25 mar. 2020

El reino imposible

En octubre del año pasado (2019 o, mejor, 1 a. C., antes del Confinamiento) Ediciones B puso a la venta la tercera novela de Yeyo Balbás, "El reino imposible". En esta ocasión, el autor de "Pax Romana" y "Pan y circo" abandona la Roma de Augusto (y la Cantabria que se le enfrentó) y aterriza (y de qué forma) a finales de la época visigoda, en los primeros años de la que, nunca me cansaré de repetirlo, me parece la centuria más fascinante de la Edad Media hispana (o del final de la Tardoantigüedad, si se prefiere): el siglo VIII.

Como ocurriera en su primer libro, Cantabria vuelve a estar muy presente en la obra (significativamente, al principio y al final), ya que su protagonista es Fruela, hijo de Pedro, el Dux visigodo (que no duque, tal y como lo entendemos hoy en día) de esa provincia (probablemente mucho mayor que la Cantabria de época romana y, por supuestísimo, que la actual comunidad autónoma) y hermano del que será tercer rey de Asturia(s) (o de Cangas, según gustos), Alfonso.


Como ya existen unas cuantas reseñas por ahí, no voy a entretenerme demasiado con la trama (y así no hago spoilers), más allá de contar que en sus páginas asistimos (en primera fila e incluso, en ocasiones, entre bastidores) a la descomposición del reino de Toledo por causa de las luchas dinásticas y a su completa destrucción a manos de los invasores árabo-bereberes. Hasta ahí, nada que se salga de lo esperable en una novela histórica ambientada en esos años. Sin embargo, hay un par de cosas ("valores añadidos" de esos que les gustan tanto a los titulados en empresas y económicas que dirigen el mundo en estos tiempos que nos ha tocado vivir) que, en mi opinión, le dan a esta obra un importante plus. En primer lugar, su credibilidad: está tan sumamente bien ambientada y documentada que cualquiera que conozca un poco el siglo VIII peninsular no encontrará motivos para quejarse en ese aspecto (y tener que hacerlo es algo que, al menos a mí, me quema mucho como lector). Y en segundo, su personaje principal, una especie de primo cabroncete de Uhtred de Bebbamburg, capaz de ser un auténtico hijo de puta cuando la ocasión lo requiere (como, por otra parte, haría cualquier noble de la época, para qué engañarnos) pero con el que se empatiza rápido (o al menos yo lo hice las dos veces que leí la novela, la primera por "obligación" y la segunda ya por devoción pura y dura). Y por cuyas manos (y nunca mejor dicho) pasará el destino de Hispania. Intrigas, batallas, muchos personajes de todo pelaje y condición y mucha mucha información (militar, política, cultural, religiosa, material...) sobre la época intercalada en el texto completan un conjunto que me parece muy recomendable y que, por eso mismo, recomiendo, valga la redundancia. Y para haceros una idea y comprobar que no miento podéis leer un fragmento aquí.

Y que conste que no lo hago porque su autor me haya regalado una dedicatoria tan "espectachular" como ésta que podéis ver aquí abajo, con guiño (que también lo hay en el relato) a los muertos de las cuevas. Nada de eso, aunque mola todo.


Lamentablemente, estos aciagos momentos que nos han tocado vivir hacen que sea imposible conseguir un ejemplar físico, así que si lo queréis tendréis que pedirlo (lo venden en todas las librerías con página en la red). Yo no soy muy amigo de hacer trabajar a los repartidores en estas circunstancias más allá de lo estrictamente necesario, así que os recomendaría que lo pillarais en formato digital (que no es lo mismo, lo sé, pero así están pinados los bolos ahora mismo) o esperaseis a comprarlo cuando todo esto pase y se pueda volver a las librerías. Pero eso ya es cosa de cada cual.

5 ene. 2020

El oro de La Hermida

Como es época de regalos, qué mejor manera de celebrarlo que con uno. Y si es de los que tienen ese brillo dorado que tanto nos fascina a los humanos desde que alguno de nuestros más remotos antepasados vio una pepita de oro semienterrada en la arena de un río, mejor. La pena es que, en este caso, ese brillo se apagó hace ya muchos años y no parece que vaya a volver a iluminarnos. Aunque, quién sabe. También es época de milagros... En fin, vayamos al lío.


El tesorillo -o tesoro o como queramos llamarlo- de La Hermida es uno de los clásicos de la arqueología tardoantigua/altomedieval en Cantabria. Se trató del hallazgo casual, por parte de unos obreros que trabajaban en la carretera que va de La Hermida a Potes, de un conjunto de monedas de oro y dos broches de cinturón de época visigoda. Las primeras (alrededor de quince) eran tremises visigodos del siglo VI, acuñados a nombre del emperador bizantino Justino II (a cuyas monedas oficiales imitaban) y del rey godo Leovigildo (el reconquistador de Cantabria para Toledo, como todo el mundo que lea este blog debería conocer a estas alturas). De los segundos nada se sabe, más allá de que eran de bronce. Y no se sabe porque tanto los unos como las otras llevan ya, para nuestra desgracia, muchas décadas desaparecidos. Aun así y dentro de lo malo, los numismáticos tuvieron más suerte que los interesados por la toréutica hispanovisigoda, ya que mientras todo el mundo pasó olímpicamente de las "hebillas", algunas de las monedas fueron estudiadas y publicadas e incluso se conservan sendos moldes en yeso de dos de ellas, que fueron presentadas a miembros de la Real Academia de la Historia por E. Jusué, el primer investigador que las documentó.


Moldes en yeso de dos de las monedas (imagen sacada de aquí)

Además, una de las monedas, donada por el ingeniero Guillermo de Garnica, llegó a depositarse en una institución: el Museo de Santander, germen de lo que, andando el tiempo, sería el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria. Lamentablemente y pese a ello, siguió el mismo camino que sus compañeras, ya que está en paradero desconocido desde no se sabe cuándo. O al menos no lo sé yo, que ni en el MUPAC ni en el MAS (los "hijos" de aquella primera institución museística cántabra) la he visto ni he encontrado a nadie que pueda darme razón de ella (aunque consta que, cuando F. Mateu y Llopis escribió sus "Hallazgos monetarios III", en 1944, seguía allí, así que no puede echársele la culpa en este caso a la muy socorrida, para estos menesteres, Guerra Civil). Así que si alguien sabe algo y es tan amable...




Recreación de dos de las monedas de La Hermida con otras del mismo tipo (en Apocalipsis. El ciclo histórico de Beato de Liébana)

Hace años, cuando hice mi TFM sobre el uso de las cuevas en época visigoda en Cantabria, propuse una nueva interpretación para el hallazgo. Guiado por lo que contaba Maza Solano (la aparición, según él, habría tenido lugar en las obras de una cantera) y por algún testimonio (ahora sé que nada fiable) oído por estas orejas a principios de los dosmiles y que aseguraba que el origen del tesorillo estaba en una cueva, planteé la posibilidad de que las monedas hubieran sido halladas al destruir la cantera alguna covacha en la que habrían sido ocultadas. Como da la casualidad de que, en el sitio señalado, hay una cantera abandonada y en su frente, colgadas, se abren varias bocas de pequeñas cavidades, la cosa parecía cuadrar. Pero no. Como sucede en  algunas ocasiones, aunque estaba bien contado no era cierto. Qué le vamos a hacer.

