25 mar. 2020

El reino imposible

En octubre del año pasado (2019 o, mejor, 1 a. C., antes del Confinamiento) Ediciones B puso a la venta la tercera novela de Yeyo Balbás, "El reino imposible". En esta ocasión, el autor de "Pax Romana" y "Pan y circo" abandona la Roma de Augusto (y la Cantabria que se le enfrentó) y aterriza (y de qué forma) a finales de la época visigoda, en los primeros años de la que, nunca me cansaré de repetirlo, me parece la centuria más fascinante de la Edad Media hispana (o del final de la Tardoantigüedad, si se prefiere): el siglo VIII.

Como ocurriera en su primer libro, Cantabria vuelve a estar muy presente en la obra (significativamente, al principio y al final), ya que su protagonista es Fruela, hijo de Pedro, el Dux visigodo (que no duque, tal y como lo entendemos hoy en día) de esa provincia (probablemente mucho mayor que la Cantabria de época romana y, por supuestísimo, que la actual comunidad autónoma) y hermano del que será tercer rey de Asturia(s) (o de Cangas, según gustos), Alfonso.


Como ya existen unas cuantas reseñas por ahí, no voy a entretenerme demasiado con la trama (y así no hago spoilers), más allá de contar que en sus páginas asistimos (en primera fila e incluso, en ocasiones, entre bastidores) a la descomposición del reino de Toledo por causa de las luchas dinásticas y a su completa destrucción a manos de los invasores árabo-bereberes. Hasta ahí, nada que se salga de lo esperable en una novela histórica ambientada en esos años. Sin embargo, hay un par de cosas ("valores añadidos" de esos que les gustan tanto a los titulados en empresas y económicas que dirigen el mundo en estos tiempos que nos ha tocado vivir) que, en mi opinión, le dan a esta obra un importante plus. En primer lugar, su credibilidad: está tan sumamente bien ambientada y documentada que cualquiera que conozca un poco el siglo VIII peninsular no encontrará motivos para quejarse en ese aspecto (y tener que hacerlo es algo que, al menos a mí, me quema mucho como lector). Y en segundo, su personaje principal, una especie de primo cabroncete de Uhtred de Bebbamburg, capaz de ser un auténtico hijo de puta cuando la ocasión lo requiere (como, por otra parte, haría cualquier noble de la época, para qué engañarnos) pero con el que se empatiza rápido (o al menos yo lo hice las dos veces que leí la novela, la primera por "obligación" y la segunda ya por devoción pura y dura). Y por cuyas manos (y nunca mejor dicho) pasará el destino de Hispania. Intrigas, batallas, muchos personajes de todo pelaje y condición y mucha mucha información (militar, política, cultural, religiosa, material...) sobre la época intercalada en el texto completan un conjunto que me parece muy recomendable y que, por eso mismo, recomiendo, valga la redundancia. Y para haceros una idea y comprobar que no miento podéis leer un fragmento aquí.

Y que conste que no lo hago porque su autor me haya regalado una dedicatoria tan "espectachular" como ésta que podéis ver aquí abajo, con guiño (que también lo hay en el relato) a los muertos de las cuevas. Nada de eso, aunque mola todo.


Lamentablemente, estos aciagos momentos que nos han tocado vivir hacen que sea imposible conseguir un ejemplar físico, así que si lo queréis tendréis que pedirlo (lo venden en todas las librerías con página en la red). Yo no soy muy amigo de hacer trabajar a los repartidores en estas circunstancias más allá de lo estrictamente necesario, así que os recomendaría que lo pillarais en formato digital (que no es lo mismo, lo sé, pero así están pinados los bolos ahora mismo) o esperaseis a comprarlo cuando todo esto pase y se pueda volver a las librerías. Pero eso ya es cosa de cada cual.

