su subtítulo, a "Proyectos de investigación en la arqueología de Cantabria" que lleva fecha de 2015 pero que, por diversos avatares editoriales, ha visto la luz hace un par de meses o así. En ese volumen, más que recomendable por razones tan obvias como la mala salud del blog antes citada, hay un trabajo que condensa las aportaciones del Proyecto Mauranus (ni media vuelta le dimos al título) a la arqueología de la Tardoantigüedad y la Alta Edad Media en Cantabria. Vamos, lo que viene siendo un auto panegírico de manual, de esos que te refuerzan el ego hasta volvértelo de adamantium y te engordan el yo (en este caso, el nosotros) hasta la hipertrofia y más allá. Aunque, cuando lo lees y te paras a pensarlo, tampoco se dice nada en él que no sea cierto, así que tal vez sí que nuestra aportación en ese campo entre 2008 y 2015 (+/- algún año que otro) ha sido la hostia. E si non e vero... En cualquier caso, es mejor que cada cual lo juzgue por sí mismo, así que aquí va el enlace: 


La imagen puede contener: 3 personas, personas sonriendo, personas sentadas
Luciendo la elástica del proyecto en un congreso en Pau, en abril

En el mismo volumen volvemos con uno de nuestros "vicios confesables", las fortificaciones de la Guerra Civil Española en Cantabria (o en una parte de Cantabria), con una puesta al día del estado de la investigación en la costa y la zona oriental (con fecha de 2015, claro, porque la cosa se ha movido bastante desde entonces y ahora sabemos y conocemos el percal bastante más y mejor). En este caso, nuestras augustas personas van de la mano de Manu Castro, David Blanco y Borja Gómez-Bedia, compañeros de (ligeras) fatigas y a pesar de ello amigos, algo que no solo no desmerece el producto final sino que lo mejora de forma significativa (o no, a saber; pero ya es tarde para arrepentirse). Se puede descargar aquí:


Uno de los nidos de ametralladoras inéditos (o casi) de la Línea del Asón

Y aprovechando que la Guerra Civil pasa por Cantabria, cuelo en este punto una tribuna de opinión (en formato "foto hecha con el móvil al periódico", porque soy así de cutre) que me publicó el Diario Montañés el 25 del mes pasado (día de San Ginés, Colindres über alles, ¡mecagüen...!), acerca del tan cautivador como desconocido "Cinturón de Santander", un tema que seguro dará que hablar en un futuro no muy lejano. Como lo hará (bueno, ya lo ha hecho desde su fantasmagórica primera aparición, allá por junio) ese etéreo ente aún no bien definido ni en forma ni en fondo llamado FreSa (Frente de Santander).


De vuelta al Sautuola XX, nuestras aportaciones se cierran con un artículo de Enrique, en solitario esta vez, sobre el tema del que sin duda sabe más que nadie: la génesis y evolución del cementerio medieval en Cantabria. Un nuevo "must read" sobre el asunto al alcance de un click: 


Frigotumbas altomedievales en San Miguel de Aguayo, hace mucho tiempo

Aunque no recuerdo haberlo contado por este medio, el verano pasado (el de 2018) participamos en el congreso internacional 1300 Aniversario del Origen del Reino de Asturias. Del Fin de la Antigüedad Tardía a la Alta Edad Media en la Península Ibérica (celebrado en Oviedo y organizado por APIAA) con una comunicación sobre la que siempre será nuestra "niña bonita", Riocueva. Un resumen de lo que hemos hecho hasta ahora y alguna otra cosilla que hemos deslizado al final, ampliando el foco y metiéndonos, quizá, en un pequeño gran jardín (como ya tuve ocasión de comprobar en la propia presentación, por cierto). El artículo forma parte del último número de Anejos de Nailos (el 5, para ser exactos) y éste es su enlace:


La imagen puede contener: una o varias personas, exterior e interior
Trabajos en Riocueva, en la noche de los tiempos, o casi, también

Y last but not least, tirando de muletilla tan manida como pedante, en un requiebro no demasiado arriesgado volvemos a Sautuola, solo que esta vez al número XXI, para presentar el que sí que es, hasta la fecha, nuestro último trabajo editado (con el paraguas de AGGER esta vez, para no dejar a ninguna de nuestras criaturas huérfana de publicaciones, y firmado por Enrique y por mí). Se trata de un pequeño artículo acerca de la historia de la investigación sobre Monte Bernorio y del desconocido e importante papel jugado en ella por Ángel de los Ríos, el tan amado por Enrique "Sordo de Proaño", pionero en tantas cosas y una de las figuras más insignes de la historiografía y la arqueología montañesas (además de un personaje de novela, como dejó más que claro Pereda en "Peñas arriba"). Realmente llama la atención la clarividencia del tipo y cómo, de su mano mayor, adelantó muchas de las cosas que hoy en día estamos proponiendo algunos investigadores con el apoyo de la arqueología. Nada mejor que leernos para comprobarlo:


Amurallamiento del castellum romano de Monte Bernorio

Esto en cuanto a lo publicado y colgado en la red. Cocinados y a la espera de ver la luz (sine die aún y, presumiblemente, de forma escalonada) tenemos, que recuerde ahora, un espectacular revuelto de broches damasquinados con infusión de misterio misterioso, una nueva reducción de Riocueva al Mauranus y un aire de asedio romano con pétalos de tesoro y chispas de poliorcética astur del que ya se ha dado un avance y que, por esas míticas causas ajenas a nuestra (y, suponemos que, su) voluntad, ya se está retrasando demasiado; aunque acaban de comunicarnos que falta tirando a poco (según se mire lo del poco, claro).  

En lo inmediato, estamos ultimando la presentación sobre La Cabaña (¡legionarios, legionarios everywhere!) que llevamos, vestidos de AGGER, de nuevo, y junto a Rafa Bolado, en un par de semanas al congreso internacional La Violencia en la Historia, que organiza Zamora Protohistórica en Salamanca y en la que pasamos de Augusto a Mussolini y de los romanos legítimos y acreditados del primero a los neo-romanos fascistas del segundo en un abrir y cerrar de ojos. 