Vista (cortesía de Google Earth) del aspecto de la cantera, con las covachas que asoman en el corte

Y es por eso que hoy toca envainársela públicamente y, de paso, traer aquí un interesante testimonio periodístico de la época poco -o más bien nada- conocido. Se trata del relato que hizo del hallazgo el diario El Cantábrico (fuente casi inagotable de recursos para tantas cosas...) del día 12 de noviembre de 1910, con todos los pelos y señales que su autor, cuya identidad desconozco, pudo reunir y que no fueron pocos. En él, que transcribo de forma literal inmediatamente debajo de su imagen, queda bastante claro cuáles fueron las circunstancias del hallazgo, cuál la suerte de las monedas y cuál la desidia de las autoridades para con ellas. Bueno, eso último sólo se intuye, porque ocurrió -o, mejor, no ocurrió- después. 




"UN HALLAZGO INTERESANTE

Hace tiempo que tuvimos noticia, confirmada ayer por testimonios que no nos dejan lugar a la menor duda, de un interesantísimo hallazgo histórico en esta provincia, hallazgo al que no se ha dado la publicidad merecida y al que no ha considerado todavía como corresponde a su gran valor científico.

Con motivo de los argayos o corrimientos de tierras ocurridos en gran número sobre las carreteras de la región lebaniega en el pasado año, y hallándose varios obreros ocupados en librar de uno de esos desprendimientos del terreno un trozo de carretera en la que va a la villa de Potes desde el balneario de la Hermida, a poca distancia de este punto, advirtió alguno de los trabajadores, con no poca sorpresa, una monedita de oro entre la tierra que había cogido en la pala para tirarla al río.

Recogida y examinada la moneda, que era muy antigua, pero clara y manifiestamente de oro, buscaron ya los obreros con más cuidado entre el montón de tierra y pedruscos que espalaban para limpiar la carretera, y su sorpresa fue en aumento al hallar nuevas monedas, casi todas idénticas a la primera, y todas de oro, y algunas otras cosas, entre las cuales llamó su atención un broche o especie de hebilla, de bronce, muy fuerte, también de extraña y antigua forma y factura. La noticia llegó a oídos de personas instruidas, que recogieron y examinaron varias de las monedas halladas, las cuales eran del tiempo de Leovigildo, con el busto de aquel rey visigodo, muy bien conservadas, pero con una acuñación defectuosa, como corresponde al estado de las artes en la lejana época a que pertenecen.

Según  nos han informado, alguna de esas monedas ha sido remitida a Madrid, a algún Centro científico, con la noticia del curioso y extraño hallazgo; pero en Madrid, a lo que parece, han dudado de la veracidad del caso y de la autenticidad de las monedas, por haber sido muchos los que se han dedicado a dar timos, comerciales y científicos, con estas cosas viejas que pueden tener valor histórico y valor material en el mercado de antigüedades. Naturalmente, desconociendo la verdad absoluta del hallazgo, han desconfiado de la verdad de lo que se les enviaba. Sin embargo, es lástima que no se haya tomado la molestia algún Centro científico de practicar una información, para la cual todavía se está muy a tiempo, y el caso nos parece que merece la pena.

No es difícil ir a la Hermida y llegar pronto al lugar del hallazgo. En los pueblos inmediatos, en cualquiera de las tabernas que frecuentan los trabajadores, se hallarán noticias exactas de lo que queda referido y se podrá adquirir todavía alguna de esas curiosas moneditas de oro, que hasta hace poco se han vendido por los trabajadores en precios varios, que oscilaron entre cuatro y siete pesetas. Nosotros conocemos varias personas que las han adquirido así.

Además, como no se ha advertido la presencia de las monedas hasta después de estar trabajando bastante tiempo en el desescombro o limpieza del argayo caído sobre la carretera, y como se arrojaron al río grandes cantidades de tierra, es de creer que en el fondo del río, por aquel punto, pueda hallarse alguna pieza más, así como también entre la tierra del corrimiento que no llegó a caer a la carretera, pues los trabajadores dicen que hallaron unas en la superficie del desprendimiento y otras muy debajo, lo que hace suponer que las monedas y los broches, con algo más que hubiera, procedía de lo alto del monte, donde se inició el desprendimiento. ¿Tanto costaría intentar un reconocimiento concienzudo y escrupuloso de aquel terreno? Siendo todo esto cierto, como es, pues puede probarse de modo indudable, ¿no es interesante averiguar si en lo alto de aquella parte de la sierra pudo enterrarse en tiempo remoto, al aproximarse los árabes, o por cualquier otro motivo de guerra, algún arcón o depósito de monedas y efectos varios, que se deshizo con la acción del tiempo, y al cual pertenecieron esas piezas de oro halladas en la carretera de la Hermida por efecto de un desprendimiento de tierras venido de la cumbre?

Doctores tiene... la Ciencia que pueden decir y hacer lo que crean conveniente, mientras los profanos nos limitamos a contar el caso y a lamentar que, aunque sea sin sujeción a mandatos de sabios de oficio, no se realice en serio una investigación cuidadosa para intentar hallar la procedencia de las monedas bajadas a la carretera entre las tierras de un argayo; ya que sería estúpido suponer que hayan sido colocadas allí con fines particulares por una mano desconocida, puesto que no son ni pueden ser objeto de negocio ni de vanidad para persona alguna, habiéndolas encontrado humildes trabajadores de aquellos pueblos."


Y hasta ahí podemos leer, que diría Mayra Gómez Kemp (en este caso, básicamente, porque no hay más). Creo que el testimonio es excepcional y viene a ofrecer algunos interesantes detalles acerca de las circunstancias del hallazgo que no estaban nada claros. En justicia, hay que señalar que cuando el periodista se lamentaba amargamente de la desatención académica hacia el hallazgo, hacía ya dos semanas que Jusué había mandado su informe al Boletín de la Real Academia de la Historia (lo de culpar a las instituciones, con razón o sin ella, de todos los males que aquejan al Patrimonio es casi un atavismo, por lo que ve). Por tanto, en ese aspecto concreto, la información de El Cantábrico no era todo lo rigurosa que debiera, aunque creo que ese detalle no le resta valor al documento.

Para terminar y volviendo al hallazgo, lo cierto es que no sabemos qué diantres pintaban esos tremises y esos broches en lo alto -o en la ladera- de esa peña. Dudo mucho que, como escribió Jusué (1910: 487) en un alarde de algo parecido a ese "sano regionalismo" tan del gusto de algunos tiempo después, fuesen "propiedad de algún magnate o jefe godo de los que, en la hoy provincia de Santander, organizaban las huestes cántabro-godas que, desde los primeros días de la reconquista hasta la toma de Granada, defendieron la independencia de la patria y pelearon por el triunfo de nuestra religión sacrosanta, y como en tiempo de los romanos antes y en la guerra contra los franceses después, asombraron al mundo con sus proezas". Lo poco que sabemos del conjunto apunta a una fecha bastante anterior a esa de comienzos del siglo VIII, de hacia la segunda mitad del siglo VI. Hasta no hace mucho, la idea generalizada y dominante era que la presencia de materiales hispanovisigodos al norte de la Cordillera era poco menos que imposible, dada la presunta sempiterna independencia de unos cántabros arriscados y montaraces -así, como de esa Edad del Hierro asalvajada tan del gusto de algunos y que, aparte de ser más falsa que un solidus de madera, no es más que la prueba de la asunción acrítica del estereotipo faltón creado por los romanos para describir a los pueblos del Norte peninsular- impermeables a todo tipo de influencias externas. Y por eso mismo se solía relacionar (ya que las acuñaciones lo ponían a huevo) con la campaña de Leovigildo contra cantabria de 574. Hoy el panorama ha cambiado bastante (mal que les siga pesando a algunos) y no resultaría complicado explicar la presencia -y el uso- de moneda hispanovisigoda en Peñarrubia  (o cualquier otra parte de Cantabria) en el siglo VI, igual que en (casi) cualquier otra parte de la Península. En cualquier caso y al margen de consideraciones políticas o de pertenencia, el oro, acuñado o no, es oro y vale lo que vale. Es decir, mucho. Y el de La Hermida, para la historia de Cantabria, aún más. Así que habrá que ponerse a buscar alguna de las monedas perdidas un mes de estos.