5 ene. 2020

El oro de La Hermida

Como es época de regalos, qué mejor manera de celebrarlo que con uno. Y si es de los que tienen ese brillo dorado que tanto nos fascina a los humanos desde que alguno de nuestros más remotos antepasados vio una pepita de oro semienterrada en la arena de un río, mejor. La pena es que, en este caso, ese brillo se apagó hace ya muchos años y no parece que vaya a volver a iluminarnos. Aunque, quién sabe. También es época de milagros... En fin, vayamos al lío.


El tesorillo -o tesoro o como queramos llamarlo- de La Hermida es uno de los clásicos de la arqueología tardoantigua/altomedieval en Cantabria. Se trató del hallazgo casual, por parte de unos obreros que trabajaban en la carretera que va de La Hermida a Potes, de un conjunto de monedas de oro y dos broches de cinturón de época visigoda. Las primeras (alrededor de quince) eran tremises visigodos del siglo VI, acuñados a nombre del emperador bizantino Justino II (a cuyas monedas oficiales imitaban) y del rey godo Leovigildo (el reconquistador de Cantabria para Toledo, como todo el mundo que lea este blog debería conocer a estas alturas). De los segundos nada se sabe, más allá de que eran de bronce. Y no se sabe porque tanto los unos como las otras llevan ya, para nuestra desgracia, muchas décadas desaparecidos. Aun así y dentro de lo malo, los numismáticos tuvieron más suerte que los interesados por la toréutica hispanovisigoda, ya que mientras todo el mundo pasó olímpicamente de las "hebillas", algunas de las monedas fueron estudiadas y publicadas e incluso se conservan sendos moldes en yeso de dos de ellas, que fueron presentadas a miembros de la Real Academia de la Historia por E. Jusué, el primer investigador que las documentó.


Moldes en yeso de dos de las monedas (imagen sacada de aquí)

Además, una de las monedas, donada por el ingeniero Guillermo de Garnica, llegó a depositarse en una institución: el Museo de Santander, germen de lo que, andando el tiempo, sería el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria. Lamentablemente y pese a ello, siguió el mismo camino que sus compañeras, ya que está en paradero desconocido desde no se sabe cuándo. O al menos no lo sé yo, que ni en el MUPAC ni en el MAS (los "hijos" de aquella primera institución museística cántabra) la he visto ni he encontrado a nadie que pueda darme razón de ella (aunque consta que, cuando F. Mateu y Llopis escribió sus "Hallazgos monetarios III", en 1944, seguía allí, así que no puede echársele la culpa en este caso a la muy socorrida, para estos menesteres, Guerra Civil). Así que si alguien sabe algo y es tan amable...




Recreación de dos de las monedas de La Hermida con otras del mismo tipo (en Apocalipsis. El ciclo histórico de Beato de Liébana)

Hace años, cuando hice mi TFM sobre el uso de las cuevas en época visigoda en Cantabria, propuse una nueva interpretación para el hallazgo. Guiado por lo que contaba Maza Solano (la aparición, según él, habría tenido lugar en las obras de una cantera) y por algún testimonio (ahora sé que nada fiable) oído por estas orejas a principios de los dosmiles y que aseguraba que el origen del tesorillo estaba en una cueva, planteé la posibilidad de que las monedas hubieran sido halladas al destruir la cantera alguna covacha en la que habrían sido ocultadas. Como da la casualidad de que, en el sitio señalado, hay una cantera abandonada y en su frente, colgadas, se abren varias bocas de pequeñas cavidades, la cosa parecía cuadrar. Pero no. Como sucede en  algunas ocasiones, aunque estaba bien contado no era cierto. Qué le vamos a hacer.

Vista (cortesía de Google Earth) del aspecto de la cantera, con las covachas que asoman en el corte

Y es por eso que hoy toca envainársela públicamente y, de paso, traer aquí un interesante testimonio periodístico de la época poco -o más bien nada- conocido. Se trata del relato que hizo del hallazgo el diario El Cantábrico (fuente casi inagotable de recursos para tantas cosas...) del día 12 de noviembre de 1910, con todos los pelos y señales que su autor, cuya identidad desconozco, pudo reunir y que no fueron pocos. En él, que transcribo de forma literal inmediatamente debajo de su imagen, queda bastante claro cuáles fueron las circunstancias del hallazgo, cuál la suerte de las monedas y cuál la desidia de las autoridades para con ellas. Bueno, eso último sólo se intuye, porque ocurrió -o, mejor, no ocurrió- después. 




