31 ago. 2017

Frente Norte 1937

Durante este mes de Agosto que termina ha tenido lugar en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MVPAC), en Santander, un ciclo de charlas sobre distintos aspectos del Frente del Norte durante la Guerra Civil Española, organizado por la propia institución (y, por elevación, por la Consejería de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria de la que depende) y coordinado por su director, Roberto Ontañón, y quien esto escribe. 

El cartel del ciclo, diseñado por Enrique a partir de un original de época. Una joyita de manos de la otra mitad del Proyecto Mauranus

Todos los viernes hemos pasado por la sala de conferencias del museo distintos investigadores (Fernando Obregón, Manuel Castro, Ramón Duarte, José Ángel Brena y yo mismo) para hablar, sobre todo aunque no sólo, de algunos de los restos materiales de ese frente que aún perduran en Vizcaya, Álava, Cantabria, Burgos, Asturias y León. Durante tres de ellos también se han realizado visitas gratuitas (para los asistentes) al refugio antiaéreo de la entonces Plaza de Mariana Pineda y hoy Plaza del Príncipe, merced a la colaboración del Ayuntamiento de Santander. Y, como guinda, el sábado 26 unas 25 personas nos acercamos a ver los restos de las baterías de costa de Cabo Mayor y La Telegrafía, en el litoral norte de la ciudad.

Aspecto del exterior de la sala en la jornada inaugural

Imagen de la visita a las baterías costeras. En este caso, a la casamata de artillería de Cabo Mayor

La idea que estuvo detrás del ciclo fue evitar que el 80 aniversario de los combates en la zona norte de España y, especialmente, de la Batalla de Santander, pasase por Cantabria sin pena ni gloria; como lamentablemente hubiese ocurrido de no habernos puesto manos a la obra (suena pretencioso, lo sé, pero es así). En ese sentido puede decirse que ha sido todo un éxito, pues la afluencia de un público muy interesado por el tema, tanto a las conferencias como a las actividades complementarias, ha sido más que notable.

El objetivo de esta entrada, aprovechando que casi todas las charlas fueron grabadas en vídeo (por desgracia, la de Ramón Duarte no) y subidas al canal de Youtube de Museos de Cantabria, es ofrecer la posibilidad de verlas todas juntas a aquellos que no pudieron o no quisieron (y ahora se arrepienten) asistir. En ellas se cuenta todo mucho mejor de como podría hacerlo yo ahora, así que aquí van, en riguroso orden cronológico.

En primer lugar, en "De Irún a Gijón. Origen y evolución del Frente Norte (Julio 1936-Octubre 1937)" Fernando Obregón Goyarrola hizo un magnífico repaso a la historia del Frente en Euskadi, Cantabria y Asturias desde el mismo momento de la sublevación militar y hasta su final. El vídeo está en tres partes.




Ese mismo día, en sesión doble, Manuel Castro Luengos habló de algunas de las joyas desconocidas de la Guerra Civil en Cantabria: las fortificaciones del frente oriental, tanto las de la línea de contacto como de las de contención del Agüera y el Asón. El vídeo de su conferencia, titulada, "Fortificaciones de la Guerra Civil en el oriente de Cantabria. Patrimonio oculto de un frente olvidado", también va en tres partes.





El tercer día (ya he comentado la lamentable ausencia del vídeo de la sobresaliente charla de Ramón Duarte Álvarez, "El Frente de los Puertos 1937-2017. Las fortificaciones de campaña asturleonesas y su integración en el paisaje de montaña") le tocó el turno a José Ángel Brena Alonso (y aprovecho para comentar que la Asociación Sancho de Beurko, a la que pertenece y representó en las jornadas, también colaboró en la organización de éstas) con "El Cinturón de Hierro de Bilbao. Características y tipología de sus construcciones", un título que lo dice todo acerca de su contenido.


Y, para terminar, José Ángel Hierro Gárate (es decir, yo) habló de "El último combate. Huellas del avance del CTV hacia Santander y de la resistencia republicana", donde, entre otras muchas cosas, se mostraron algunos de los materiales de la Guerra Civil recuperados en la intervención arqueológica en el campamento romano de La Cabaña el año pasado.


Por lo que a mí respecta y por lo que ya he comentado, estoy muy satisfecho con el resultado de esta aventura. Además, de ella han nacido (o están en ello) al menos un par de cosas que considero importantes. La primera, la voluntad manifiesta de todos los participantes de no tener que esperar unos cuantos años, hasta el siguiente aniversario redondo, para volver a reunirnos a contar estas cosas u otras parecidas en otra ciudad del Frente Norte (por lo que es probable que en unos meses estemos anunciando algo). Y la segunda, el primer paso (que di este mismo lunes) para que el conjunto de fortificaciones identificado en Santander (véase el último vídeo) sea estudiado y puesto en valor por parte de las autoridades competentes. Imagino que de ambas cosas iremos informando según se produzcan novedades.