22 oct. 2019

Archaeology and History of Peasantry 2

Los próximos 11 y 12 de noviembre tendrán lugar en el Salón de Grados de la Facultad de Letras del campus de la UPV-EHU, en Vitoria-Gasteiz ("donde hacen la ley..."), las dos jornadas del Segundo  Congreso Internacional sobre Arqueología e Historia del Campesinado (Second International Conference "Archaeology and History of Peasantry", escrito en guiri), organizado por el GIPyPAC.


Aunque el plantel de participantes es suficientemente atractivo, visto como conjunto, destaca (como bien nos comentan) la presencia de figuras como Ross Faith o Giovanni Levi; la primera por (valga la redundancia) primera vez en España. En la página del congreso podéis encontrar todos los detalles y algunos documentos de interés (programa y resúmenes de las comunicaciones), por si estáis pensando en asistir. Como siempre, tratándose del GIPyPAC, muy recomendable. Y como casi siempre, en mi caso, me lo perderé.

7 oct. 2019

Always remember....

Always remember
A fallen soldier
Always remember
Buried in History

Eso dice la canción "40:1" de Sabaton y de eso precisamente va esta entrada: de recordar a dos soldados caídos y enterrados en la historia. Hasta hoy.

El verano pasado, a principios de agosto, estuve con mi familia pasando unos días en Valderredible, ese valle maravilloso (y cada vez más salvaje, aunque eso no sé si es bueno del todo o sólo regular, porque es una de las evidencias más visibles de la brutal despoblación que sufre) del sur de Cantabria; concretamente en Revelillas, a la sombra de Peña Corbera y sus fortificaciones de la Guerra Civil (que, para mi disgusto, no pude visitar, aunque se lo deba desde aquella espantosa y frustrante subida en 2004). Entre las muchas y muy recomendables salidas que hicimos por la zona y alrededores (Cervatos, la Cueva de los Franceses, Santa María de Valverde, Aguilar de Campoo, Monte Bernorio, Amaya, el centro de interpretación de las Guerras Napoleónicas...) hubo una que es obligada de toda obligación: la colegiata de San Martín de Elines. Yo había estado hacía mil o dos mil años, con Enrique y David Blanco, en una inolvidable jornada de exploración y anchoas vallucas, pero Amaya y los niños no la conocían, así que no había excusas y para allá nos fuimos. Y mereció mucho la pena, no sólo porque el sitio es una auténtica joya del románico (adornada con bonitos chispazos prerrománicos, todo sea dicho) y tenga unas sorprendentes y espectaculares (aunque breves) pinturas murales, sino porque allí, de la forma más tonta, me tropecé (casi literalmente) con los dos objetos que están detrás de esta entrada. Objetos que, a su manera, también son dos joyitas, como tendréis ocasión de comprobar si seguís leyendo.

La colegiata de San Martín de Elines en 1926 (Imagen tomada de aquí)

Tras visitar el claustro y la nave, la guía nos introdujo en la sacristía, donde no recuerdo muy bien qué enseñaba, más allá de un agujero excavado en el suelo (a mano izquierda, según se entra) en el que se aprecia muy bien cómo el nivel actual está como 30 o 40 cm por encima del medieval. Pues bien, al mirar el hoyo casi se me caen los ojos al suelo y no precisamente por la profundidad del mismo ni por la constatación de que la gente en la Edad Media vivía en una cota inferior a la nuestra de ahora. Nada de eso. En realidad mis globos oculares casi saltaron de sus cuencas cuando creyeron percibir, en una especie de losas que había arrinconadas en una esquina junto a la cata, una hoz y un martillo; algo que jamás hubieran esperado encontrar en una iglesia (y menos en una abierta al culto). Así que al riesgo de ceguera traumática se le unió, durante unas milésimas de segundo, el de colapso cerebral, aunque me recuperé enseguida, en cuanto me percaté de qué era realmente lo que tenía delante: dos fragmentos de otras tantas lápidas funerarias pertenecientes, según pensé en aquel momento, a un comunista (por los ya mencionados hoz y martillo) y a un masón (por el triángulo que adornaba el otro fragmento), respectivamente.

Las lápidas (o lo que queda de ellas, más bien)

Emocionado como sólo se emociona uno cuando tiene la sensación de que acaba de toparse con algo extraordinario, hice un par de fotos rápidas con el móvil y crucé unas palabras con la guía, que no parecía haber reparado en las lápidas (y que, todo sea dicho, no les dio ninguna importancia ni hizo ningún comentario al respecto al resto de visitantes). Dándole vueltas al asunto en mi cabeza, abandonamos San Martín de Elines y seguimos con nuestra ruta turística. Compartida la información gráfica del hallazgo con algunos amigos, uno de mis compadres del colectivo FRESA, David Santamaría, comentó que un tercero, Miguel Espinosa (vaya aquí mi agradecimiento a ambos) conocía una imagen de época en la que aparecían unas lápidas de ese tipo; imagen que, como supe poco después por boca (o, más bien, dedos) del segundo, forma parte del archivo de la Diputación Provincial de Burgos. Conseguida una copia, cual fue mi (nuestra) sorpresa al comprobar que se trataba de las mismas lápidas, que en la foto antigua aparecían completas, figurando, entre interrogantes, San Martín de Elines como lugar de procedencia y sin más información al respecto. Obviamente, el paso del tiempo (y la entrada de las tropas nacionalistas en agosto del 37) en esa localidad les han sentado bastante mal, habiéndose perdido (aparentemente, porque puede que se conserve algún otro fragmento por ahí, aunque parece difícil) la mayor parte de sus superficies. En cualquier caso, la existencia de la fotografía compensa la pérdida, permite la reconstrucción completa de las inscripciones y nos da una información preciosa para tratar de interpretarlas.

Fotografía de las lápidas (Archivo de la Diputación Provincial de Burgos)

Las dos lápidas son muy parecidas, aunque no exactamente iguales, y responden claramente a un mismo patrón. Una estrella de cinco puntas en relieve preside la inscripción, arriba en el centro, flanqueada, en las esquinas izquierda y derecha, por un triángulo y una hoz y un martillo, respectivamente, enmarcados en sendos cuadrados. Ambos símbolos están grabados en ellos y, en origen, estaban pintados de rojo, como demuestran los restos de pintura conservados (y su "color" tan marcado en la foto en blanco y negro). Bajo la estrella, la fórmula EL CAMARADA da inicio a la inscripción funeraria, hecha en relieve, y constituida por el nombre del soldado, la fecha de fallecimiento, su edad y la mención al recuerdo de sus familiares.

En cuanto a su interpretación, vayamos por partes, que diría Jack el Destripador. En primer lugar, la estrella refleja el carácter militar de los fallecidos, concretamente su pertenencia al Ejército Popular de la II República Española (más concretamente, en su caso, al Ejército del Norte republicano y, aún más concretamente, al Cuerpo de Ejército de Santander; como veremos dentro de poco). La relación entre la estrella (roja) de cinco puntas y el Ejército Popular es muy estrecha, siendo ésta la principal de sus insignias, presente en las divisas de sus mandos y comisarios, de arriba a abajo del escalafón. Centrándonos en el Cuerpo de Ejército de Santander, encontramos esa misma estrella, entre hojas de laurel, en el sello de su Estado Mayor; por citar sólo el ejemplo más gráfico.