Tarjeta de propaganda italiana de la Guerra Civil, con legionarios romano y mussoliniano

El mismo Rafa Bolado, por cierto, que nos ha fichado a Enrique y a mí como co-directores (esa figura tan absolutamente molona) para su proyecto El Uso de las Cuevas Durante la Edad del Hierro en Cantabria, una traslación del "Método Mauranus" al final de la Protohistoria en ambientes subterráneos y que promete mucho y bueno (por activa o por descarte, eso ya se verá) en los próximos meses. De momento ya ha conseguido hacernos un going underground (dos, en mi caso, el primero al límite de la vida y la cordura, su puta madre) que reíos del de los Jam... Y hablando de fichajes, si quisiera fardar aquí y ahora os hablaría en este punto de otra oferta (más que aceptada, por supuesto) de colaboración en un proyecto que pinta mucho más mejor que bien y que parece llamado a marcar un antes y un después en un tema que nos apasiona. Pero, tirando de nuestra proverbial modestia, no diré nada al respecto. Todo llegará. Igual que llegará (o eso parece) en cuestión de días una salida de campo y campamento por esos montes dejados de la mano de Júpiter donde, junto a Eduardo Peralta, seguimos sacando a la luz uno de los conjuntos militares de campaña romanos más espectaculares de la Península (y del mundo, diría yo, ya puestos a tirarnos el rollo, aunque sea rigurosamente cierto).

Con Rafa Bolado en El Covarón, a 1.000 o 2.000 grados centígrados, jugándonos el tipo 

Por lo demás, bien. Seguimos vivos y dando guerra, que no es poco a estas alturas. Yo voy con lo mío, piano piano, aunque me temo que me va a caer encima todo el peso de los plazos de la administración y tendré que reinventarme para poder ser doctor algún día. Aunque confío en un repentino golpe de suerte y no voy a adelantar acontecimientos. Los dioses proveerán. O no. A saber. 

En cuanto al blog, vuelvo a hacer propósito de enmienda e intentaré mantenerlo vivo, aunque no prometo nada. Un poco de suspense nunca viene mal.

7 oct 2015

¿La vas a publicar?

Ya soy doctor ¡mola! Semana y pico después sigo recibiendo felicitaciones y supongo que algún despistado quede por ahí dispuesto a darme una palmadita en la espalda. Evidentemente, son muchos los que me han preguntado ¿la vas a publicar? Deduzco que se refieren a convertir la tesis en un libro... que es la forma clásica de "publicar". Pues después de darle unas vueltas, no muchas, a la respuesta, la tengo bastante clara. No y sí. Me explico.




Ya me dejó muy claro el tribunal que nadie iba a querer editar un libro de 700 y pico páginas, que habría que recortar. Semejante tarea supone un proceso largo y exige bastante esfuerzo. Al fin y al cabo, se trata de transformar un texto académico en un texto accesible a un público más amplio y eso lleva su tiempo. Conozco casos en los que el proceso ha ocupado años y no me apetece verme así. Además, modificar sustancialmente alguna parte, en concreto el catálogo, desvirtuaría en cierto modo el conjunto. Y sucede, por otra parte, que no soy el «dueño» de una parte significativa de la documentación que se maneja. Hay mucho material inédito cedido por diversos investigadores para la elaboración de la tesis, pero quizá que pase a ser un libro ya no les apetezca tanto. Totalmente comprensible, están en su derecho de publicar el resultado de sus trabajos o de dejarlo en el limbo, bastante paso adelante supone ya que esté recogido en este trabajo académico. Por lo de abreviar el catálogo eliminando las referencias menos relevantes podría pasar, pero lo de eliminar alguno de los grandes yacimientos —pienso en Santa María de Bareyo o San Martín de Elines, por ejemplo— quitaría parte de su interés al asunto.

De modo que por las razones expuestas y algunas otras que no merece la pena detallar, de momento no habrá libro. Prefiero renunciara la adaptación y publicar en revistas especializadas estudios monográficos sobre los asuntos de mayor interés. En profundizar sobre algunos temas sí que me apetece invertir tiempo y esfuerzo.

Eso no quiere decir que la tesis no vaya a estar a disposición de quien la quiera leer ¡faltaría más! Y cómodamente desde su casa, incluso. Gratis y sin moverse del sofá ¿alguna facilidad más se puede poner? Nada de engorrosas microfichas, ni de tener que ir a una biblioteca a sentarse en un rincón. La edición digital de la tesis va a estar disponible en tres repositorios de acceso libre y sin periodo de embargo:
- Teseo base de datos de tesis doctorales del Ministerio Educación, Cultura y Deporte.

- TDR* repositorio cooperativo Tesis Doctorales en Red coordinado por el CSUC.
*Versión recomendada, edición digital no comercial con ISBN.
- UCrea repositorio abierto de la Universidad de Cantabria.
Y si alguno ni siquiera se quiere molestar en salir de aquí, la puede descargar directamente en el enlace que figura a continuación.


 


Por supuesto, también habrá una copia en los portales especializados academia.edu y researchgate.net, faltaría más.

Una cosa está clara: hoy en día, si un trabajo científico no está accesible en internet, no existe. En este contexto y teniendo en cuenta que actualmente la publicación en soporte digital de la tesis es un requisito de obligado cumplimiento ¿tiene sentido invertir tiempo y trabajo en dar forma a un libro que se va a editar en papel, va a tener una difusión más restringida, no va a estar —obviamente— en la red y encima, no lo olvidemos, va a costar dinero? Al editor, que no va a recuperar toda la inversión por mucho que venda, y al lector, que no va a salirle la broma por menos de 30 ó 40 euros en el mejor de los casos. Cuando escriba algo que crea necesario transformar en libro, así lo haré. Para la tesis, de momento, prefiero la edición digital. Al fin y al cabo, también eso es «publicar». Como investigador quiero que mi trabajo tenga la mayor difusión posible, que sea citado, criticado, enmendado, aplaudido u obviado y, sobre todo, que lo sea YA. Apenas han pasado diez días desde la defensa pública y ya está circulando ¿se puede pedir más a una tesis? Vale, sí, que sea «buena». Para eso está también, para juzgarla.

Para cualquier duda, aclaración, comentario... puede ponerse en contacto conmigo enviándome un correo electrónico: egcuenca@gmail.com.