23 jun. 2017

AGGER. Cosecha 2016

Como imagino que los visitantes asiduos del blog (si hubiere) ya sabrán, hace un par de años que Enrique, Rafa Bolado y yo formalizamos, de aquella manera, un divertimento llamado AGGER para llevar a cabo algunos "estudios intermitentes sobre las Guerras Cántabras y la Cantabria Romana". Y que el primer fruto de esa colaboración, que venía de atrás, fue la localización, presentación a la comunidad científica y primera publicación de varias posibles estructuras de tipo campamental romano desconocidas hasta la fecha (y la reinterpretación de otra cuya existencia ya era sabida, aunque fue destruida hace décadas sin que se estudiase de qué se trataba en realidad). Pues bien: el año pasado hemos tenido la oportunidad de llevar a cabo trabajos de campo en dos de ellas, Castro Negro y La Cabaña, y de confirmar tanto su naturaleza militar romana como su cronología de época augustea y su más que probable relación con la conquista del territorio de los Cántabros.

Captura de pantalla tomada en 2007 de una versión antigua del SIGPAC en la que se ve Castro Negro

En el primer caso (un sitio que localizamos en 2007 pero del que no obtuvimos imágenes medianamente buenas hasta 2014) lo hemos hecho como colaboradores de Eduardo Peralta y su "Proyecto Guerras Cántabras" en una intervención arqueológica dirigida por él, llevada a cabo en verano y otoño de 2016, que ha ofrecido unos magníficos resultados que fueron presentados a la prensa en el MVPAC en el mes de Febrero  (con la asistencia del mismo Consejero del ramo) y que tuvieron un gran eco en los medios de comunicación (algunos ejemplos aquí, aquí y aquí). Resumiendo mucho, en esa primera campaña se ha comprobado que la estructura de Castro Negro corresponde a un gran campamento romano de campaña, de unas 10 ha de superficie, defendido por agger y foso y con al menos dos puertas en clavícula. Entre los abundantes materiales recuperados en su interior destacan algunas piezas de armamento y una moneda partida, un as acuñado en Calagurris en la segunda mitad del s. I a. de C.

El campamento de Castro Negro visto desde el pico de La Zamburria (Foto: E. Peralta)

Imagen LIDAR de Castro Negro (orientada hacia el Oeste)


Algunos de los materiales recuperados en Castro Negro (Fotos y composición: E. Peralta)

Y también se ha revisado el cercano yacimiento de Robadorio, descubierto por Manuel Valle y "sospechoso" desde hace unos cuantos años de ser algo parecido a una atalaya legionaria sobre el impresionante entorno de montaña circundante, merced al hallazgo entonces de una tachuela de sandalia a la que ahora han venido a sumarse muchas más. Esa revisión sobre el terreno, ayudada por nuevas imágenes LIDAR, ha permitido comprobar cómo en esa cima hubo un establecimiento militar romano de mayor tamaño y enjundia de lo pensado hasta ahora, relacionado sin duda con el de Castro Negro, muy cercano y en perfecta comunicación visual con él.

Derrumbe de muralla del recinto superior del Robadorio. Al fondo, Peña Prieta (Foto: E. Peralta)

Ambos campamentos, situados a unos 1.900 m uno y a más de 2.200 m el otro, forman el conjunto militar romano localizado a mayor altitud de la península Ibérica y uno de los más altos de Europa. Y es por eso que hemos planteado la hipótesis de que ambos (junto con el del collado de Vistrió, varios km al este y a unos 1.400 m de altitud) estén relacionados con el episodio del Monte Vindio, a donde huyeron los Cántabros derrotados por Antistio bajo las murallas de Bergida en 25 a. de C. y donde pensaban que antes llegarían las olas del mar que los ejércitos de Roma. En esta reconstrucción, ese monte mítico sería (o se localizaría en) el macizo de Peña Prieta o de Fuentes Carrionas, la parte más elevada de la cordillera Cantábrica si exceptuamos los Picos de Europa, con cimas tan emblemáticas como la propia Peña Prieta, el Curavacas, el Tres Provincias o el Espigüete. Y la presencia en esos parajes subalpinos de estos campamentos la prueba palpable de que las aguas del Cantábrico no subieron hasta allí pero las legiones de Augusto sí.