Divisas del Ejército Popular (Imagen tomada de aquí)

Sello del Estado Mayor (tomado de "Días de fuego y Sangre")

En el mismo sentido habría que interpretar el uso de la fórmula EL CAMARADA, ya que, aunque en principio pudiera pensarse en la filiación comunista de los difuntos, no parece que sea así, ya que Pérez Galán, que era teniente en el momento de su fallecimiento, no figura en la lista de oficiales de esa ideología en las distintas unidades republicanas montañesas publicada por J. M. Puente Fernández en su imprescindible "El Guardián de la Revolución. Historia del Partido Comunista en Cantabria 81921-1937" (libro en el que, por cierto, el que sí que sale es mi abuelo Paco, junto a varios de sus hermanos, aunque esa es otra historia). De hecho, aunque en ese listado sí que figuran numerosos mandos comunistas del Batallón 113 (el del otro soldado del que estamos tratando), no hay ninguno que sirviera en el 119, lo que indica que nadie en la oficialidad de ese batallón pertenecía al PCE. El uso del término "camarada", aparte de ser de uso corriente (junto a otros, como "compañero") en otras organizaciones obreras no comunistas, parece haber sido el utilizado para referirse también a los compañeros de armas en el seno del Ejército Popular, como atestiguan numerosos testimonios que pueden rastrearse en la documentación y la prensa de la época (pensemos, además, en el famoso saludo "¡Salud, camarada!").

La hoz y el martillo, el símbolo comunista por excelencia, podría estar, en este caso, representando, más que al PCE, a todas las organizaciones obreras presentes en el Frente Popular (y cuyos miembros nutrían las filas de los batallones gubernamentales desde primera hora, antes de las llamadas a quintas). Porque de tratarse de la opción aparentemente obvia y estar ante un símbolo estrictamente comunista, resultaría muy complicado explicar en las lápidas la presencia, en igualdad de condiciones y tamaño, de la otra figura: el triángulo, un símbolo del republicanismo de izquierdas, la otra pata del bando gubernamental. De origen indudablemente masónico y con una historia que puede rastrearse, en la política española, hasta las primeras décadas del siglo XIX (ahí está la famosa bandera bordada por Mariana Pineda, con un gran triángulo verde sobre fondo morado y las palabras  LIBERTAD IGUALDAD LEY escritas sobre cada uno de los tres lados de esa figura geométrica), el triángulo es uno de los símbolos más utilizados por los republicanos peninsulares (lo que, por otra parte, demuestra la estrechísima relación existente entre masonería y republicanismo por estos lares, todo sea dicho de paso). Un vistazo a los logos de los principales partidos republicanos de los años 30 o a algunas de las alegorías republicanas pintadas a lo largo de la segunda mitad del XIX y las primeras décadas del XX es suficiente para darse cuenta de su importancia en ese ámbito:

Alegoría de la República (1936), por A. Claros (Fotografía tomada de aquí)

Logos del PRRS, IR y ERC

En el caso de Cantabria, incluso contamos con una curiosísima evidencia numismática, ya que en el reverso de las monedas de 1 peseta acuñadas en 1937 por el Consejo Interprovincial de Santander Palencia y Burgos aparece un triángulo, única figura, junto con el escudo de Santander del anverso y la corona de laurel en cuya base está colocada, que las adorna. El responsable de esta acuñación (así como de las de 50 céntimos) fue Domingo José Samperio (al que deben pertenecer las iniciales DS que figuran en el anverso), miembro de Unión Republicana y Consejero de Hacienda en aquel efímero gobierno autónomo montañés, cuya filiación política podría explicar la presencia del triángulo en las monedas (si, además, era masón, lo desconozco).

Moneda acuñada por el Consejo de Santander, Palencia y Burgos (Imagen tomada de aquí)

Llegados a este punto, parece que existen dos posibilidades a la hora de interpretar las lápidas sobre las que estamos tratando: que sean cosa del Partido Comunista y estén dedicadas a dos de sus militantes caídos en combate, algo que, como ya he ido adelantando, me parece poco probable; o que se trate de sendos monumentos funerarios dedicados a la memoria de dos soldados del Ejército del Norte republicano, siguiendo un modelo estandarizado en el que se habrían sustituido los símbolos tradicionales católicos (la cruz, el RIP, etc.) por los de las organizaciones del Frente Popular de izquierdas que formaba el gobierno de la República en guerra y gobernaba, valga la redundancia, en la zona leal a éste (la hoz y el martillo y el triángulo). De ser correcta esta última interpretación, los restos conservados en la colegiata de San Martín de Elines serían los únicos vestigios (al menos que yo conozca) de un tipo de monumento funerario dedicado a la memoria de (algunos de) los combatientes republicanos cántabros, probablemente en uso durante parte de los 13 meses de Guerra Civil en la antigua provincia de Santander y las zonas aledañas de Palencia y Burgos (y León, que siempre nos lo pasamos porque fue muy poco terreno, pero lo fue) bajo su control.


Soldados republicanos del Cuerpo de Ejército de Santander en el sur de Cantabria en 1937 (Fuente: Biblioteca Virtual de Prensa Histórica)

Persisten, naturalmente, algunos interrogantes que no estoy (aún) en condiciones de responder. Uno es el hecho de que sólo conozcamos estas dos lápidas dedicadas a la memoria de estos dos soldados y no otras hechas para los otros muchos que cayeron en aquellos 13 meses, tanto en esa zona del frente de La Lora como en otros lugares. ¿Por qué ellos sí y los demás no? ¿Tuvieron una muerte más heroica que el resto? ¿O es una casualidad? ¿Son monumentos dedicados a la memoria de sus compañeros por parte de sus unidades? ¿O por parte de la 3ª División?  ¿O se trata de monumentos encargados, como parece desprenderse de las dedicatorias, por los familiares de los difuntos, utilizando un modelo estandarizado y autorizado por el ejército? Y el más importante de todos: ¿Están José Manuel y Victoriano enterrados en el interior de la colegiata de San Martín de Elines o su monumento funerario era, en realidad, un cenotafio erigido en su recuerdo? La primera posibilidad me parece la más lógica, aunque creo que no puede descartarse lo segundo. Habrá que seguir investigando (y toda colaboración es, por supuesto, bienvenida).

En cualquier caso y tras una búsqueda no demasiado exhaustiva aunque sí intensa, me parece que no resulta muy aventurado afirmar que nos encontramos ante un testimonio epigráfico excepcional (y que sobrepasa los límites autonómicos, ya que no parece que abunden las lápidas de este tipo: de la época y dedicadas a la memoria de soldados republicanos caídos en combate). De hecho, su excepcionalidad ya llamó la atención a las autoridades franquistas, al poco de tomar la localidad. Esto cuenta en su tesis Rosa Bustamante (que sitúa las lápidas en el centro de un jardincillo, en el claustro) que expresaba al respecto el Consejero de Cultura, en Burgos, en 1937:

"hay dos lápidas de camaradas jóvenes muertos en el presente año con la misma ingenuidad en la dedicación de sus familiares que en todos los tiempos, pero con la particularidad interesantísima de tener como emblemas el triángulo masónico en el borde superior de la izquierda y la hoz y el martillo en el de la derecha"

Vistas las lápidas, toca ahora centrarse en los caídos a los que honran y recuerdan. Aunque es un trabajo complicado y que requeriría de mucho más más tiempo y dedicación de los que están ahora mismo a mi alcance, alguna cosa he podido rastrear sobre ellos.

En una nota necrológica publicada en "El Cantábrico" del 6 de mayo de 1937, puede leerse lo siguiente acerca del fallecimiento de José Manuel Pérez Galán:

"A los veintitrés años de edad, y luchado contra los rebeldes, dio su vida por la república el valeroso teniente de la tercera compañía del batallón 119 José Manuel Pérez Galán, que tomó parte en la operación de Espinosa de Bricias (sic), iniciada el pasado domingo. Era un valiente muchacho que animaba a todos con su presencia en los combates y marchaba delante para dar ejemplo a los suyos (...)"