"UN HALLAZGO INTERESANTE

Hace tiempo que tuvimos noticia, confirmada ayer por testimonios que no nos dejan lugar a la menor duda, de un interesantísimo hallazgo histórico en esta provincia, hallazgo al que no se ha dado la publicidad merecida y al que no ha considerado todavía como corresponde a su gran valor científico.

Con motivo de los argayos o corrimientos de tierras ocurridos en gran número sobre las carreteras de la región lebaniega en el pasado año, y hallándose varios obreros ocupados en librar de uno de esos desprendimientos del terreno un trozo de carretera en la que va a la villa de Potes desde el balneario de la Hermida, a poca distancia de este punto, advirtió alguno de los trabajadores, con no poca sorpresa, una monedita de oro entre la tierra que había cogido en la pala para tirarla al río.

Recogida y examinada la moneda, que era muy antigua, pero clara y manifiestamente de oro, buscaron ya los obreros con más cuidado entre el montón de tierra y pedruscos que espalaban para limpiar la carretera, y su sorpresa fue en aumento al hallar nuevas monedas, casi todas idénticas a la primera, y todas de oro, y algunas otras cosas, entre las cuales llamó su atención un broche o especie de hebilla, de bronce, muy fuerte, también de extraña y antigua forma y factura. La noticia llegó a oídos de personas instruidas, que recogieron y examinaron varias de las monedas halladas, las cuales eran del tiempo de Leovigildo, con el busto de aquel rey visigodo, muy bien conservadas, pero con una acuñación defectuosa, como corresponde al estado de las artes en la lejana época a que pertenecen.

Según  nos han informado, alguna de esas monedas ha sido remitida a Madrid, a algún Centro científico, con la noticia del curioso y extraño hallazgo; pero en Madrid, a lo que parece, han dudado de la veracidad del caso y de la autenticidad de las monedas, por haber sido muchos los que se han dedicado a dar timos, comerciales y científicos, con estas cosas viejas que pueden tener valor histórico y valor material en el mercado de antigüedades. Naturalmente, desconociendo la verdad absoluta del hallazgo, han desconfiado de la verdad de lo que se les enviaba. Sin embargo, es lástima que no se haya tomado la molestia algún Centro científico de practicar una información, para la cual todavía se está muy a tiempo, y el caso nos parece que merece la pena.

No es difícil ir a la Hermida y llegar pronto al lugar del hallazgo. En los pueblos inmediatos, en cualquiera de las tabernas que frecuentan los trabajadores, se hallarán noticias exactas de lo que queda referido y se podrá adquirir todavía alguna de esas curiosas moneditas de oro, que hasta hace poco se han vendido por los trabajadores en precios varios, que oscilaron entre cuatro y siete pesetas. Nosotros conocemos varias personas que las han adquirido así.

Además, como no se ha advertido la presencia de las monedas hasta después de estar trabajando bastante tiempo en el desescombro o limpieza del argayo caído sobre la carretera, y como se arrojaron al río grandes cantidades de tierra, es de creer que en el fondo del río, por aquel punto, pueda hallarse alguna pieza más, así como también entre la tierra del corrimiento que no llegó a caer a la carretera, pues los trabajadores dicen que hallaron unas en la superficie del desprendimiento y otras muy debajo, lo que hace suponer que las monedas y los broches, con algo más que hubiera, procedía de lo alto del monte, donde se inició el desprendimiento. ¿Tanto costaría intentar un reconocimiento concienzudo y escrupuloso de aquel terreno? Siendo todo esto cierto, como es, pues puede probarse de modo indudable, ¿no es interesante averiguar si en lo alto de aquella parte de la sierra pudo enterrarse en tiempo remoto, al aproximarse los árabes, o por cualquier otro motivo de guerra, algún arcón o depósito de monedas y efectos varios, que se deshizo con la acción del tiempo, y al cual pertenecieron esas piezas de oro halladas en la carretera de la Hermida por efecto de un desprendimiento de tierras venido de la cumbre?