Para conocer más sobre todo lo dicho hasta ahora y hacerse una idea de lo hecho en Castro Negro y Robadorio el año pasado, nada mejor que ver al propio Eduardo Peralta contándolo en la conferencia que dio en el MVPAC hace unos meses:




La segunda intervención, la de La Cabaña, ha sido dirigida por Enrique y ha tenido lugar casi al mismo tiempo que la de la zona de Peña Prieta. El yacimiento fue localizado por nosotros en 2014 gracias a la ortofoto del PNOA de 2010, en la que, merced a una tala reciente de los eucaliptos que ocultaban la superficie, se observaba la existencia de una línea triple de terraplenes y fosos de gran tamaño en un collado que constituye el paso en altura entre los valles de Toranzo y Castañeda, en la zona que figura en la cartografía de la zona como La Cabaña o Peña de la Cabaña. Y al igual que Castro Negro, fue dado a conocer en Gijón en 2014 y recogido en la publicación antes señalada (y su existencia, como las de todas las demás estructuras, comunicada a la autoridad competente en temas de Patrimonio). Los resultados de la intervención fueron mostrados a la prensa este mismo mes (ejemplos de cómo fueron recogidos, aquí y aquí).

Las estructuras de La Cabaña en la orotfotografía aérea de 2010 (Fuente: Mapas Cantabria)

Aunque las estructuras de La Cabaña no estaban muy bien definidas y albergábamos algunas dudas acerca de su verdadera naturaleza, la presencia a poco más de 1 km hacia el sur, en Pando, de lo que tiene toda la pinta de ser un gran campamento de campaña (unas 8 ha) con capacidad para una legión completa hacía que la hipótesis militar romana fuese la principal de las que manejábamos. Y el tiempo ha venido a confirmar que estábamos en lo cierto.

Imagen 3D del campamento de Pando a partir de una fotografía aérea del año 1989 (Fuente: Mapas Cantabria)

Fue en la primavera de 2015 cuando, tras un incendio que asoló las plantaciones de eucaliptos que cubrían la zona (explotada forestalmente de forma ininterrumpida al menos desde los años 50), fuimos avisados por Miguel López Cadavieco de que el monte había sido talado. Una visita en el mes de Mayo nos permitió comprobar que el terreno había sido completamente removido con maquinaria pesada con vistas a una nueva plantación de ese árbol "industrial" cuya masiva presencia en Cantabria inspiró esa genialidad del simpar Ansola titulada "Operación Koala". De las estructuras que definían el yacimiento, como no podía ser de otra manera después de tamaños movimientos de tierras, ni rastro.


Aspecto de La Cabaña en Junio de 2016, tras la tala y las remociones de tierra con maquinaria pesada

Se puso entonces en marcha una operación de salvamento consistente en una prospección con recogida de materiales que sirviese tanto para evaluar la situación real del yacimiento como para tratar de recuperar el mayor número posible de objetos arqueológicos (y de paso establecer, en la medida de lo posible, una atribución cronológica y cultural fiable). Y una revisión en profundidad de todo el material fotográfico a nuestro alcance, especialmente de las series históricas del IGN y del portal Mapas Cantabria. El resultado, como he adelantado poco más arriba, confirmó todas nuestras sospechas (las estructuras habían sido completamente arrasadas y sí: se trataba de un establecimiento militar romano de campaña de la época de las Guerras Cántabras) y nos permitió conocer (o al menos acercarnos a ella) la planta original del campamento, de entre 1,5 y 2 ha de superficie.

El campamento de La Cabaña en una fotografía aérea de los años 40 (Fuente: Fototeca del IGN)

Entre los materiales más significativos se encuentran una dolabra, un as acuñado en Celsa entre los años 44 y 36 a. de C., una fíbula "en omega", un fragmento de molino de mano rotatorio y un enganche de vaina de puñal. Junto a ellos, otros tantos más difíciles de interpretar por su estado fragmentario y/o su conservación deficiente y que se encuentran en estudio (y restauración en las instalaciones del MVPAC, que ha colaborado con el proyecto en este aspecto desde el principio).

Fragmento de molino

Para saber más sobre todos ellos, sobre el yacimiento y la interpretación histórica del conjunto (que nosotros relacionamos con la campaña romana del año 25 a. de C. y el desembarco de una legión en la costa cántabra), lo mejor es echar un ojo al vídeo de la presentación que hizo Enrique en el MVPAC hace apenas unas semanas.