Y unas páginas más adelante, aparecía su esquela:

Esquela de J. M. Pérez Galán (Fuente: Biblioteca Virtual de Prensa Histórica)

Sabemos pues que se trataba de un joven de Sierrapando, que tenía el rango de teniente, que estaba encuadrado en la tercera compañía del Batallón 119 del Cuerpo de Ejército de Santander y que murió en los primeros compases de la ofensiva republicana que terminó con la toma de Espinosa de Bricia, en mayo de 1937.

Trincheras en los alrededores de Espinosa de Bricia (Fotografía: Miguel Espinosa)

El Batallón 119 (también conocido como Batallón de Aviación "Esteban Bruno", en recuerdo a la figura del piloto republicano fusilado en agosto de 1937 tras un aterrizaje de emergencia en la zona sublevada) está vinculado muy estrechamente a la (controvertida) figura de Eloy Fernández Navamuel, héroe de guerra de primera hora en La Montaña en su condición de aviador, comandante del sector de Mataporquera después y más tarde de la 3ª División del Cuerpo de Ejército de Santander, con sede en Reinosa. Y, además de todo eso, protagonista de una escandalosa renuncia al mando en plena ofensiva enemiga y de una no menos escandalosa huida en avión a Francia (con algunos de sus allegados y colaboradores más cercanos) que le acarreó la condena de sus antiguos camaradas y el oprobio generalizado (y que él justifica en sus memorias, como puede leerse aquí). La unidad se formó con voluntarios relacionados con el campo de aviación de Menaza-Quintanilla de las Torres y siempre tuvo a gala su vinculación con ese arma, como demuestra su apelativo "de Aviación" (tanto que existen testimonios de que, en sus cascos, llevaban pintadas las alas del emblema de la aviación española de la época).

El batallón (siguiendo a M. A. Solla en su recién salido del horno "Días de fuego y sangre. La Batalla de Santander I"), tras la reorganización de abril de 1937, formaba parte de la Brigada nº 8, encuadrada en la mencionada 3ª División. Estaba al mando de Luis de Ulierte (una de las manos derechas de Navamuel) y estaba desplegada en Valderredible, concretamente en Bárcena de Ebro (antes había estado en Reinosa, zona a la que volvería, como unidad de segunda línea, en vísperas de la ofensiva rebelde de agosto del 37). Su historial de combate, en el que destaca, precisamente, la participación en la toma de Espinosa de Bricia el 4 de mayo de 1937, la hizo merecedora de una bandera que le fue entregada, en una solemne ceremonia a la que asistieron las principales autoridades civiles y militares de la Cantabria republicana, en Torrelavega a finales de ese mes. Lo realmente excepcional del asunto es que esa bandera sobrevivió a la contienda (casi con toda seguridad, como botín de guerra) y se conserva en el Museo del Aire de Madrid, cedida por el Museo del Ejército.

Bandera del Batallón 119, conservada en el Museo del Aire (Fotografía tomada de aquí)

En "El Cantábrico" del 6 de mayo, el mismo día que se daba la noticia del fallecimiento de Pérez Galán, el nombre de Victoriano Renedo aparecía en la sección "Buzón de Campaña" como uno de los milicianos (sic) del Batallón 113 que "se encuentran sin novedad" a fecha del 30 de abril. No era la primera vez: en octubre de 1936 ya aparecía en esa misma sección del periódico, lo que indica que, con toda seguridad, su incorporación a filas fue voluntaria y no por quinta. 

Detalle de "Buzón de Campaña". Nótense las estrellas de 5 puntas

Y eso es todo lo que he podido encontrar sobre él. Su muerte tuvo que ocurrir durante una fallida ofensiva republicana sobre Sargentes de la Lora en mayo de 1937. Según cuenta Wifredo Román en el segundo volumen de su magnífica (y muy recomendable) "Combate en la montaña. El frente de Palencia y Cantabria en la Guerra Civil", en la madrugada del 14 de mayo el batallón 113 atacó frontalmente las posiciones nacionalistas que defendían esa localidad (partiendo del "Parapeto de la muerte" e intentando tomar el vital para la defensa "Parapeto de la horca"), mientras los batallones 123  y 131 hacían lo propio por los flancos. Las fortificaciones y las tropas que las guarnecían resistieron, el ataque fracasó y las unidades republicanas volvieron a sus puntos de partida, quedando Sargentes en manos de los sublevados. Pues bien, atendiendo a la fecha del ataque (14 de mayo) y a la participación en él del batallón 113 (al que pertenecía), parece claro que Victoriano Renedo cayó en combate en esa jornada y lugar.

Restos del "Parapeto de la Muerte", frente a Sargentes de la Lora (Fotografía: Miguel Espinosa)


La unidad (según J. Gutiérrez Flores también llamada “Largo Caballero”, lo que le convertiría en el segundo batallón con ese nombre en el Cuerpo de Ejército de Santander, junto al 109) estaba al mando del comandante Ricardo Fernandez Rubinos. En la ya mencionada reorganización de abril del 37, aparece formando parte de la 8ª Brigada, dentro, al igual que el 119, de la 3ª División. Guarnecía un sector del frente de La Lora y tenía su sede en Polientes. 

Bandera del Batallón 113 capturada por miembros del CTV en agosto de 1937

Volviendo a las lápidas y como ya dije más arriba, no es habitual encontrar cosas de este tipo, más allá de las archiconocidas inscripciones de las fachadas de las iglesias dedicadas a "los caídos por Dios y por España" (y encabezadas por José Antonio Primo de Rivera) que los vencedores en la Guerra Civil sembraron por toda la geografía española y las de algunos monumentos conmemorativos de luctuosos hechos puntuales, como sacas y paseos. Sin embargo, en Cantabria contamos con algunas otras que, por sus especiales características, merecen una especial atención. Por ejemplo, la lápida (con sus propios símbolos: la cruz de Malta verde y el escudo central con el Crismón descolocado) dedicada por las juventudes de Acción Católica a sus "mártires" de una parroquia santanderina (y que he conocido el otro día gracias a David Santamaría). O las cruces de los soldados italianos caídos en su avance hacia Santander, durante la batalla homónima, en agosto del 37. O las estelas a la memoria de los aviadores de la Legión Cóndor muertos en actos de servicio y erigidas en el lugar en el que cayeron sus aeronaves. Monumentos que van desapareciendo (los que no lo han hecho ya lo harán en breve, en cuanto se les aplique la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Cantabria, que está al caer) y que sin duda merecen un lugar en un museo, más allá de otras consideraciones.

Estela de aviadores de la Legión Cóndor muertos en Cantabria

Por razones obvias, los monumentos conmemorativos del bando perdedor (que los hubo y para muestra esta entrada) sufrieron su particular damnatio memoriae tras la derrota y desaparecieron, enterrados en la historia, al igual que aquellos a los que estuvieron dedicados. Si todo sale como tiene que salir, en breve los fragmentos de las lápidas de San Martín de Elines recalarán en el MUPAC (tengo que agradecer aquí a su director, Roberto Ontañón, su interés y su intermediación con Patrimonio en este asunto) y quién sabe si terminarán formando parte (ojalá) de la nueva exposición en el nuevo edificio. A la espera de que llegue ese momento, sirvan estas líneas para rescatar del olvido la memoria de dos soldados republicanos cántabros y para mostrar unos testimonios epigráficos tan desconocidos como originales y que tantas cosas nos dicen acerca de una época y unas circunstancias terribles y cada vez más lejanas en el tiempo pero, por desgracia, aún muy presentes en nuestro día a día. Y ya que hablamos de muertos en combate, no puedo terminar esta entrada sin recordar las eternas palabras de Manuel Azaña cuando, en 1938, pedía que se pensara en ellos y se escuchara su lección, "la de esos hombres que han caído magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad, perdón". 

