21 may. 2012

"Patenas" y jarritos de bronce de época visigoda. Litúrgicos, sí, pero no sólo

En el año 2008, cuando presenté mi trabajo de investigación de Máster, uno de los miembros del tribunal me preguntó, entre otras varias cosas, por qué había entrecomillado el adjetivo "litúrgico" al hablar de los famosos jarritos de época visigoda (se pueden ver algunos buenos ejemplos de jarritos de bronce de ese tipo conservados en museos españoles aquí y aquí). Mi respuesta fue que, al igual que sucede con las cucharillas, creía que ese tipo de recipientes podía tener otro tipo de usos, más allá de los relacionados con las diferentes ceremonias religiosas con los que han sido vinculados tradicionalmente. Vamos, que a los usos "litúrgicos" podrían sumarse otros de carácter "civil". La cosa no fue a mayores, aunque me quedó la sensación de que mi respuesta no fue demasiado convincente, en gran parte porque no pasaba de ser una percepción personal apoyada únicamente en el ya citado ejemplo de las cucharillas y en algunos de los contextos (subterráneos y sepulcrales) de los que procedían varios de los jarritos. Y así dejé el tema, en mi interminable "cola de tareas", esperando tener un rato algún día para mirarlo con cierto detenimiento.

Ese día llegó la semana pasada, cuando estaba dándole un vistazo al Salterio de Stuttgart  y, oh sorpresa, pude comprobar cómo, en al menos tres ilustraciones, aparecían jarros de ese tipo en diferentes situaciones y con distintos usos. Después, un repaso al artículo de L. J. Balmaseda Muncharaz (1997) sobre los jarros (y patenas, de las que también hay buenos ejemplos aquí y aquí) conservados en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) me proporcionó los elementos que me faltaban para poder escribir esta entrada. Ese trabajo será la referencia a seguir en la interpretación del uso de estos objetos porque, como comprobaremos una líneas más abajo, sus principales conclusiones son más que acertadas.

Tras estudiar las piezas conservadas en el MAN, Balmaseda hace un repaso de las interpretaciones tradicionales acerca del uso de jarritos y patenas; a saber: bautismal (formulada por Gómez Moreno y basada en ilustraciones altomedievales como la del Antifonario de la Catedral de León, aunque en ese dibujo en concreto no queda nada claro que se trate de un jarro de ese tipo), eucarístico (según Ferrandis) o relacionado con la ordenación de diáconos y subdiáconos (en opinión de Palol). Hay que señalar que, en los tres casos, se señalan como apoyos las inscripciones que adornan algunas de las piezas.

Imagen de bautismo del Antifonario de la Catedral de León (siglo X)

Vistas estas interpretaciones, y sin descartar que los jarritos hayan podido tener alguno de esos usos (el bautismal, por ejemplo, pero no en época visigoda, cuando el bautizo se realizaba por inmersión, sino más tardíamente), Balmaseda hace sus grandes aportaciones al debate:

- Descarta completamente y de forma muy convincente que las que conocemos como patenas sean tales, ya que ni aparecen acompañando a los cálices (como deberían, ya que siempre forman pareja con ellos) ni están hechas en materiales preciosos, al igual que aquellos (el ejemplo de la patena de Valcabado, del siglo X y de plata sobredorada, sería un buen ejemplo de ese tipo de objetos). A ello además se podría añadir que las pretendidas patenas de bronce hispanovisigodas siempre llevan un asa (aunque muchas lo hayan perdido y hayan llegado hasta nosotros sin ella), cuando es notorio que ese tipo de objetos carece de ella (sólo hace falta ir un domingo a misa para comprobarlo...).

- Identifica, también de forma muy convincente, el urceolum y el aquaemanile que, según la Epistula ad Leodefredum (una fuente escrita hispanovisigoda de finales del siglo VII o inicios del VIII d. de C.), debía sostener el subdiácono durante el lavatorio de manos con jarrito y "patena", respectivamente.Y por ello los interpreta como conjuntos destinados a hacer aguamanos (interpretación que refuerza con la mención de la inscripción ELLANI AQUAMANUS presente en una de esas "patenas" conservada en el Instituto Valencia de Don Juan).

- Y, finalmente, también contempla la posibilidad de que algunos jarritos se hayan usado como vinajeras, como recipientes para contener el vino y el agua utilizados durante la misa.