Y no podía terminar con La Cabaña sin mencionar que esos legionarios romanos no fueron los únicos que dejaron allí su huella. Muchos años después, el 24 de Agosto de 1937, tropas del CTV italiano (de la División Littorio, concretamente) tomaron el lugar al asalto en el que fue uno de los últimos combates de la Batalla de Santander (la ruptura de la defensa republicana en el Pico del Castillo y las Peñas de Penilla y sus respectivos aledaños, en la línea de cumbres prelitorales). Numerosos restos de munición de fusil y proyectiles de artillería nos cuentan cómo fue una parte importante de aquella batalla, casi completamente olvidada hasta ahora (eclipsada por la caída de Barreda en manos de las Brigadas de Navarra ese mismo día) y que pensamos sacar de las nieblas de la historia en breve.

Bala de fusil Carcano M91 recogida en La Cabaña

En conclusión, puede decirse que la cosecha de AGGER del año 2016 ha sido excelente. Dos de los posibles establecimientos militares romanos relacionados con las Guerras Cántabras descubiertos en nuestras prospecciones "desde el sofá" (curiosamente, dos de los que en principio nos parecían más dudosos) han sido confirmados como tales gracias al trabajo de campo y han proporcionado sendos conjuntos de materiales arqueológicos más que interesantes, además de permitirnos avanzar (creemos que de forma importante en ambos casos) en la interpretación de las campañas romanas de conquista y la resistencia cántabra. Este año los trabajos en el escenario lebaniego continuarán, de la mano de Eduardo Peralta y con nuestra colaboración, profundizando en el conocimiento de los campamentos en los que se intervino el año pasado y ampliando la geografía del proyecto para abarcar otros sitios aún vírgenes. Y en cuanto a La Cabaña, cumplidos los objetivos planteados y teniendo en cuenta el estado del lugar, no está prevista ninguna actuación. Sin embargo y para compensar, abrimos un nuevo frente hacia occidente y trabajaremos en otro posible establecimiento del mismo tipo parcialmente destruido hace décadas. Esperamos poder repetir añada. En cualquier caso, informaremos de los resultados, sean los que sean. Una vez más, stay tuned.

25 abr. 2017

De nuevo sobre ganchos de huso

Uno de los objetos más singulares del registro material de Cantabria en época visigoda son los ganchos de huso de hierro de enmangue tubular. Ya hemos hablado de estos peculiares instrumentos relacionados con la actividad textil tiempo atrás e incluso propusimos la interpretación como gancho de huso de una pieza vizcaína expuesta como punta de proyectil en el Arkeologi Museoa de Bilbao. Ahora ha tocado actualizar el inventario disponible, ya que a los once ejemplares conocidos en 2010 se han unido siete nuevos ganchos de huso recuperados durante las excavaciones realizadas en Riocueva entre 2011 y 2014.

Ganchos de huso para hilar, de hierro. Cueva de Riocueva (Cantabria)
Como ya hemos comentado otras veces, este tipo de instrumento es común en la cuenca mediterránea y algunas zonas de Europa central, sobre todo entre época romana y la Alta Edad Media. Pero siempre son de bronce, a diferencia de lo que sucede en Cantabria, donde se fabrican de hierro. En las cuevas frecuentadas en los siglos VII-VIII se conocen dieciocho ganchos de huso de hierro y sólo un ejemplar de bronce. Para llamar la atención sobre esta peculiaridad técnica más allá de nuestras fronteras, hemos publicado un artículo en el boletín Instrumentum, editado por  el grupo de trabajo europeo sobre el artesanado y las producciones manufacturadas de la Antigüedad. Vamos, la «biblia de la cacharrería» en fascículos. Es el foro ideal para contrastar si los ganchos de huso de hierro son o no un unicum circunscrito a Cantabria, como sucede en la actualidad. Si alguien tiene curiosidad por leer el breve artículo, redactado en francés con la inestimable colaboración de Alain Campo, dejamos aquí el enlace de descarga.



«Crochets de fuseau en fer du VIIe-VIIIe s. en Cantabrie (ES)»


Cuando el boletín ya había sido publicado, hemos tenido noticias sobre dos nuevos ejemplares de ganchos de huso, aunque en este caso mucho más «convencionales». Se trata de dos piezas de bronce y presumiblemente de época romana procedentes del yacimiento romano de Retortillo (Campoo de Enmedio, Cantabria), el lugar identificado desde el siglo XVIII con la Iuliobriga de las fuentes clásicas. Los dos ganchos han sido incluidos en la exposición temporal Femina. Ser mujer en Roma, montada en el MUPAC en marzo de 2017 para conmemorar el Día de la Mujer. Es una novedad interesante por dos motivos. Por un lado, aunque tenemos constatada la presencia de un gancho de huso de bronce en la cueva de Cudón, se encuentra en paradero desconocido y estos dos ejemplares de Retortillo son los únicos ganchos de huso de bronce de Cantabria que podemos tocar con nuestras propias manos. Por otro lado, son los primeros ejemplares de época romana que conocemos en la región, los que demuestra que eran empleados en esta zona bastante antes del siglo VII y que la técnica de hilado con este tipo de instrumentos tiene larga tradición, quizá con continuidad desde los primeros siglos de la era hasta época visigoda, como poco. Si tenemos oportunidad, estudiaremos con más detalle estos ganchos de huso próximamente.