Tomemos nota. Y recordemos siempre a los soldados caídos, independientemente de la bandera bajo la que pelearon y de lo que pensemos de ella, porque la muerte los (y nos) termina igualando a todos.

25 sept. 2019

No estábamos muertos (ni de parranda, por desgracia para nosotros)

Que cada vez resulta más complicado mantener vivo el blog es más que una obviedad: cualquier lector, si es que queda alguno, se habrá dado cuenta de ello. Pero, aunque apenas contemos nada por este canal, no quiere decir que nos hayamos abandonado a la molicie y a la vida regalada (que, bien pensado, tampoco estaría mal, la verdad). Trabajos, hijos y la inexorable vejera (por qué no reconocerlo) tienen la culpa. O al menos una parte: las redes sociales completan el combo mortal anti-blog (aunque yo lleve ya unos cuantos meses con voto de silencio estricto ahí). Pese a todo, nosotros seguimos a lo nuestro, peleando en varios frentes y publicando cosas de vez en cuando. Y precisamente de eso va esta entrada: de contar qué es lo último que ha salido a la luz y avanzar lo que estamos tramando o está en camino de asomar el hocico, negro sobre blanco, en unos meses. 

Asoma la claviculita por debajo de la puerta (un adelanto de lo que está en camino)

Este verano se ha producido lo que podríamos considerar una pequeña lluvia de artículos (no es como la lluvia de albóndigas pero también tiene su cosa). Por orden de antigüedad (aunque no de aparición), hay que empezar por nuestros trabajos en el número XX de la revista de arqueología Sautuola, un especial dedicado, según reza su subtítulo, a "Proyectos de investigación en la arqueología de Cantabria" que lleva fecha de 2015 pero que, por diversos avatares editoriales, ha visto la luz hace un par de meses o así. En ese volumen, más que recomendable por razones tan obvias como la mala salud del blog antes citada, hay un trabajo que condensa las aportaciones del Proyecto Mauranus (ni media vuelta le dimos al título) a la arqueología de la Tardoantigüedad y la Alta Edad Media en Cantabria. Vamos, lo que viene siendo un auto panegírico de manual, de esos que te refuerzan el ego hasta volvértelo de adamantium y te engordan el yo (en este caso, el nosotros) hasta la hipertrofia y más allá. Aunque, cuando lo lees y te paras a pensarlo, tampoco se dice nada en él que no sea cierto, así que tal vez sí que nuestra aportación en ese campo entre 2008 y 2015 (+/- algún año que otro) ha sido la hostia. E si non e vero... En cualquier caso, es mejor que cada cual lo juzgue por sí mismo, así que aquí va el enlace: 


La imagen puede contener: 3 personas, personas sonriendo, personas sentadas
Luciendo la elástica del proyecto en un congreso en Pau, en abril

En el mismo volumen volvemos con uno de nuestros "vicios confesables", las fortificaciones de la Guerra Civil Española en Cantabria (o en una parte de Cantabria), con una puesta al día del estado de la investigación en la costa y la zona oriental (con fecha de 2015, claro, porque la cosa se ha movido bastante desde entonces y ahora sabemos y conocemos el percal bastante más y mejor). En este caso, nuestras augustas personas van de la mano de Manu Castro, David Blanco y Borja Gómez-Bedia, compañeros de (ligeras) fatigas y a pesar de ello amigos, algo que no solo no desmerece el producto final sino que lo mejora de forma significativa (o no, a saber; pero ya es tarde para arrepentirse). Se puede descargar aquí:


Uno de los nidos de ametralladoras inéditos (o casi) de la Línea del Asón

Y aprovechando que la Guerra Civil pasa por Cantabria, cuelo en este punto una tribuna de opinión (en formato "foto hecha con el móvil al periódico", porque soy así de cutre) que me publicó el Diario Montañés el 25 del mes pasado (día de San Ginés, Colindres über alles, ¡mecagüen...!), acerca del tan cautivador como desconocido "Cinturón de Santander", un tema que seguro dará que hablar en un futuro no muy lejano. Como lo hará (bueno, ya lo ha hecho desde su fantasmagórica primera aparición, allá por junio) ese etéreo ente aún no bien definido ni en forma ni en fondo llamado FreSa (Frente de Santander).


De vuelta al Sautuola XX, nuestras aportaciones se cierran con un artículo de Enrique, en solitario esta vez, sobre el tema del que sin duda sabe más que nadie: la génesis y evolución del cementerio medieval en Cantabria. Un nuevo "must read" sobre el asunto al alcance de un click: 


Frigotumbas altomedievales en San Miguel de Aguayo, hace mucho tiempo

Aunque no recuerdo haberlo contado por este medio, el verano pasado (el de 2018) participamos en el congreso internacional 1300 Aniversario del Origen del Reino de Asturias. Del Fin de la Antigüedad Tardía a la Alta Edad Media en la Península Ibérica (celebrado en Oviedo y organizado por APIAA) con una comunicación sobre la que siempre será nuestra "niña bonita", Riocueva. Un resumen de lo que hemos hecho hasta ahora y alguna otra cosilla que hemos deslizado al final, ampliando el foco y metiéndonos, quizá, en un pequeño gran jardín (como ya tuve ocasión de comprobar en la propia presentación, por cierto). El artículo forma parte del último número de Anejos de Nailos (el 5, para ser exactos) y éste es su enlace:


La imagen puede contener: una o varias personas, exterior e interior
Trabajos en Riocueva, en la noche de los tiempos, o casi, también

Y last but not least, tirando de muletilla tan manida como pedante, en un requiebro no demasiado arriesgado volvemos a Sautuola, solo que esta vez al número XXI, para presentar el que sí que es, hasta la fecha, nuestro último trabajo editado (con el paraguas de AGGER esta vez, para no dejar a ninguna de nuestras criaturas huérfana de publicaciones, y firmado por Enrique y por mí). Se trata de un pequeño artículo acerca de la historia de la investigación sobre Monte Bernorio y del desconocido e importante papel jugado en ella por Ángel de los Ríos, el tan amado por Enrique "Sordo de Proaño", pionero en tantas cosas y una de las figuras más insignes de la historiografía y la arqueología montañesas (además de un personaje de novela, como dejó más que claro Pereda en "Peñas arriba"). Realmente llama la atención la clarividencia del tipo y cómo, de su mano mayor, adelantó muchas de las cosas que hoy en día estamos proponiendo algunos investigadores con el apoyo de la arqueología. Nada mejor que leernos para comprobarlo:


Amurallamiento del castellum romano de Monte Bernorio

Esto en cuanto a lo publicado y colgado en la red. Cocinados y a la espera de ver la luz (sine die aún y, presumiblemente, de forma escalonada) tenemos, que recuerde ahora, un espectacular revuelto de broches damasquinados con infusión de misterio misterioso, una nueva reducción de Riocueva al Mauranus y un aire de asedio romano con pétalos de tesoro y chispas de poliorcética astur del que ya se ha dado un avance y que, por esas míticas causas ajenas a nuestra (y, suponemos que, su) voluntad, ya se está retrasando demasiado; aunque acaban de comunicarnos que falta tirando a poco (según se mire lo del poco, claro).  

En lo inmediato, estamos ultimando la presentación sobre La Cabaña (¡legionarios, legionarios everywhere!) que llevamos, vestidos de AGGER, de nuevo, y junto a Rafa Bolado, en un par de semanas al congreso internacional La Violencia en la Historia, que organiza Zamora Protohistórica en Salamanca y en la que pasamos de Augusto a Mussolini y de los romanos legítimos y acreditados del primero a los neo-romanos fascistas del segundo en un abrir y cerrar de ojos. 