13 sept 2015

La "estela" del dintel de la ermita de Santimamiñe (1): la "conexióncántabra"

Muy cerca de la mundialmente famosa cueva de Santimamiñe (Kortezubi, Bizkaia) se levanta una pequeña ermita con advocación a San Mamés. El templo, que es el que ha dado el nombre a la cueva (ya que "Santimamiñe" es como le llaman los paisanos, euscaldunes) es un edificio levantado en los siglos XV-XVI sin demasiado interés artístico o arquitectónico, más allá de algunos restos que conserva embutidos en el dintel de entrada y justo debajo de éste, en el suelo, y sobre los que volveré enseguida.

Imagen de la ermita de San Mamés, "Santimamiñe", en Kortezubi (tomada de aquí)

En el año 2007 comenzó una intervención arqueológica en la ermita y su entorno inmediato (Sánchez Rincón et alii, 2008) destinada a conocer tanto la evolución de la iglesia a lo largo del tiempo como a confirmar algunas referencias antiguas sobre la presencia de tumbas. Los resultados se cumplieron con creces, ya que se documentó la planta original de la iglesia (unos cuantos siglos anterior a la reforma de la Edad Moderna) y se comprobó la existencia de la necrópolis. Además, hubo sorpresa en forma de materiales tardoantiguos que confirmaban que aquélla tuvo una fase de época visigoda (siglo VI), concretamente un hacha de combate de hierro y un cuenco de bronce (ambos con buenos paralelos en Aldaieta, que es el referente obligado para este tipo de yacimientos).

Y aquí lo dejo, de momento.

Planta de la iglesia primitiva en un plano de la excavación del año 2007 (Sánchez Rincón et alii, 2008). Hacha de combate (sacada de aquí) y cuenco de bronce (tomado de acá)

Como avanzaba más arriba, en la fábrica actual de la ermita se localizan (ambos en el vano de acceso) dos fragmentos de piedra  con decoración que han sido interpretados, de forma mayoritaria, como restos de estelas funerarias (vid Arregi, G, 1994, por ejemplo). El situado en el suelo y que hace las veces de peldaño de acceso al interior, está decorado a base de segmentos de círculos que se entrecruzan y una cenefa de "dientes de lobo" tallados.

Fragmento de "estela" haciendo de peldaño en la entrada a la ermita (Foto sacada de aquí)

Mientras que el del dintel presenta una decoración más compleja, también con una orla perimetral a base de "dientes de lobo" y tres motivos circulares, todo ello tallado. El motivo central, de mayor tamaño y del que se conservan unos dos tercios, es un disco radiado con botón central y múltiples radios curvos. El de arriba a la derecha muestra un motivo similar, aunque más simple: un hexásquel también con radios curvos. Y, finalmente, en el tercero, muy incompleto, se aprecia la presencia de una gran cruz patada.

Fragmento de "estela" haciendo las veces de dintel en la puerta de acceso a la ermita (Foto sacada de aquí)

En su trabajo de 2002 sobre la configuración de la sociedad feudal en Vizcaya, I. García Camino menciona la existencia de lo que denomina "estelas funerarias" o "lápidas" en la ermita de Santimamiñe y expone los problemas de datación que presentan, debido a lo que considera variopintos orígenes de sus motivos decorativos (discos de radios curvos y dientes de lobo en estelas del siglo I, rosáceas en epígrafes de época romana y "semicírculos concéntricos" presentes en la iconografía franca de los siglos VI y VII) y a su posible larga perduración.

Volvamos en este punto a la necrópolis. 

El hallazgo del hacha y el cuenco, materiales fácilmente relacionables con la "facies Aldaieta" y el consiguiente influjo norpirenaico, no sólo confirmó la existencia de una fase tardoantigua de la necrópolis con las mismas características que otras de su entorno más o menos cercano (Finaga en la misma provincia, la propia Aldaieta, San Pelayo o San Martín de Dulantzi en Álava, entre otras), sino que también sirvió para volver a poner el foco sobre los fragmentos de "estelas". Siguiendo el camino marcado en Finaga/Arrigorriga (donde se relacionó la presencia de grandes estelas tabulares reutilizadas en los muros de las ermitas con los enterramientos con armas y objetos de influencia o procedencia franco-aquitana de la necrópolis), éstos fueron confirmados precisamente como eso, como fragmentos de estelas y, yendo un paso más allá, se les atribuyó una filiación norpirenaica. Como ejemplo más reciente, en el catálogo de la exposición "Vasconia, tierra intermedia" (Azkarate y García Camino, 2013) se puede leer lo siguiente acerca de este conjunto de estelas:

"Asociadas a algunas necrópolis vizcaínas (Finaga, Santimamiñe o Argiñeta) se conocen algunas estelas funerarias que ya fueron estudiadas por nosotros (Azkarate, García Camino, 1996). Se
caracterizan, en general, por ser bloques de morfología prismática o discoidal, de proporciones esbeltas y ejecución esmerada. Están decoradas con motivos, como dientes de sierra o espigas,
frecuentísimos y conocidos desde antiguo, junto a otros, como la cruz procesional, propios del repertorio iconográfico altomedieval. Pero el conjunto de los temas y, sobre todo, su articulación los aproxima más al contexto continental que al peninsular. En este sentido una de las semejanzas más significativas con los modelos norpirenaicos lo  constituyen los segmentos de círculo adosados a los rebordes incisos de las estelas, que tienen paralelos en varias cubiertas de sarcófago procedentes de las necrópolis tardoantiguas de Villers-Agron-Aiguisy (Aisne) o Chellers (Oise) o en los broches de cinturón aquitano del siglo VII que antes hemos visto. Pero tampoco podemos obviar la semejanza entre las peanas triangulares, las cadenas de ángulos o las orlas dentadas de las estelas vizcaínas con las de otras necrópolis continentales. No hay nada similar —ni de lejos— en el norte peninsular para estos siglos."