Ganchos de huso de bronce de Retortillo. Foto: MUPAC
Y para terminar con las novedades sobre este tema, un curioso ejemplo de gancho de huso improvisado observado en Jordania este pasado otoño. Al principio parecía una anécdota más. Una anciana hilando a la entrada de Siq al-Barid, el lugar conocido como «Pequeña Petra», para reclamar la atención y algunos dinares de los turistas.

Hilandera jordana en Siq al-Barid
Sin embargo, no era cualquier huso, era un huso con gancho. Habíamos visto algunos ejemplos etnográficos de ganchos de huso recientes, incluso sin salir de Cantabria, pero nunca en uso. Y nunca tan improvisado, ya que el gancho era... un simple clavo retorcido.

Un gancho de huso improvisado
Si con un simple clavo retorcido es suficiente ¿por qué se molestaban en época romana y visigoda en hacer ganchos de enmangue tubular para los husos? De hecho, conocemos modelos de ganchos de huso romano muy similares al «clavo retorcido», como los de Magdalensberg, pero incluso estos conviven con el modelo de enmangue tubular, más complicado de fabricar tanto en bronce como en hierro. ¿La realización de determinadas tareas especializadas como el torcido de varios hilos o el hilado de lanas concretas requería modelos diferentes? Puede ser una explicación. ¿El peso del gancho tubular permitía prescindir de una fusayola pesada? También podría ser, como indicaría la sugerente asociación entre ganchos de huso y fusayolas de hueso de la cueva de Las Penas. Está claro que todavía tenemos muchas cosas que aprender sobre estos peculiares instrumentos.



11 abr. 2017

Las espuelas doradas de San Martín de Elines: el video

Una semana después de inaugurar el ciclo La Pieza del Mes del MUPAC con gran éxito de crítica y público —está mal que yo lo diga, pero la sala llena y las felicitaciones del público son un buen respaldo de la afirmación— ya está disponible en el canal de YouTube de Museos de Cantabria el video de la conferencia «Mal oviesse el caballero, que sin espuelas cabalga. Los acicates dorados de San Martín de Elines».



Para los que sean capaces de visionarlo hasta el final, se encontrarán en el turno de preguntas con la intervención de Alonso Domínguez Bolaños —director de la excavación arqueológica de 2003 en San Martín de Elines, durante la que se hallaron las sepulturas de caballero con espuelas doradas— y de Jaime Nuño —de la Fundación Santa María la Real de Aguilar de Campoo, responsable de la restauración que motivó la actuación arqueológica— animando el debate. La verdad es que su presencia fue una sorpresa para mi, no hay más que ver el video, se agradece que se tomen la molestia de venir hasta Santander para escucharme.

Aquí queda la conferencia como aperitivo de un artículo que pronto —espero— publicará la revista Studia Historica. Historia Medieval de la Universidad de Salamanca, en el que se recogen por escrito algunas de las cosas que conté en el MUPAC.

Muchas gracias a los que asistieron y muchas gracias a los que me animaron en las vísperas. También muchas gracias al Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria y a la Sección de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Cantabria por confiar en mi para este arranque de ciclo. Ha sido un placer. Tanto, que ya estoy preparado para la siguiente... cuando quieran.

3 abr. 2017

Las espuelas doradas de San Martín de Elines, pieza del mes

Han pasado casi tres años desde nuestra primera incursión en el ciclo La Pieza del Mes del MUPAC, actividad organizada por el museo en con la Sección de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y Ciencias cada primer martes de mes. En aquella primera edición de 2014 José Ángel y yo hablamos del broche de hueso de Santa María de Hito. En esta ocasión me toca inaugurar la tercera edición en solitario, hablando de las espuelas doradas de San Martín de Elines. En realidad, no estaba previsto que fuese la conferencia inaugural de la edición 2017, pero una serie concatenada de cambios de programación ha obligado a modificar el calendario.