Tarjeta de propaganda italiana de la Guerra Civil, con legionarios romano y mussoliniano

El mismo Rafa Bolado, por cierto, que nos ha fichado a Enrique y a mí como co-directores (esa figura tan absolutamente molona) para su proyecto El Uso de las Cuevas Durante la Edad del Hierro en Cantabria, una traslación del "Método Mauranus" al final de la Protohistoria en ambientes subterráneos y que promete mucho y bueno (por activa o por descarte, eso ya se verá) en los próximos meses. De momento ya ha conseguido hacernos un going underground (dos, en mi caso, el primero al límite de la vida y la cordura, su puta madre) que reíos del de los Jam... Y hablando de fichajes, si quisiera fardar aquí y ahora os hablaría en este punto de otra oferta (más que aceptada, por supuesto) de colaboración en un proyecto que pinta mucho más mejor que bien y que parece llamado a marcar un antes y un después en un tema que nos apasiona. Pero, tirando de nuestra proverbial modestia, no diré nada al respecto. Todo llegará. Igual que llegará (o eso parece) en cuestión de días una salida de campo y campamento por esos montes dejados de la mano de Júpiter donde, junto a Eduardo Peralta, seguimos sacando a la luz uno de los conjuntos militares de campaña romanos más espectaculares de la Península (y del mundo, diría yo, ya puestos a tirarnos el rollo, aunque sea rigurosamente cierto).

Con Rafa Bolado en El Covarón, a 1.000 o 2.000 grados centígrados, jugándonos el tipo 

Por lo demás, bien. Seguimos vivos y dando guerra, que no es poco a estas alturas. Yo voy con lo mío, piano piano, aunque me temo que me va a caer encima todo el peso de los plazos de la administración y tendré que reinventarme para poder ser doctor algún día. Aunque confío en un repentino golpe de suerte y no voy a adelantar acontecimientos. Los dioses proveerán. O no. A saber. 

En cuanto al blog, vuelvo a hacer propósito de enmienda e intentaré mantenerlo vivo, aunque no prometo nada. Un poco de suspense nunca viene mal.

4 feb. 2019

Septem!

El viernes pasado, 1 de febrero de 2019, tuvo lugar en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC) un acto de homenaje a nuestro querido amigo (y colaborador ocasional del blog, donde redactó la que es, sin ningún género de duda, la mejor entrada de su historia) Alberto Gómez Castanedo, fallecido en julio de 2015. Durante el transcurso del mismo se presentó el libro Septem! Homenaje a Alberto Gómez Castanedo, un volumen de 304 páginas, con 21 artículos firmados por más de una treintena de investigadores en distintos campos (prehistoria, arqueología, historia, paleontología, antropología...) coordinado por los dos responsables de este blog y Rafael Bolado del Castillo (vamos, por los miembros de AGGER, aunque eso sea sólo una casualidad en este caso) y editado por la Federación de Asociaciones para la Defensa del Patrimonio Cultural y Natural de Cantabria (ACANTO). Un libro que, por cierto, se abre con un trabajo póstumo del propio Alberto, escrito en colaboración con José Yravedra, Jesús Emilio González Urquijo y Manuel Domínguez Rodrigo, titulado "Creatividad, innovación y la primera tecnología humana", y que se puede descargar completo en PDF tanto en la web de Acanto (enlazada más arriba) como en nuestros perfiles de Academia.edu y ResearchGate (aquí o aquí, tanto da).


Fue un homenaje sencillo, conducido por Enrique y en el que, ante el buen puñado de amigos y colegas que se dio cita en el museo, intervinimos algunos de los presentes para recordar la figura (en todos los sentidos) de nuestro compañero y comentar algunas cosas acerca del libro y del propio acto. Resultaron especialmente emotivas las palabras de José Yravedra (contando, entre otras muchas cosas, cómo el equipo que dirige Manuel Domínguez Rodrigo en Tanzania ha bautizado con el nombre de Alberto, AGS o "Alberto Gómez Site", un nuevo yacimiento en la garganta de Olduvai que sin duda va a dar mucho que hablar sobre el origen de la especie humana) y de Raul García Vigil "Ruli", su amigo inseparable y sin duda la persona que más y mejor le conoció en la última etapa de su vida. Virgilio Fernández Acebo habló en nombre de ACANTO, sustituyendo a su presidente, Mariano Luis "Alís" Serna (viejo amigo de Alberto, por cierto), que no pudo asistir por enfermedad, y leyendo unas palabras escritas por éste para la ocasión. Y a mí, básicamente, me tocó dar las gracias (a los presentes, a los autores, a los editores, al MUPAC y, en suma, a todos aquellos que de alguna u otra manera han tenido algo que ver con el homenaje) en nombre de la tríada organizadora de todo el asunto (Rafa se escaqueó cucamente de hablar, por cierto).


Han pasado más de dos años y medio desde que decidimos que Berto se merecía algo así y que no íbamos a esperar a que nadie diera el paso, sino que lo íbamos a hacer nosotros mismos. No voy a decir que ha sido un camino de rosas, porque mentiría, pero creo sinceramente que el resultado final ha merecido mucho la pena (y que compensa algún que otro mal rato pasado). Yo ya dije el otro día que aposté desde el primer momento por el formato electrónico pero no pude convencer a mis dos compañeros de viaje y sus dos votos pesaron más que el mío (¡maldita democracia!). Y también (y lo repito ahora) que me la tengo que envainar porque el libro es una pasada. Es un libro precioso, tanto por dentro (eso lo hubiera sido en cualquier caso) como también por fuera, con un diseño espectacular y que sorprende y llama la atención (para bien) de todo el que lo ve (mérito de Enrique, por cierto, que es quien ha llevado el peso de prácticamente toda esa fase del trabajo y de alguna otra también). Y que encima encierra un guiño muy personal en el título y un mensaje simbólico realmente bonito en la imagen de portada, como tuvimos ocasión de contar en el MUPAC. En ese resultado final tangible también ha sido fundamental el empeño personal de Alís y, por extensión, de la directiva de ACANTO, algo en lo que hay que insistir siempre que haya ocasión. 

Alberto fue una persona muy especial. Todos los que le conocimos lo sabemos y precisamente por eso, por haber sido tan especial, no creo que ninguno le olvidemos nunca. Ahora, gracias a este libro y, sobre todo, a ese yacimiento tanzano que lleva su nombre, nadie, ni siquiera quienes no tuvieron la suerte de tratar con él, lo hará. Berto ya es, a su manera, inmortal. Como persona y como investigador, que no es poca cosa. Podría contar mil anécdotas y otras tantas historias con él de protagonista, como cuando casi se pega delante de mi puerta con mi vecino Victoriano (espero que hayan hecho las paces en el más allá) o como cuando engañó durante semanas prácticamente a todos sus contactos del Facebook haciéndoles creer que estaba de ruta por los USA (ah, su queridísima e infinita "Frontera"...) y no había salido de Pedreña en realidad; por mencionar sólo dos de las que recuerdo con más cariño (la primera también, sí, que tuvo mucha gracia). Pero no lo haré. Tiempo habrá de ello, que tenemos en nuestro poder un material audiovisual muy bueno y es justo y necesario (en verdad lo es, como en misa) hacer algo ídem con él. Hoy me limitaré a terminar con una única palabra que él mejor que nadie entenderá y con una imagen mítica de cuando fuimos reyes, con todo el Grupo Arqueológico ATTICA de inicios del milenio al completo:

Septem!


Hasta siempre, amigo.

22 nov. 2018

Arqueometría de los materiales cerámicos de época medieval en España

Nos comentan que ha salido el último número de Documentos de Arqueología Medieval, un especial dedicado a la arqueometría de los materiales cerámicos de época medieval en España. Coordinado por Francesca Grassi y Juan Antonio Quirós, cuenta con la participación de 35 autores (Miriam Cubas entre ellos) y se estructura en 14 artículos en los que hay un poco de todo, como en botica.