Por tanto, ya no parecía haber dudas al respecto: eran estelas, de tradición o influencia norpirenaica y, por tanto, relacionadas con los enterramientos del siglo VI que presentan ese mismo influjo cultural. Tengo que reconocer que todo parecía encajar a la perfección (iglesia y necrópolis, estelas y tumbas con ajuares) pero un hecho fortuito (protagonizado por la otra mitad del blog y que él contará aquí algún día si le apetece) hizo que volviese a mirar las imágenes  publicadas de Santimamiñe y todo empezó a chirriar. Primero, porque como se aprecia en la siguiente foto, el parecido con las demás estelas del grupo en el que se las ha incluido es nulo (puede consultarse un exhaustivo estudio sobre las estelas funerarias altomedievales del País Vasco, escrito por esos dos mismo autores, aquí).

Ejemplos de estelas consideradas como de tradición norpirenaica (imágenes tomadas de aquí)

Y segundo, porque al ver de nuevo la imagen del fragmento del dintel volví a tener esa (ya familiar) sensación de "esto yo ya lo he visto antes en otra parte". ¿En dónde? Pues en la iglesia de Santa María de Lebeña, en la comarca de Liébana, Cantabria.

Mapa con la localización de Santimamiñe y Lebeña

Esa iglesia, que es una auténtica joya del arte prerrománico (en su versión hasta hace poco calificada como "mozárabe", término que lleva ya varios años en discusión y que a mí no me gusta nada), parece que fue levantada en las primeras décadas del siglo X, según cuenta una tradición que tiene su origen en la propia Edad Media y se encuentra recogida en documentos del siglo XIII. La fecha de la décima centuria, aunque no es ni mucho menos segura, se corresponde bien con sus características arquitectónicas y con los elementos decorativos presentes en ella (modillones, capiteles, etc.), por lo que suele aceptarse sin más y no seré yo quien la ponga en duda hoy aquí.

Iglesia de Santa María de Lebeña

En su interior, bajo el retablo y formando parte de su base, se conserva una curiosa placa de piedra decorada. Es una pieza muy conocida en Cantabria, donde, a nivel popular, también ha sido (y es) considerada como una estela; e incluso se la ha relacionado con los ejemplares discoideos gigantes de los valles del Pas y del Besaya, cuando resulta evidente que no tiene nada que ver con ellos. Y es precisamente esta placa la que me dio el pie (y, si mi interpretación es correcta, también la clave) para esta historia. Para juzgar acerca de su parecido con el fragmento de presunta estela del dintel de la ermita de Santimamiñe, nada mejor que verla:

Placa decorada de la iglesia de Santa María de Lebeña (Foto cogida de aquí)

Existe un trabajo monográfico sobre esta pieza en el nº 1 de la revista Clavis, firmado por E. Campuzano (1996), del que tomo prestadas ahora algunas partes de su descripción (y que volveré a utilizar en la próxima entrada):

"Adosado al basamento de piedra del retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María de Lebeña (Liébana, Cantabria) hallamos un gran bloque de piedra arenisca, de forma prismática, de 173 cms. de largo en la parte superior, 162,5 de largo en la parte inferior y 103 cms. de altura, con un fondo de 20 cms.

Su parte frontal es contorneada por un listel o moldura plana de 2 cms. de resalte (salvo en la parte superior que ha sido eliminada) con respecto al campo, en el que se encuentran grabados y pintados algunos motivos decorativos de tipo geométrico que han dado ocasión a diversas interpretaciones sobre el significado y función de esta pieza.

(...)

El frontal alberga siete círculos grabados, rehundidos o pintados en la piedra (cuatro mayores en los ángulos, de 30 cms. de diámetro y dos menores, intermedios, de unos 19 cms. de diámetro) que se distribuyen simétricamente en toda la superficie a partir de un gran motivo central"

Dejaré la descripción (e interpretación) de cada círculo (y de la composición general) de la placa de Lebeña para la segunda parte de la serie y me centraré ahora únicamente en el parecido con el fragmento del dintel de Santimamiñe. Es cierto que, aunque el motivo central es idéntico, el ejemplar de Lebeña es más elaborado y cuenta con tres círculos más pequeños a cada lado en lugar de dos; y decorados de forma distinta a los de Santimamiñe. Pero también lo es que ambos se parecen demasiado como para no tener algún tipo de relación: un gran círculo radiado central y varios círculos menores a los lados, decorados con diversos motivos geométricos y/o de significado cristiano. Incluso una de las diferencias más marcadas, la aparente ausencia de los "dientes de lobo" en el ejemplar lebaniego, no es tal, gracias a la orla pintada conservada en su parte inferior (hay que fijarse, pero los "dientes de lobo" están). A partir de estas similitudes podemos proponer una reconstrucción de la placa (la llamaremos "placa" a partir de ahora) de Santimamiñe. Y esa reconstrucción, salida de las manos de E. Gutiérrez Cuenca ("Maur" o "Anus", como prefiera. Mmm, no sé por qué me temo que va a preferir ser el primero...) es ésta:


Sobre el carácter, la función, el contexto y la cronología de las placas de Lebeña y Santimamiñe trataré en la segunda y última entrada de esta serie. Creo haber podido demostrar (o, al menos, proponer de forma fundamentada) en ésta que ambas son la misma cosa. ¿Qué cosa? Si no queréis seguir el rastro de miguitas de pan que he ido dejando por el texto e investigarlo por vuestra cuenta, tendréis que esperar unos días. Ahora sólo avanzaré lo que creo que no son: estelas. Ni de filiación norpirenaica ni de ninguna otra. Y, en el caso vizcaíno, sin relación directa con los enterramientos "aldaietenses" de la necrópolis.

Para terminar, por ahora, volvamos a Vizcaya, aunque no a Kortezubi, sino a Iurrieta. Allí, en la iglesia de San Miguel se conserva lo que I. García Camino (2002) considera una estela tabular reutilizada y que presenta una decoración a base de motivos que, siempre según este autor, "pueden rastrearse sin dificultad en contextos norpirenaicos" (pese a lo cual, lo cierto es que se muestra más que prudente a la hora de fechar e interpretar la pieza y opta por no mojarse). Esa decoración tiene algunas cosas en común con la placa de Santimamiñe, como puede observarse en la fotografía:

Imagen de la "estela" de Iurreta (Fuente, García Camino, 2002)

Hay una orla dentada y dos grandes círculos, uno con una gran cruz patada y otro con múltiples radios curvos (más otro motivo cuadrangular). Pero su disposición es diferente (aquí los motivos parecen estar alineados) y también lo es el soporte, mucho más grueso y que se interpreta como una estela pero que bien podría ser un sillar. En cualquier caso, se trata de una pieza que habrá que tener en cuenta y que bien merecería un estudio más detallado.