El título elegido para la conferencia ha sido «Mal oviesse el caballero, que sin espuelas cabalga. Los acicates dorados de San Martín de Elines», recordando los versos del romancero viejo que Sebastián de Covarrubias incluye en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española de 1611.


Sin entrar en mucho detalle, para evitar spoilers, me limito a dar unas pinceladas sobre el contenido de la conferencia. Estará dedicada a dos pares de espuelas o acicates dorados hallados en sendas sepulturas del siglo XIII durante la excavación de la necrópolis medieval de la colegiata de San Martín de Elines (Valderredible), dirigida en 2003 por Alonso Domínguez Bolaños con motivo de la restauración arquitectónica que promovió la Fundación Santa María La Real. La presencia de estos objetos, asociados a ataúdes ricamente decorados, se relaciona con sepulturas de caballeros nobles, posiblemente de la familia que ejercía el patronazgo sobre la colegiata en aquella época. Más allá de su carácter suntuario, estos acicates son, sobre todo, un símbolo de reivindicación del linaje de sangre y del vínculo vasallático de la nobleza con el poder real. Un gesto cargado de significado social y político en un momento en la que se está definiendo la Orden de Caballería en el reino de Castilla. Se conocen apenas una decena de sepulturas de caballeros con espuelas en la península Ibérica, y el conjunto de San Martín de Elines es uno de los ejemplos más destacados.


Quien quiera conocer más detalles y no pueda esperar a que publiquen el video, puede acercarse al MUPAC el martes 4 de abril a las 20:00 h. El aforo es bastante reducido, de modo que es mejor no esperar hasta última hora para coger asiento.




14 mar. 2017

La primera, en la frente

Siempre he considerado que las primeras referencias al hallazgo de materiales de época visigoda en el interior de cuevas en la península Ibérica están en las publicaciones de H. Alcalde del Río y J. Carballo sobre las de Cudón y Los Hornucos de Suano, de 1934 y 1935, respectivamente. Es cierto que F. Garín y Modet publicó en 1912 su excavación en la cueva del Tejón (o Tajón), en Ortigosa de Cameros (La Rioja), pero también lo es que fechó el broche de cinturón que recuperó en ella en el siglo V d. de C. y lo consideró tardorromano, cuando en realidad es del VII d. de C. e hispanovisigodo; así que, técnicamente, su error en la interpretación no le permite desbancar a los otros dos anteriormente citados como pioneros en la investigación de este tipo de contextos. Aunque sí colocar su yacimiento y esa pieza por delante en el ranking de antigüedad de los descubrimientos, más allá de cómo fueran valorados. Sin embargo, tampoco en esa nueva clasificación va a subir a lo más alto del podio este ingeniero de minas aficionado a la arqueología: hay otro sitio que gana al suyo por un puñado de años. Así que, mientras le doy una vuelta a todo este asunto y decido con qué me quedo (si con los hallazgos más antiguos o con los primeros que fueron correctamente identificados en su momento como de época visigoda), voy a contar la historia de la que tiene todas las papeletas para ser la primera "cueva visigoda" de la Península, al menos desde un punto de vista estrictamente cronológico.

En 1902, Elías Gago Rabanal, ilustre (e ilustrado) médico leonés y miembro (correspondiente) de la Real Academia de la Historia, publica su libro Arqueología Protohistórica y Etnografía de los Astures Lancienses (hoy Leoneses), en el que trata con detalle acerca de sus exploraciones y hallazgos en el cerro del Castro, en Villasabariego, en donde sitúa la famosa ciudad astur-romana de Lancia.




En un determinado punto del libro, y sin que venga demasiado a cuento, Gago coloca una lámina con la fotografía de unos curiosos objetos y realiza un sorprendente excurso acerca de qué son y de dónde proceden. Empezando por esto último, lo describe como "uno de los sitios más abruptos de la montaña leonesa, en altísima cueva á donde las aves rapaces hacían su nido seguras de no ser molestadas" y, más tarde, como "el agujero de escarpada peña". Para la eterna desgracia de todos los interesados en estos temas, ni una sola pista acerca de su nombre o su localización. En cuanto a los materiales, los describe como un "Preferículo o vaso sacerdotal de bronce", un "Cubo del agua lustral (...) de bronce con el asa de hierro", una "hebilla o fíbula de bronce en forma de tortuga con los tres puntos místicos en el dorso" y "dos aldabas de bronce (...), una de ellas primorosamente trabajada y adornada con dibujos que figuran cabezas de lechuza". Y los interpreta como objetos astur-romanos dedicados a oscuros cultos paganos y que fueron ocultados en tan inaccesible (e ignoto) lugar cuando el cristianismo ya se había impuesto en la región.