Nosotros no participamos, pero es un tema muy interesante y que merece atención, así que lo contamos aquí por si alguno de nuestros ya escasos lectores (culpa nuestra, cierto) está en estos asuntos o simplemente quiere echarle un ojo.



Y podrá echárselo fácilmente porque el libro puede descargarse gratis en PDF en este enlace (pinchando en "descárgalo"). Sería muy interesante que esta edición no fuese un caso aislado y en un futuro no muy lejano pudiéramos tener todos los DAC, antiguos y nuevos, con acceso abierto. Esperemos que sea así.

30 ago. 2018

Campamentos y banderas

Esta semana, Enrique y yo hemos participado como conferenciantes en la Semana Cultural de la edición de 2018 de la fiesta de Las Guerras Cántabras, en Los Corrales de Buelna. Él lo hizo el lunes, con una charla sobre la intervención arqueológica que llevamos a cabo en 2016 en el campamento romano -y escenario de combates durante la Batalla de Santander, en agosto del 37- de La Cabaña (Castañeda-Puente Viesgo) y su posible relación con el desembarco de tropas romanas en la costa cántabra en el año 25 a. de C. Y yo al día siguiente, hablando sobre la historia del lábaro cántabro, desde su origen hasta nuestros días, aunque centrándome en el periodo comprendido entre 1639 y 1979 (que ya son años, por cierto, para ser una cosa "de antes de ayer").

La imagen puede contener: 4 personas, personas sonriendo, personas de pie

La verdad es que la respuesta del público ha sido muy buena en ambos casos, con un salón lleno de un público "transversal" -formado por gente de todo tipo, pelaje y edades, incluyendo, para gran alegría de todos, algunos niños curiosos y atentos- y muchas preguntas al final (aunque se hayan quedado fuera de los vídeos). Y, en general, creo que ambas conferencias han gustado -e incluso sorprendido- bastante.

La imagen puede contener: una persona, interior

La experiencia ha sido muy buena, así que no está de más dar aquí las gracias a la organización de las fiestas y, especialmente, a Lino Mantecón y Javier Marcos, los asesores históricos del evento, por habernos invitado. En mi caso y aunque no era lo que tenía en mente en un principio, preparar la charla me ha servido para avanzar un poco más -o un mucho, ya veremos- en la cada vez más fascinante historia de este símbolo (y de otros que están, mal que les pese a algunos, asociados a él). Y para embarcarme en un estudio a medio-largo plazo de algunas banderas históricas de Cantabria, que haberlas haylas y muy buenas. Y puede que también haya servido como impulso para un (ya viejo) proyecto que tenemos empantanado desde hace tiempo y que nos va a hacer ricos y famosos. En realidad no, pero suena bien.

Hasta aquí lo subjetivo. Ahora, los enlaces a los vídeos de las charlas para que quien tenga un par de ratos que gastar viéndolos pueda juzgar por sí mismo. Primero la de Enrique (en la que hubo un problemilla con el micro, como apreciaréis enseguida por el desfase entre imagen y sonido, aunque se escucha perfectamente subiendo un poco el volumen):

Tras las huellas del desembarco. El campamento romano de La Cabaña, un  nuevo escenario del Bellum Cantabricum

Y luego la mía:

La fascinante historia del Lábaro Cántabro

Esperamos que os gusten.


11 jul. 2018

Riocueva se va de congreso

Pues eso. Que el próximo viernes 13 (en principio sin máscara de hockey ni machete), Riocueva estará en el Congreso Internacional "Del fin de la Antigüedad Tardía a la Alta Edad Media en la Península Ibérica (650-900)", dentro de los fastos por el 1300 aniversario de la rebelión de Pelayo y, por eso mismo, del origen del Reino de Asturias. Nuestra comunicación, que lleva por título "Riocueva, una cueva sepulcral de época visigoda (s. VII-VIII) en la zona costera de Cantabria", está prevista a las 11:10 de la mañana, si el horario se cumple sin retrasos.

El encuentro, que comienza mañana y está organizado por APIAA, tendrá lugar en el Museo Arqueológico de Asturias y contará con la participación de un buen número de investigadores de estos momentos tan apasionantes de la historia peninsular. Y entre ellos, como no podía ser de otra forma (o sí, pero ya da igual), estaremos nosotros contando cosas sobre nuestra niña bonita subterránea, lo que hemos hecho allí (y con sus cosas) desde 2010 y lo que vamos aprendiendo con su estudio, que no es poco.




Lo que llevamos, básicamente, es lo que pone en el resumen que mandamos para el programa oficial. Es decir, esto:

"Los trabajos arqueológicos llevados a cabo en Riocueva (Hoznayo, Cantabria) entre los años 2010 y 2016 están permitiendo conocer un interesante contexto sepulcral en cueva de época visigoda. Aunque sólo se ha excavado un tercio del yacimiento, gracias a la información obtenida en las distintas campañas arqueológicas podemos reconstruir con bastante fiabilidad las principales características de su uso funerario en uno o varios momentos entre la segunda mitad del siglo VII y mediados del VIII. Fechas en las que en una zona interior –y de acceso complicado- de la cavidad se depositaron los cadáveres de varios individuos jóvenes acompañados de un importante conjunto de objetos, tanto relacionados con el atuendo y el adorno personal como de uso cotidiano: anillos, al menos una guarnición de cinturón, pendientes, cuentas de collar, husos, cuchillos, recipientes cerámicos, metálicos y de vidrio… El estudio de estos y otros materiales presentes en el yacimiento, así como el de los restos humanos, está ofreciendo una valiosa información acerca de este tipo peculiar de enterramientos, que cuenta con buenos paralelos tanto en su entorno geográfico más cercano -casos de las cuevas de La Garma y Las Penas, por ejemplo- como en otras zonas de la Península alejadas de la región cantábrica. Resulta especialmente interesante a este respecto la identificación de algunos comportamientos post-sepulcrales muy llamativos, como la destrucción y quema de parte de los restos humanos y la quema de grano junto a los cuerpos; prácticas ambas completamente ausentes en las necrópolis cántabras contemporáneas, con las que existen además otras marcadas diferencias. Paradójicamente, el trabajo en este yacimiento sepulcral -y en otros similares- está suponiendo un avance significativo en el conocimiento de algunos aspectos de la vida diaria -cultivos, paleodietas, cabaña ganadera, trabajo textil, explotación del bosque, etc.- de las comunidades a las que pertenecían los enterrados en esas cuevas cántabras; compensando de esta forma la ausencia en la región de contextos de hábitat conocidos en los que obtener ese tipo de datos."

Obviamente, mola más verlo, con sus santos a todo color, como éste de abajo, pero no podemos poner la presentación aquí. Y no tengo ni idea de si se va a grabar o no (y de si, en caso de que se haga, luego no se va a colgar en la red, como ha pasado no hace mucho en algún otro sarao de este tipo muy cerca de donde escribo).




Presentar Riocueva en un congreso siempre es un motivo de orgullo y satisfacción, que diría aquel rey tan campechano que tuvimos. Hacerlo en un marco como éste, en el que se hablará sobre ese momento (siglos VII-VIII) hasta hace cuatro días tan poco (o nada) conocido arqueológicamente por estas latitudes, mejorará sin duda la experiencia. Y si tenemos en cuenta que vamos a hablar de nuestra interpretación de las cuevas sepulcrales de época visigoda en un sitio, Asturias, donde manejan otra con la que no estamos en absoluto de acuerdo (los enterramientos aristocráticos o de las elites norteñas peninsulares), el tema tiene un plus de morbo que lo hace mucho más atractivo. A ver qué pasa...