Y aquí lo dejo. En breve, más.

6 may 2014

La "estela" del dintel de la ermita de Santimamiñe (y 2): cancelada

Decíamos ayer que la piedra labrada situada en el dintel de la ermita vizcaína de Santimamiñe tiene un buen paralelo en la iglesia lebaniega de Santa María de Lebeña (como puede observarse fácilmente en la imagen inferior). Y decía también que no creo que se trate de estelas funerarias (como dicen la literatura científica reciente en el caso vasco y "la voz de la calle" en el cántabro), sino de otra cosa. Y con la pregunta ("entonces, ¿qué diantres son?") en el aire y la promesa de responderla terminaba la anterior entrada. Así que ha llegado el momento de ir al lío y tratar de dar una explicación alternativa a la presencia de tan curiosos relieves en esos dos templos cristianos de origen altomedieval.


Para no andarme demasiado por las ramas, volveré al texto de E. Campuzano sobre la pieza de Lebeña, concretamente al pasaje en el que propone una hipótesis acerca de su función. Es éste:

"No existe constancia documental de la ubicación primitiva de esta obra, pero posiblemente se encontrase entre los dos pilares de la nave central más cercanos al presbiterio, a modo de cancel de iconostasio, elemento característico del rito mozárabe que separaba las naves (espacio dedicado a los fieles, penitentes y catecúmenos) del presbiterio (reservado a los monjes o clérigos, en el caso de Lebeña), en los templos paleocristianos y prerrománicos (...) Por consiguiente y para aclarar la controversia que ha suscitado esta pieza en torno a su origen (celta, tardorromano...) y cronología, consideramos que se trata de un cancel del propio templo, realizado en la misma época que la iglesia, es decir, a principios del siglo X"

Así que, según Campuzano, lo de Lebeña (y también lo de Santimamiñe, añado yo) es una placa de cancel. ¿Y qué es un cancel? Pues, como también dice ese mismo autor, un elemento que separaba la nave (donde se congregaban los fieles) del presbiterio (la zona "noble" y más cercana al altar, reservada a los clérigos) en las iglesias tardoantiguas y altomedievales. Uno de los mejores ejemplos que he encontrado por ahí (y que viene muy al caso por la cercanía geográfica y cronológica) es el de la iglesia asturiana del siglo IX de Santa Cristina de Lena (que vemos en la foto de aquí abajo), con sus dos placas de cancel y su barrotera central, que suelen interpretarse como piezas de época visigoda reutilizadas.

Fotografía tomada de aquí

Y esta conexión visigótico-asturiana tan bien traída me sirve para empezar a buscar paralelos para las presuntas placas de cancel de Lebeña y Santimamiñe entre piezas de esos orígenes y cronologías: hispanovisigodas de los siglos VII-VIII y asturianas y "mozárabes" de los siglos IX-X. Como no son muchos los restos de canceles de esas épocas no me ha resultado muy difícil hacerlo y he podido llegar de forma relativamente rápida a una primera conclusión: que no hay paralelos. Los canceles conocidos en la Península en esos dos periodos no tienen nada que ver con las placas que nos ocupan en estas dos entradas. De hecho, ni siquiera guardan un mínimo parecido, aunque algunos de los motivos que las decoran sí que lo hagan. El ejemplo de Lena habla por sí solo, así que tampoco ilustraré demasiado el asunto. Sólo un par de ejemplos más:

Cancel de época visigoda de la basílica de Recópolis (Zorita de los Canes, Guadalajara). Foto sacada de aquí

Fragmento de cancel "mozárabe" de San Miguel de Escalada (León). Foto tomada de acá

No habiendo canceles parecidos en Hispania, tocaba buscar motivos semejantes. U otro tipo de objetos en los que apreciar una composición similar, con un círculo decorado central y otros a los lados y/o esquinas. Podemos encontrar un buen ejemplo de lo primero en un pie de altar procedente de Sevilla (de cronología incierta, que oscila entre lo "visigodo" y lo "prerrománico", así en genérico, aunque detalles como el tipo de cruz hacen que me decante por la primera), en cuyas caras vemos un círculo radiado muy similar al que preside las placas de Lebeña y Santimamiñe (con cuatro pequeñas rosetas flanqueándolo, por cierto) y otros motivos geométrico-vegetales inscritos en circunferencias que también se dan cierto aire a los de la primera.

(Foto sacada de aquí)

Y en cuanto a la composición, de nuevo en Andalucía y de nuevo dos piezas (gemelas) de cronología incierta (aunque todo apunta a que también son de época visigoda): estos dos ladrillos decorados a molde procedentes de la Mezquita de Córdoba (hay otro idéntico en Sevilla, por cierto)

(Foto obtenida de aquí )

Y poco (o nada) más. Una mirada rápida al norte de los Pirineos tampoco me aportó ninguna información relevante, más allá de constatar que por allí las placas de cancel tampoco se parecían a las de Santimamiñe y Lebeña. Ni las de época merovingia, ni las carolingias.