El lote es realmente espectacular y salta a la vista que ninguno de ellos es lo que su publicador dijo, salvo en el caso de la hebilla y olvidándonos del reptil acorazado. El hallazgo realmente lo formaban un jarrito hispanovisigodo de bronce, un acetre o pequeño caldero y dos broches de cinturón (uno de ellos con placa y hebilla por separado). El primero es una pieza muy característica de la Alta Edad Media hispánica (del siglo VII d. de C. en adelante), con abundantes paralelos para los que se propone tradicionalmente un uso litúrgico, aunque ya vimos en otra entrada que no tiene por qué ser necesariamente así en todos los casos. P. de Palol, en su trabajo de referencia sobre el tema, lo incluyó entre los de su Tipo IV, aunque no pudo estudiarlo más allá de la fotografía del libro de E. Gago, de la que sacó este dibujo ciertamente meritorio, aunque poco clarificador.

Jarrito de la colección Gago Rabanal (según Palol, 1950)


El segundo no es ni tan vistoso ni de un tipo tan conocido, aunque también se puede fechar con seguridad en los siglos VII-VIII d. de C. Y es así porque contamos con algunos buenos paralelos en yacimientos bien datados de esa cronología. En uno de ellos, la Cueva de Las Penas, se recuperó parte de un ejemplar de hierro chapado en cobre. Y en Riocueva, sin ir más lejos, nosostros mismos encontramos otro. O, más bien, las migas en las que se convirtió -tiempo, tejones y espeleólogos mediante- otro acetre del mismo estilo, también chapado en cobre. 

Acetre de la Cueva de Las Penas (según M. L. Serna)

Finalmente, los broches de cinturón pertenecen a ese gran cajón de sastre que es el "tipo liriforme", aunque de estilos muy diferentes ambos. Son guarniciones de cinturón que se incluyen en el Tipo V de G. Ripoll y se fechan entre la segunda mitad del s. VII d. de C. y finales del VIII d. de C., aunque es posible que aún perduraran a inicios de la siguiente centuria. Casi con toda seguridad, la hebilla suelta haría pareja con la placa también suelta, ya que es del tipo en forma de D que acompaña siempre a ese tipo de piezas. Es cierto que el hebijón de tipo escutiforme (la "tortuga" de Gago) desentona tanto con una como con otra y sería algo anterior en el tiempo, aunque también lo es que se conocen algunos (pocos) casos de reutilizaciones de piezas como ésa en broches liriformes (uno en Contrebia Leucade, por ejemplo). La placa suelta sería similar a ésta de la imagen, que se expone en el Museo de Palencia. Del broche completo ya tendremos tiempo de hablar en otra ocasión.


Placa liriforme del Museo de Palencia (Foto sacada de aquí)

Por cierto, que yo, en su momento, me tragúe lo de las "aldabas". Lo hice en mi artículo de 2002 sobre los usos de las cuevas en Cantabria en época visigoda (en 2011 ya lo entrecomillé, porque me sonaba a error y no me equivoqué) porque saqué la referencia de un libro donde (ahora sé que inexplicablemente) se citaban así. Es el precio que hay que pagar de vez en cuando por no tener acceso a la fuente original. Qué le vamos a hacer...

Recapitulando: un más que interesante conjunto de materiales de época visigoda (siglos VII-VIII d. de C.) procedentes de una cueva de la que no sabemos apenas nada, más allá de su mera existencia. O, más bien, de su mera existencia a inicios del siglo XX, porque todos (al igual que el resto de las posesiones de Elías Gago Rabanal) están en paradero desconocido desde entonces. Vamos, que tenemos la referencia más antigua a un yacimiento de este tipo pero ni sabemos dónde estaba la cueva ni qué ha sido de los objetos que salieron de ella. Es la primera, sí, pero en la frente. 

Y para terminar, una curiosidad relacionada con el libro que, aunque no viene muy a cuento, no me resisto a comentar, aprovechando que el Esla pasa por Lancia. De vuelta a esa ciudad, publica E. Gagouna serie de materiales procedentes de El Castro, entre ellos un hacha-azada de hierro que considera astur (o astur-romano, en el más reciente de los casos). Se trata de una herramienta para la que no conozco paralelos de la Edad del Hierro o de época romana pero que se parece sospechosamente a algunas dolabrae de época visigoda (a las que se dedicó una entrada en este blog hace unos años), concretamente a las de Deza y Vadillo. A lo mejor (y aunque no tenga nada que ver con una cueva) se trata de un útil de los siglos VI-VIII d. de C. que hay que añadir a la lista. Veremos.