Doctores tiene... la Ciencia que pueden decir y hacer lo que crean conveniente, mientras los profanos nos limitamos a contar el caso y a lamentar que, aunque sea sin sujeción a mandatos de sabios de oficio, no se realice en serio una investigación cuidadosa para intentar hallar la procedencia de las monedas bajadas a la carretera entre las tierras de un argayo; ya que sería estúpido suponer que hayan sido colocadas allí con fines particulares por una mano desconocida, puesto que no son ni pueden ser objeto de negocio ni de vanidad para persona alguna, habiéndolas encontrado humildes trabajadores de aquellos pueblos."


Y hasta ahí podemos leer, que diría Mayra Gómez Kemp (en este caso, básicamente, porque no hay más). Creo que el testimonio es excepcional y viene a ofrecer algunos interesantes detalles acerca de las circunstancias del hallazgo que no estaban nada claros. En justicia, hay que señalar que cuando el periodista se lamentaba amargamente de la desatención académica hacia el hallazgo, hacía ya dos semanas que Jusué había mandado su informe al Boletín de la Real Academia de la Historia (lo de culpar a las instituciones, con razón o sin ella, de todos los males que aquejan al Patrimonio es casi un atavismo, por lo que ve). Por tanto, en ese aspecto concreto, la información de El Cantábrico no era todo lo rigurosa que debiera, aunque creo que ese detalle no le resta valor al documento.

Para terminar y volviendo al hallazgo, lo cierto es que no sabemos qué diantres pintaban esos tremises y esos broches en lo alto -o en la ladera- de esa peña. Dudo mucho que, como escribió Jusué (1910: 487) en un alarde de algo parecido a ese "sano regionalismo" tan del gusto de algunos tiempo después, fuesen "propiedad de algún magnate o jefe godo de los que, en la hoy provincia de Santander, organizaban las huestes cántabro-godas que, desde los primeros días de la reconquista hasta la toma de Granada, defendieron la independencia de la patria y pelearon por el triunfo de nuestra religión sacrosanta, y como en tiempo de los romanos antes y en la guerra contra los franceses después, asombraron al mundo con sus proezas". Lo poco que sabemos del conjunto apunta a una fecha bastante anterior a esa de comienzos del siglo VIII, de hacia la segunda mitad del siglo VI. Hasta no hace mucho, la idea generalizada y dominante era que la presencia de materiales hispanovisigodos al norte de la Cordillera era poco menos que imposible, dada la presunta sempiterna independencia de unos cántabros arriscados y montaraces -así, como de esa Edad del Hierro asalvajada tan del gusto de algunos y que, aparte de ser más falsa que un solidus de madera, no es más que la prueba de la asunción acrítica del estereotipo faltón creado por los romanos para describir a los pueblos del Norte peninsular- impermeables a todo tipo de influencias externas. Y por eso mismo se solía relacionar (ya que las acuñaciones lo ponían a huevo) con la campaña de Leovigildo contra cantabria de 574. Hoy el panorama ha cambiado bastante (mal que les siga pesando a algunos) y no resultaría complicado explicar la presencia -y el uso- de moneda hispanovisigoda en Peñarrubia  (o cualquier otra parte de Cantabria) en el siglo VI, igual que en (casi) cualquier otra parte de la Península. En cualquier caso y al margen de consideraciones políticas o de pertenencia, el oro, acuñado o no, es oro y vale lo que vale. Es decir, mucho. Y el de La Hermida, para la historia de Cantabria, aún más. Así que habrá que ponerse a buscar alguna de las monedas perdidas un mes de estos.