Placas y otros elementos de cancel de época merovingia de Metz (foto sacada de aquí)

Placa de cancel de época carolingia, reutilizada en el frontal del altar, de la abadía de Fleury (foto cogida de aquí)

Llegado a este punto tocaba poner el foco en el Mediterráneo. Y en eso andaba cuando vinieron a mi memoria una serie de piezas que había visto hace varios años en algún artículo sobre arte y arquitectura bizantinos y que ya entonces me llamaron la atención, precisamente por su remoto parecido con la placa de Lebeña. Son éstas:

Placa procedente de Makrinitsa (Grecia) (Imagen: Miles, 1964)

Placa de cancel procedente de Nicosia (Chipre) (Imagen: Megaw, 1974)

Placa procedente de Amorium (Turquía) (Imagen: Lightfoot e Ivison, 1996)

Las diferencias con las nuestras son más que evidentes (el rombo o losange, los nudos), pero, si nos fijamos bien, veremos que sí que hay al menos un par de cosas en común: los motivos circulares con decoraciones geométricas y/o religiosas (radios curvos, rosáceas y multipétalas variadas, cruces) y su disposición (con la presencia de uno central de mayor tamaño y cuatro menores, uno en cada esquina). Estas placas bizantinas, que muchas veces eran de mármol blanco, formaban parte de una estructura similar al cancel (templon) y que, con el tiempo, daría paso al iconostasio característico de las iglesias orientales. En algunas iglesias de Grecia aún se conservan en su posición original, como puede apreciarse en la siguiente imagen:

Interior de la iglesia de Agios Eleftherios (Atenas) (Imagen tomada de aquí)

En cuanto a su cronología, en todos los casos que he podido consultar este tipo de piezas (y las iglesias que las albergan o albergaban) se fechan en torno a los siglos X-XI (quizá en algún caso podrían llevarse a finales del IX, aunque sólo he encontrado indicios poco sólidos al respecto). Se trata, sin duda, de los mejores paralelos (tanto estéticos como funcionales) que he podido encontrar.

Y vamos terminando. En mi opinión hay dos opciones principales para encuadrar históricamente las dos placas de las que vengo tratando. La primera nos llevaría a época visigoda, a los siglos VI-VII. La fase tardoantigua de la necrópolis de Santimamiñe podría indicar que la iglesia, que ha perdurado hasta nuestros días, ya existía entonces (aunque también podría tratarse de un cementerio en plein champ al que luego se le añadió un templo). En el caso de Lebeña tendríamos que hipotétizar con un edificio anterior (que pudo estar en el origen del que ahora conocemos) del que procedería la pieza, reutilizada. Hemos visto que los motivos que adornan ambas placas ya están presentes en esos momentos en otras zonas de la Península, aunque para que la explicación fuera mínimamente sólida habría que asumir que tanto Vizcaya como Liébana pertenecían entonces a un mismo mundo cultural (¿y político?). Por lo que sabemos hasta ahora no parece que esto último fuese así, al menos en lo que se refiere a la cultura material: ya hemos visto en la entrada anterior las peculiaridades de algunos de los materiales recuperados en Santimamiñe (y su relación con otros de la zona vasco-navarra y, en algunos casos, con territorios al norte de los Pirineos), materiales que, de momento, están ausentes (salvo contadas excepciones) en el registro arqueológico cántabro de época visigoda (en este video se explica con cierto detalle). Y una hipotética expansión cantábrica de costumbres (y decoraciones) norpirenaicas que hubiera dado lugar a la presencia de esas piezas en esos dos lugares carece hasta el momento de base, ya que no parece que ese tipo de canceles, con esa decoración, existan en los territorios franco-aquitanos (o al menos yo no he dado con ellos).

La segunda (que es con la que me quedaría yo si tuviera que apostar), a los siglos VIII-X, cuando tanto Liébana como Vizcaya formaban parte (en mayor o menor medida) del Reino de Asturias-León. En ese momento sí existe una "unidad" política que podría explicar la difusión de unos mismos motivos decorativos asociados a lugares de culto (que, en muchos casos, sabemos que fueron levantados por miembros de las elites locales bien relacionados con los distintos monarcas, cuando no directamente patrocinados por éstos). Sin embargo, y aunque algunos de esos motivos presentes en ambas placas sí que aparecen en el arte asturiano y en el mozárabe (los estilos que se desarrollan en esos siglos), no encontramos en ellos canceles ni siquiera lejanamente parecidos a los de Santimamiñe y Lebeña. Canceles (ligeramente) parecidos que, como hemos visto, sí que proliferan en el otro extremo del mundo mediterráneo en los siglos X y XI. No conviene olvidar que es precisamente a comienzos del siglo X cuando parece que se construye Santa María de Lebeña, en cuya fábrica existen elementos (los modillones de rollos) con decoraciones muy similares a la de la placa de cancel (que formaría parte del edificio original, según propuso ya Campuzano en el párrafo citado más arriba). ¿Quiere todo ello decir que existe algún tipo de conexión entre las placas de cancel bizantinas del siglo X y estas dos del norte de la Península Ibérica? Aunque no estoy en condiciones de dar una respuesta, yo diría que directa no (la distancia es enorme entre ambos mundos en esas fechas), pero se me ocurre, para salir del paso, que quizá exista un "eslabón perdido", una (o varias) pieza(s) de la que deriven todas las demás. Quizá algún lector más versado en estos temas pueda arrojar algo de luz sobre este asunto. Yo, de momento, lo dejo aquí. El viaje ha sido largo y por el camino hemos convertido una supuesta estela funeraria tardoantigua de inspiración norpirenaica en una placa de cancel de cronología incierta (aunque probablemente del siglo X) con una hermana gemela (o, mejor, melliza) en Liébana y unas primas lejanas (geográficamente hablando) en Grecia, Turquía y Chipre. 

2 abr 2014

Mauranus se va de bares

Si hace poco menos de un mes anunciábamos aquí la primera Barferencia que se celebraba en Cantabria dentro del I Ciclo Internacional de Barferencias organizado por Era Cultura Extremadura, y del que Regio Cantabrorum ejerce en nuestra región como «franquicia», ahora nos toca el turno a nosotros. Presentaremos «Cantabria en época visigoda (siglos VI-VIII): una visión arqueológica», una disertación en dos actos en la que, entre otras cosas, daremos a conocer las últimas novedades de nuestras investigaciones.


No hay mucho que explicar sobre el asunto, la mecánica es sencilla. En lugar de usar un aburrido salón de actos, para motivar al personal, le soltamos la «charla» en un bar. Así, como el público se entretiene tomando una caña o un café, tiene la sensación de haber perdido menos el tiempo escuchándonos. En caso de extremo aburrimiento, el bar elegido dispone de futbolín. Lamentablemente, los fondos del proyecto no alcanzan para todo y cada asistente tendrá que abonar sus consumiciones. No es obligatorio tomar nada, pero nuestro anfitrión lo agradecerá.

Os esperamos el viernes 4 de abril a las 19:30 h en el bar Punto y Aparte, situado en la C/ Santa Lucía, 6 de Santander.