En conclusión: los jarritos se usarían, en solitario, para contener y servir líquidos (agua, vino, etc.). Y,  acompañados de los recipientes tradicionalmente conocidos como "patenas", para hacer "aguamanos". Ambas cosas son propias de la liturgia cristiana, pero no sólo: en el mundo "civil" también se hacen lavatorios de manos (a nobles por parte de sus criados, por ejemplo, antes y después de las comidas) y, por supuesto, también se sirve vino. Por tanto, creemos más que probable que ambos objetos hayan podido tener un uso no religioso, como elementos de vajilla o servicio de mesa de cierto lujo. Veamos a continuación varias ilustraciones del Salterio de Stuttgart donde puede apreciarse con cierta nitidez tanto lo expuesto por Balmaseda en su artículo como esto último que acabamos de decir.

Escena de lavatorio de manos en contexto religioso y en la que puede observarse el uso conjunto de urceolum y aquaemanile

Escena en la que un jarrito sin asa es utilizado como contenedor de líquidos (probablemente vino), también en contexto religioso y del que se bebe directamente

Escena en la que un jarrito es utilizado para servir líquidos (también probablemente vino) en un contexto "civil" (a un noble que vive en un palacio)

Las imágenes, de época carolingia (siglo IX), hablan por sí solas y no sólo certifican la veracidad de los dos usos propuestos por Balmaseda y su extensión más allá del ámbito religioso, sino que, además, son un magnífico ejemplo de la existencia de este tipo de jarros en otras zonas de Europa (por si el hecho de que muchas veces se les llame "hispanovisigodos" hubiera hecho que algún lector pensase que son exclusivos de la Península Ibérica). Esa presencia más allá de los Pirineos es conocida de antiguo (de hecho, el origen último de este tipo de objetos suele situarse en el Egipto copto), pero conviene recordarla aquí, así como los contextos arqueológicos en los que suelen recuperarse: formando parte de ajuares funerarios (incluso en tumbas femeninas); como en este caso francés, en el que se cita una función relacionada con ritos de purificación con agua en las comidas o en los banquetes fúnebres (lo que vienen siendo distintos tipos de "aguamanos"). 

Centrándonos en la actual Cantabria, conocemos varios hallazgos de jarritos y aguamaniles (nos olvidaremos desde ya del término "patenas" para denominar a estos últimos). Se trata de un jarro y posibles restos de un aguamanil en Cudón, de un mango del segundo de estos objetos en Los Hornucos, de otro jarro en algún lugar de Limpias (desaparecido) y de los posibles restos de otro más en San Román de Moroso. Los dos primeros proceden de cuevas, del tercero se desconoce su origen y el último, sólo un fragmento que podría corresponderse con el cuello de uno, se encontró en un cementerio; aunque fuera de contexto. Si ampliamos el territorio a la Cantabria de época romana, hay que añadir, en Asturias, el jarro de la mina "El Milagro" y los varios ejemplares descontextualizados de la zona de Onís; y, en en norte de Palencia, el procedente de una cueva indeterminada del complejo de La Horadada.


Jarros de Cudón (según Alcalde del Río, 1934), La Horadada y "El Milagro" (Fernández Vega, 2006)


En los casos procedentes de contextos subterráneos, estos jarros han sido el principal argumento manejado para sostener el carácter eremítico de las ocupaciones de las cuevas en época visigoda. Sin embargo, el hecho de que ahora pueda defenderse un uso no exclusivamente religioso de jarros y aguamaniles lo cambia todo y permite buscar explicaciones más acordes con la norma general observada en los contextos mejor estudiados: su carácter sepulcral. No nos encontramos, pues, ante evidencias de cuevas convertidas en iglesias o cenobios (lo que, por otra parte, ya dejaban ver bien a las claras sus nulas condiciones de habitabilidad), ni los restos humanos asociados a algunos de los jarros (como ocurría, por ejemplo, en Cudón) han de pertenecer, necesariamente, a monjes o sacerdotes. Puede tratarse, perfectamente y como ocurre con otros muchos objetos que aparecen en este tipo de yacimientos, de piezas de uso cotidiano que acaban en el interior de las cuevas acompañando a los cadáveres allí depositados. Y de esa forma las interpretaremos a partir de ahora.



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