30 ene. 2017

Punzones tardorromanos: la conexión danubiana

Hace dos años y medio, Enrique hizo una entrada en el blog sobre unos objetos muy característicos del mundo funerario peninsular de los siglos IV-V d. de C.: los punzones de hierro. En ella, además de repasar los hallazgos conocidos (incluyendo el, hasta la fecha inédito, de Santa María de Hito) y hacer una breve historia de la investigación, contaba que nuestra opinión, compartida con otros autores que nos han precedido en este asunto, es que muy probablemente se trate de instrumentos relacionados con el trabajo textil; concretamente, con el hilado (a quien quiera saber más sobre el tema le remito a esa entrada, enlazada más arriba). Serían husos, de un tipo ciertamente peculiar tanto por su forma marcadamente apuntada como por estar hechos de hierro.

Comparativa de punzones hispánicos (que le he tomado prestada a Enrique de su entrada)

No es un tema al que hayamos dedicado una atención especial, más allá de esa entrada y de algunas citas y referencias en algún trabajo sobre el trabajo textil tardoantiguo y altomedieval, especialmente en uno sobre pin-beaters que, inexplicablemente a estas alturas de 2017, sigue "en prensa" (y lo que te rondaré, viendo lo visto). Y es precisamente durante las tareas de documentación para ese último y esperado artículo cuando me topé con los trabajos de J. Pásztókai-Szeóke, una investigadora húngara especializada en textiles antiguos. Cuál fue mi sorpresa cuando, entre los materiales que estudia, encontré punzones de hierro idénticos a los de la Península, procedentes, igual que estos, de contextos funerarios y con cronologías del siglo IV d. de C.

Ajuar de la tumba 111 de la necrópolis del siglo IV d. de C. de Keszthely-Dobogó. Abajo a la derecha, un peine de telar y un punzón (Dibujo de K. Sági tomado de aquí)

Es decir, unos paralelos magníficos para estas piezas, procedentes todos ellos de contextos funerarios y de los que hay bastantes ejemplos en la zona situada al sur del lago Balaton, como puede verse en este mapa:


Distribución de los hallazgos de punzones de hierro en contexto funerario en los alrededores del lago Balaton (Tomado de aquí)

Aunque, como ya he mencionado antes, J. Pásztókai-Szeóke también considera que se trata de instrumentos relacionados con el trabajo textil, no los interpreta como husos, sino como pin-beaters. Y los identifica con los radii (singular radius) de los romanos, instrumentos usados en los telares y que otros investigadores consideran que deben identificarse con lanzaderas, no con punzones (aquí, por ejemplo). Sea o no correcta la equivalencia punzón-radius, lo cierto es que, por una vía completamente distinta a la nuestra, esta arqueóloga también relaciona estos objetos con el trabajo textil. Y lo hace porque, en algunas ocasiones y como ocurre aquí, aparecen formando parte de ajuares funerarios femeninos junto a otros materiales de ese tipo, como peines de telar de hierro o fusayolas en el caso panonio. Y también apoyándose en el testimonio gráfico de la estela galorromana de la tejedora Genetiva, donde se ve a ésta manejando un punzón en un telar vertical.

Estela de Genetiva (Imagen tomada de aquí)

No conozco en profundidad el mundo funerario tardorromano en zonas como la Galia, Italia o Britania, por poner algunos ejemplos cercanos al nuestro, pero sí que he mirado alguna cosa de vez en cuando y no me suenan punzones de este tipo formando parte de ajuares en las tumbas. Sin embargo y como estamos viendo, sí que los hay en cantidades significativas en dos extremos del imperio: en Hispania y en Panonia, en el limes del Danubio. Si el instrumento representado en la estela de Genetiva es uno de estos punzones, sería una prueba incontestable de que su uso estaba extendido por zonas del mundo romano en las que no aparece formando parte del registro material relacionado con los muertos (el de Santa María de Hito, como ya contó Enrique en su momento, procede de los niveles de hábitat de la villa, no de una tumba). ¿Por qué entonces en unos sitios sí y en otros no? ¿Modas funearias? ¿Influencias desconocidas entre uno y otro punto?

Las respuestas a esas y otras preguntas se me escapan (por el momento) pero me parecía interesante dar a conocer esta "conexión danubiana". Quizá sirva para que aparezcan nuevos paralelos y aportaciones al debate. Y seguro que los partidarios de la teoría del limes tardorromano en la Meseta contra los pueblos del norte, si es que aún queda alguno, me lo agradecen. De limes a limes y tiro porque me toca...