31 mar 2014

Revisando los clásicos: Santa María de Retortillo (nunc Iuliobriga)

A este lugar de Retortillo, en el que se ha localizado desde el siglo XVIII la Iuliobriga de las fuentes clásicas, le hemos dedicado ya un par de entradas del blog dentro de la serie «Testimonios de época visigoda en Cantabria», en las que hablamos del broche liriforme y de la estela de Teudesinde. En esta ocasión vamos a referirnos a los restos que quedan aún hoy sobre el terreno de la gran necrópolis cuya excavación inició J. Carballo en 1940.

La necrópolis de Santa María de Retortillo en 1940 (Carballo, 1941).
Aunque el interés por dejar al descubierto los edificios de época romana ha motivado que se destruya la mayor parte de la necrópolis que se instaló justo encima, hay algunos puntos en los que han quedado muestras de su gran extensión y del tipo de tumbas que se utilizaron. Es difícil saber si lo que ha quedado se puede atribuir a época visigoda o corresponde a los siglos posteriores. Pero no cabe duda de que ambas etapas, que quizá se desarrollaron sin solución de continuidad, dieron lugar a una de las necrópolis con mayor extensión y, seguramente, con mayor número de tumbas, entre las que se conocen en la región.

Las flechas blancas señalan lugares en los que hay tumbas visibles al NW de la iglesia.
La flecha blanca señala el lugar donde se conservan tres tumbas al SW de la iglesia.
El punto de vista opuesto, la iglesia desde las tumbas del SW.
Siendo cautelosos en el cálculo, ocupaba una superficie aproximada de 1000 m2, una superficie similar, a la que se puede estimar para otros grandes cementerios de época visigoda y altomedieval de la región como El Conventón de Rebolledo, Santa María de Hito o Santa María Valverde. Eso es lo que podemos deducir de los restos que se conservan en la actualidad en los márgenes de la zona que se conoce como «Foro», al oeste de la iglesia románica, de los que asoman por debajo del actual cementerio y de los que se conservan al norte de la iglesia. Y lo mejor de todo es que, a pesar de que la excavación de J. Carballo y las demás realizadas en esta zona «levantaron» una buena parte de la necrópolis y nunca reflejaron los pormenores de la excavación en una memoria, sabemos que quedan tumbas sin tocar. Quizá algún día se excaven y podamos completar la visión difusa y entrecortada que tenemos de este yacimiento clave en la Tardoantigüedad de Cantabria.

Las flechas blancas indican los restos visibles, el punto amarillo el último lugar
donde se excavó parte de la necrópolis de época visigoda (Foto: Iberpix).
Sarcófagos conservados al norte de la iglesia.
Es una buena manera de ir calentando motores para la Barferencia del próximo viernes en la que hablaremos de esta necrópolis y de otros yacimientos arqueológicos de época visigoda de la región. ¿No os parece?

21 mar 2014

Revisando los clásicos: San Esteban de Selaya

La misma excursión por el valle del Pisueña que nos llevó hace unos días a San Vicente de Lloreda —antes conocida como San Vicente de Esles—, nos hizo recalar en Selaya para visitar la ermita de San Esteban, donde, según las noticias que teníamos, se conservaban un par de estelas discoideas y unas tumbas de lajas. La ermita es un edificio de escaso interés arquitectónico bastante reformado. De hecho, fue consecuencia de una de estas reformas el hallazgo de algunos de los elementos mencionados.

Los primeros indicios sobre la presencia de un cementerio medieval en este lugar fueron recogidos por R. Bohigas en la década de 1980. En esa época, las dos estelas que se conservan en la ermita de San Esteban estaban en manos de un particular. Ahora están colocadas sobre unos ingeniosos soportes giratorios, que permite contemplar sin esfuerzo ambas caras, y ubicadas sobre el poyo del altar tridentino, flanqueando el retablo. Ambas tienen una forma y unas dimensiones similares, con un disco circular de gran tamaño y un pie de contorno irregular, no son demasiado gruesas y están bien conservadas, gracias a que han sido talladas en un piedra de grano fino y bastante dura.

Las dos estelas, una a cada lado del retablo
La más interesante de las dos estelas es la que está colocada a la derecha del retablo, ya que lleva una inscripción en una de sus caras, cosa poco frecuente en el repertorio regional de estelas. La inscripción ha sido leída como IHC ORBA/NO IACET, que en castellano sería algo así como «En Jesucristo, Orbano yace». En el anverso se ha representado una cruz procesional, con los brazos de igual tamaño y el arranque del astil. Las características formales del epígrafe, con caracteres propios de la escritura visigótica-mozárabe de los siglos VIII-XI, y la presencia de la cruz procesional, habitual en el arte prerrománico asturiano, son los principales argumentos empleados para situar la cronología de la estela en los siglos IX-X. El otro ejemplar, también decorado con sendas cruces procesionales, podría atribuirse a la misma cronología.

Estela discoidea con inscripción
Detalle de la inscripción
Anverso de la estela, con su cruz procesional
Las tumbas de lajas aparecieron durante una reforma realizada en el pórtico de la ermita. Se tenía noticia del hallazgo de tumbas en el entorno de la ermita, tanto al oeste como al norte, incluso en lugares distantes más de 100 m del actual edificio. Al reparar la solera del pórtico, una zona cubierta pero exterior del edificio, que actualmente se ha incorporado al mismo, aparecieron tres tumbas bien conservadas y restos de algunas más. Al parecer, conservaban restos humanos en su interior, pero estaban muy deteriorados.  El interés por dejar a la vista el testimonio del pasado remoto del barrio de San Esteban motivó la integración de las tumbas con una protección en el nuevo pavimento.

Bajo las rejas se conservan las tumbas
Entre los barrotes se ven más o menos las lajas
Detalle de la cabecera de una de las tumbas
Las tumbas se muestran vacías y sin cubierta, aunque aparecieron con las losas de las tapaban y rellenas de tierra. Las tres corresponden a individuos adultos, están conformadas con lajas finas y tienen «orejeras», bloques de piedra situados en la cabecera de la tumba para fijar la posición de la cabeza del difunto. La cuidada construcción de las tumbas y el hecho de que, si son ciertas todas las noticias, el cementerio ocupase una gran extensión, permiten suponer que se utilizó en la Alta Edad Media. La cronología propuesta para las estelas, en torno a los siglos IX-X, coincide a grandes rasgos con la que se podría deducir de las características del cementerio y las sepulturas.

14 mar 2014

Revisando los clásicos: San Vicente de Esles

Aprovechando el buen tiempo que ha quedado después del paso de las innumerables “ciclogénesis explosivas” de este invierno por nuestra región, hemos salido a dar una vuelta por el valle del Pisueña tras las huellas de su pasado medieval.

En nuestro recorrido incluimos uno de los clásicos de esa pequeña Edad de Oro que la Arqueología Medieval de Cantabria vivió en las décadas de 1970 y 1980: la necrópolis medieval de la ermita de San Vicente Mártir en Lloreda (Santa María de Cayón), conocida también como San Vicente de Esles o San Vicente de Fistoles. Conviene remarcar que la ermita pertenece al término Lloreda y no al de Esles, donde la ubica, por ejemplo, el Inventario Arqueológico Regional o “Carta Arqueológica de Cantabria”. De hecho, la denominación San Vicente de Esles es la más común entre los arqueólogos al referirse a este lugar.

La necrópolis fue excavada en dos ocasiones durante este periodo: en 1975 bajo la dirección de M. A. García Guinea y en 1984 bajo la dirección de E. Van den Eynde, recogiéndose ambas campañas en un artículo publicado en 1985. Durante las actuaciones arqueológicas aparecieron 26 tumbas de lajas de adultos y niños, tres de ellas en el interior de la ermita, y los muros de un edificio. En realidad fue el interés por constatar la ubicación en este lugar del monasterio de San Vicente de Fistoles, mencionado en la documentación escrita del siglo IX, el verdadero motivo de las excavaciones. La aparición de la necrópolis medieval, como sucedió en otras excavaciones de la época, fue un “daño colateral” y se excavó con más o menos interés, ya que lo que se buscaba era otra cosa, sobre todo los edificios de los cenobios más antiguos de la región. Paradójicamente, se propone una cronología para la necrópolis que arranca en el siglo X y va hasta el siglo XIII, por lo que se descarta una relación entre los restos hallados y el monasterio documentado desde el 811. Lo cierto es que no hay ninguna razón de peso para sostener esta interpretación hoy en día y es probable que las tumbas de lajas más antiguas del conjunto puedan remontarse, al menos, al siglo IX.

Ermita de San Vicente Mártir
Si aceptamos la identificación propuesta por diversos historiadores, lo que hoy es una solitaria ermita en la cima de una loma fue, a comienzos del siglo IX, un prestigioso monasterio dúplice dedicado a “Sancti Vincenti et Santi Christofori”. El monasterio de  “Fistoles” tendrá, gracias al testamento del conde Gundesindo, gran influencia en buena parte de su entorno —Cabárceno, Sobarzo, Velo, Oruña, Liérganes...— y más allá, “foras monte in Castella”, tal y como recoge un documento del año 816 recogido en un cartulario del monasterio de Oña. De hecho, ha sido objeto de un estudio monográfico realizado por E. Botella Pombo, donde se pone de manifiesto su relevancia en el contexto socio-económico en el que se encuadraba.

Placa conmemorativa de la fundación del monasterio de San Vicente
Una placa conmemorativa colocada en la fachada de la ermita da fe de su pasado glorioso en la Edad Media. La placa funde información recogida en dos documentos: el de 811 referido a la donación realizada por Guduigia y Sesinando,  y el de 816 en el que el conde Gundesindo hace elección de sepultura y donaciones. Estos dos documentos y otro más del año 820 con menciones del monasterio de San Vicente, están en una copia del cartulario de Oña realizada en el siglo XI que se conserva nada menos que en San Petersburgo, ahí es nada. Los tres documentos han sido considerados como poco fiables, no completamente falsos, pero sí con datos interpolados, sobre todos los referidos a las personas que se mencionan. No obstante, son comúnmente admitidos y usados como auténticos, al margen de las reservas planteadas. Conviene hacer algunas matizaciones al contenido de la placa. En el año 811 se realizan donaciones, pero no se especifica que sea ese el momento en el que se erige o funda el monasterio, podría llevar algunos años funcionando. El nombre del obispo es Kintila en el documento de 811 y Quintila en el de 820, pero no “Quintilla”. Efectivamente, el conde Gundesindo se refiere al monasterio de San Vicente y San Cristóbal  como el lugar “ubi Corpus meum tumulare desidero” en el documento de 816, aunque sería discutible “que gobernaba estas tierras” en nombre de Alfonso II, ya que en ningún momento se define el dominio territorial concreto sobre el que ejercía su autoridad como conde. Controlaba algunas “villas” y algunos “monasterios” en esta zona de Cantabria, pero también tenía posesiones en el norte de Burgos y quizá en otros espacios geográficos.

Como suele suceder en algunos lugares de la región donde tiempo atrás se identificó o se excavó una necrópolis medieval, aún quedan restos visibles sobre el terreno. Escasos, pero significativos. En el caso que nos ocupa encontramos una tumba de lajas completa y aparentemente intacta sobre la que apoya el muro que circunda la ermita. Por el tamaño, quizá se trate de una tumba de un individuo infantil. Al este de esta tumba podría haber otra de la que sólo se ve una esquinita. Lo más llamativo del asunto es que en 1984 se hizo una excavación en esta zona y, según lo que se ve en la publicación, la tumba localizada no coincide con la que apareció aquí, ni en orientación, ni en su relación estratigráfica con el muro perimetral. Seguramente no serán las únicas que ocupen esta zona de lo que en la Alta Edad Media fue un extenso cementerio.

Referencia de la ubicación de la tumba de lajas 
La tumba de lajas en cuestión
Nos alegra encontrarnos con estos retazos que nos conectan a la vez con dos pasados: uno remoto, la Alta Edad Media, momento en el que el lugar se utilizó como cementerio, y otro próximo, esas excavaciones de hace 30 ó 40 años que empezaron a desvelar la complejidad y el interés de este tipo de restos arqueológicos.